A veces el pensamiento único puede ser positivo. Se puede creer que de forma espontánea casi todos los medios de comunicación catalanes se alinean en un objetivo común. No la paz del mundo, no la idea de un mundo mejor, no el fin del hambre en la tierra… nada de eso… Sino la exigencia de la identidad de un pueblo, que es lo que realmente le importa a una sociedad madura y responsable. La verdad es que cuando ocurre todo esto yo también siento cierto hartazgo como individuo. Y no es por llevar la contraria a todos los grupos mediáticos de Cataluña, y menos aún al pueblo catalán. Siento hartazgo por tener que ver como todos los recursos humanos, financieros, mediáticos, culturales, políticos y casi de toda índole están enfocados en una sola idea. Pero como digo, eso podría resultar bueno. Como independentista que soy, no deseo otra cosa en este mundo más grande como que Cataluña se independice del Estado Español. Cuando eso ocurra, pediré un referéndum para al mismo tiempo, yo independizarme del nuevo Estado Catalán, Estado MedioPensionista o cualquier nuevo Estado al que pertenezca. Digo yo que mi dignidad también será respetada, y podré o no pagar mis impuestos y podré o no ser reconocido como ciudadano libre. Dejo algunos botones del ideario que conjuntamente se ha editado en doce diarios catalanes para comprobar la urgente necesidad de un pueblo oprimido por, valga la paradoja, el Estado Democrático y sus Instituciones, que el mismo, y valga de nuevo la paradoja, quiere reproducir en un Estado Ideal plagado de Identidad.
Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial, y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico. Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa.
Que nadie se confunda, ni malinterprete las inevitables contradicciones de la Catalunya actual. Que nadie yerre el diagnóstico, por muchos que sean los problemas, las desafecciones y los sinsabores. No estamos ante una sociedad débil, postrada y dispuesta a asistir impasible al menoscabo de su dignidad. No deseamos presuponer un desenlace negativo y confiamos en la probidad de los jueces, pero nadie que conozca Catalunya pondrá en duda que el reconocimiento de la identidad, la mejora del autogobierno, la obtención de una financiación justa y un salto cualitativo en la gestión de las infraestructuras son y seguirán siendo reclamaciones tenazmente planteadas con un amplísimo apoyo político y social. Si es necesario, la solidaridad catalana volverá a articular la legítima respuesta de una sociedad responsable.
(Foto: paradójico toro reflexivo, símbolo de la identidad española, en la Rambla de Catalunya, en Barcelona. Algún día la humanidad Una no pensará en la identidad, sino en la impermanencia de todo).
