El Venerable Anciano


En África no hay ancianos, sino miles de niños y adultos, pero no viejos surcados por arrugas y pelo blanco. Por eso, cuando en el poblado que visitamos andábamos cantando la canción estrella de «Jambó» y de repente se nos acercó el anciano y empezó a gritar la canción y a saltar junto a nosotros pensé que se trataba de un sueño. La experiencia fue increíble. Empezamos a gritar «Jambó» y el anciano nos imitaba pero con más fuerza. Entonces nosotros gritábamos más y el anciano subía el volumen. Al ver que no podíamos con él, añadió los saltos y nosotros saltábamos con él hasta que nos fundimos en un sentido y hermoso abrazo. Empezó a hablarme en Oromo y yo le contestaba en un idioma inventado. Fue una escena divertida y graciosa, llena de amor y ternura. Apareció junto a él su anciana mujer, curvada, pequeñita. Me acerqué para abrazarla. Al principio parecía tener miedo al ver a un hombre vestido de verde y con nariz roja. Le sonreí mirándola a los ojos y entonces ocurrió el milagro. Nos abrazamos como si nos conociéramos de toda la vida, como si hubiéramos conectado con esa esencia que es la familia humana.

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