Hace muchos años tenía una columna en un diario brasileño que di por llamar «Desde mi ventana». Aquella ventana desde la que escribía tenía unas vistas fabulosas a la mágica montaña de Montserrat. Vivía en el barrio de Sant Bernat, en la ciudad de OM, como yo la llamaba, y desde allí escribía sobre la vida y sus cosas. Me hacía ilusión ver publicadas mis crónicas en diarios y revistas. Era la emoción del que deseaba escribir y de alguna forma veía compensado su esfuerzo. Cuando me mudé a La Montaña, a la Montserrat del Mediodía, como la llamaba el sociólogo Guichot, me mudé, sincronías de la vida, al barrio de San Bernardo. Y hoy descubro por fin mi nueva ventana. Siempre estuvo aquí, pero al instalar la oficina en los bajos de la casa, nunca reparé en su hermosura. Desde aquí diviso el valle del Guadalquivir, la vega, la campiña, los poblados de colonización, Nublos, el cortijo donde solía ir de pequeño y donde alguna vez dormí rodeado de leyendas e historias de brujas y duendes. Así que el descubrimiento ascendente, del sótano a la primera planta ha tenido su premio. Después de largos meses sumergido en una mudanza que no terminaba nunca, he podido separar la vida personal de la profesional. He subido mi pequeño ordenador a esta pequeña habitación donde pronto podré sumergirme de nuevo en la redacción de la tesis doctoral, aparcada desde agosto por cosas del camino. Y arriba me espera, en la tercera planta, un nuevo escritorio donde pondré mis lecturas místicas, mis escritos más profundos. Desde allí arriba se divisa el cielo y los ángeles de la Montaña. Así que mientras llega el tránsito hasta esa planta, en la soledad y el silencio del errante buscador, seguiré mirando desde mi ventana…
