Cuando salió de su tierra


La amiga Sanaa me envía este hermoso texto que describe como se siente una emigrante marroquí en Europa. Los occidentales tendemos a ver al otro con desconfianza y aprensión. Seguramente porque somos nosotros los que tenemos algún tipo de problema y pensamos que el otro está aquí para hacernos daño. Pero nada más allá de esto. Algunos de mis mejores amigos son extranjeros, y no miro su color de piel cuando les abrazo o miro a los ojos…

Casablanca, la capital económica de Marruecos. A su lado, un gran espacio profundo sobre el que se extiende un pueblecito llamado Darwa. Su rara estructura semeja un cuadro dibujado y su calma enorme transmite el sentimiento de que allí no vive nadie; allí reina la piedra, la tierra, la madera… la cultura musulmana marroquí. Allí vivía con su madre una muchacha, Safía, mientras el padre se emigró a Italia. Dos años más tarde el padre trajo a Safía y a su madre a Italia por la ley que apoya la “reagrupación familiar”. ¡Y aquí comienza la vida nueva de Safía en Europa! Es la única hija de sus padres; una chica inteligente, bien educada y muy responsable.

Cuando llegó a Italia estaba muy ilusionada ante el mundo que aparecía ante su vista: grandes ciudades, luces por todas partes y gentes muy distintas a las de su país. Día tras día iba descubriendo la ciudad sola porque su padre trabajaba todo el día.

Cuando se incorporó por primera vez al Instituto, ese día, Safía se sentía extraña y muy mal porque estaba sola; no tenía amigos. Tampoco sabía hablar; no podía comunicarse con sus compañeros ni con los profesores. Estaba todo el tiempo callada y mirando a los demás: hablaban y hablaban. Alguna vez se dirigían a ella, creía; pero era como un diálogo para sordos.

Como no estaba acostumbrada a no estudiar, Safía decidió trabajar duro, estudiar mas y mas para salir adelante. Y pronto pudo comunicar con sus profesores para pedirles que le ayudasen a avanzar y aprender a manejarse con los estudios. La verdad es que siempre encontró en ellos apoyo. A Safia le sorprende que todos los profesores le pregunten qué va a estudiar. Medicina, responde, o quizá Traducción e Interpretación. ¡Palmadita en el hombro y gesto de ánimo!

Valiente, muy valiente, poco a poco comenzó a entender lo que ocurre en la clase y en la calle y a encontrar compañeros que le hablaban. Y otros que no. Safia percibe que huyen de encontrarse con ella; cada poco alguien le pregunta si va a ir a clase con velo o porqué no lo lleva. Valiente pero a veces siente que no puede aguantar más y vuelve llorando a su casa. Quiere volverse a su país donde están las personas que la quieren y donde vivía en paz. No podrá ser feliz en Italia; tampoco puede volverse a Marruecos porque sabe el enorme esfuerzo de su padre para darle a ella lo mejor. Y a su madre. Solo queda aguantar y aguantar y luchar.
La única forma de integrarse y salir de la marginalidad es conocer a la gente, su forma de vivir, sus costumbres, conocer otras ciudades, viajar…Fue lo que hizo.

El velo le provocó muchas dificultades: no le dejaban entrar en las universidades, le miraban por la calle…Safia les mira a los ojos para entender su gesto. Pero no es siempre el mismo. No acaba de saber lo que encierran sus miradas.

Valiente. Luchar. ¡Fuera el velo!. Con un beso lento lo posa dobladito en el cajón: “no es tu momento, compañero”.
Tuvo que quitárselo para seguir su carrera. Pero eso no le hizo abandonar su religión ni olvidar su origen ni guardar y amar lo que le enseñaron sus bisabuelos.
Los pasillos de la Universidad le saben a triunfo con sabor amargo: “Vete a la mierda de tu país”, “Hija de la calle”, “terroristas de mierda”, “hijos de Ben Laden…” Un compañero le tiró sus cuadernos por el water.
Otros muchos la aceptan pero siguen interrogándole sobre su religión con preguntas extrañas, lo que le muestra que existe un gran desconocimiento de la cultura musulmana.

Hoy trabaja en un Hospital de Roma, casualmente en el mismo barrió donde habitó a su llegada a Europa. Su padre regresó a Marruecos tranquilo a respirar feliz la tranquilidad de su tierra, con el sentimiento de haber cumplido su misión.

Piensa Safía, sueña Safía, vive y trabaja en Europa, integrada, Safía… No es una mala onda la inmigración. La diversidad de culturas, el intercambio sociocultural es una gran riqueza para los países del Primer Mundo. ¿Por qué no lo ven? ¿Qué sería del mundo si cada país se encierra en si mismo y cierra todas las vías de comunicación? No saben que “tantas lenguas hablas ; tanto vales” ¿Y si todos fuéramos idénticos, con una sola cultura y una uniformidad de costumbres?. Los inmigrantes aportan a la riqueza económica del país que les recibe y de su país de origen. Y hasta los genes, como nos explicaba la profesora de Bioquímica, se fortalecen cuando se diversifican por el cruzamiento. Hablaban mucho de interculturalidad en la prensa y se les llenaba la boca con esta palabra en las conferencias. Ahora Safía va sabiendo y comprendiendo: la interculturalidad de la que tanto hablan debe de ser su misma persona.

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