15 euros


Paramos para hacer unas fotos a un lago. Enseguida los niños de la carretera, esos que mendigaban o vendían junto a sus padres cebollas y tomates, nos rodearon y empezaron a jugar con nosotros. Se me acercaron dos niños que me hablaban en amárico u oromo sin yo entender nada. Les miré a los ojos y empezamos a jugar. Me hice fotos junto a ellos mientras que mostraban sus virtudes en el juego. Uno de ellos, el más hábil, se subió a una barca para que le sacara una bonita foto. Hizo algunas posturas y luego reía cuando se veía en el dispositivo de la cámara. Si tiene suerte y sobrevive a las hambrunas o las enfermedades crecerá y aspirará a un sueldo mensual de quince euros. Esa cifra me removía el estómago. Quince euros como salario medio mensual. A veces, me escapaba del grupo y compraba una botella de agua en algunas de las humildes tiendas de cualquier lugar. Nunca supe el precio de la botella. Siempre pagaba con un billete de cien birrs. Al cambio viene a ser como la mitad de un salario. Ellos me miraban estupefactos, incrédulos y agradecidos cuando pagaba esa gran cantidad por una mísera botella de agua que solía regalar a los niños de la calle. Para algunos podría parecer un acto de soberbia occidental. Para mí tan sólo era un acto de justicia, o quizás, un acto de impotencia. El niño de la barca quizás nunca pueda ganar ese dinero. Quizás muera antes de poder ver más de cien birrs juntos. Con lo que pago de hipoteca al mes podría pagar un salario medio a más de doscientas personas en Etiopía. Hay algo que no comprendo, que se me escapa. Hay algo que me duele profundamente. Doscientas personas africanas a cambio de una hipoteca occidental. Me duele la cabeza de tan solo pensarlo, pero sobre todo, me duele el alma de forma infinita. Todo se quiebra, todo me turba, todo parece absurdo.
(Foto: Niño a las orillas del lago Zway).

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