Esta mañana salí dirección a Madrid. Antes, hice parada en Linares, en la casa-museo de mi amigo Emilio donde compartimos mesa y mantel con Julia, el perro Chakra y el peculiar ambiente que se respira en la casa de un artista ya consagrado. Hablamos mientras las horas pasaban alocadas por el tiempo, esa peculiar categoría humana inventada para controlar nuestros impulsos. Marché tranquilo hacia Madrid, sin prisas, con un hermoso regalo de Julia, el estómago lleno (antes habíamos hablado de que se puede vivir con tres euros al día, por lo que me sentía esta semana con superávit al haber ahorrado la comida de hoy y mañana), y la esperanza de un nuevo encuentro entre ermitaños. Mario me esperaba para cenar y hablamos de temas y proyectos igual de interesantes. Escuchaba cifras inhumanas mientras que el teléfono sonaba con número oculto. Era la señorita Rueda, un peculiar nombre que el departamento de Atención al Cliente de El Corte Inglés ha elegido para rebautizar a todos sus operadores. Al principio pensaba que la señorita Rueda era una amabilísima señorita que se preocupaba por todas mis incidencias, especialmente las de pago, y que me llamaba una vez por semana para interesarse por mi vida económica. Ahora, viendo que mi vida económica no fluye lo suficiente, su preocupación ha crecido y me llama más de quince veces por día. Debe ser porque El Corte Inglés está como nosotros, asfixiado, y reclama con urgencia a los deudores lo que por derecho le pertenece siete veces siete. Curiosamente yo hacía lo mismo esta mañana con mis propios deudores, para acabar de cerrar el círculo y poder pagar a la familia Rueda, pero no he recibido respuesta. Por cierto, descubrí que la Señorita Rueda no existía como tal cuando, para mi sorpresa, un día me llamó el Señor Rueda. Podría pensar ingenuamente que se trataba de su hermano, o de su padre, y que por ende, toda la familia Rueda estaba al tanto de mis deudas y deseaban ayudarme a solventar dichas incidencias. El caso es que mientras M. me hablaba de millones de euros, me hacía gracia la insistencia de los Rueda para que abonara los ochenta euros con quince que debo abonar religiosamente todos los meses por la compra del frigorífico… Como llevo dos meses sin pagar el teléfono y otros dos sin pagar la hipoteca, pensé que los Rueda se cansarían de preocuparse por mí una vez cortada la línea… En fin, yo no quería hablar de deudas pero es que la anécdota fluye con cierto humor mientras escribo esto, M. escribe justo en frente mía y yo intento hablar de los perdidos en la arena. De todas formas, por si no me creéis, llamad al 917243699 y pregunten por el señor o la señorita Rueda… En fin… ya lo decía el título… perdidos en la arena… cuanto menos en el desierto…
