El deambular de las almas de un estadio a otro, de un tiempo infinito a otro, de una mortalidad limitada a una experiencia absoluta siempre ha estado en las creencias de todos los pueblos. Los sistemas varían según el marco cultural o ideológico de cada lugar, pero en síntesis, podemos hablar de una creencia común basada en la esperanza de la supervivencia más allá de este mundo. La consciencia del humano permite diseccionar el tiempo, produciendo una sensación angustiosa que nace de su posición finita y se remonta hasta el infinito de su mirada. El tiempo, y la consciencia del mismo, provocan la angustia de vernos limitados ante un cosmos absoluto e impermanente. Como consolador de angustias, aparecen este tipo de creencias que sin duda demuestran hasta qué punto la inventiva del hombre puede alcanzar cuotas ilimitadas. Sin embargo, resulta asombroso acercarnos a la vida para comprobar que algo extraño ocurre en la misma. Nuestro planeta es un hervidero de misterios sin resolver. La misma vida y su coronación, la inteligencia, son muestras de cuan sofisticado es el orden universal y cósmico. Los interrogantes nacen a cientos, y las respuestas, hipótesis y creencias acompañan sus infinitas cuestiones. La ciencia, tan limitada y perdida, no puede afirmar nada claro excepto algunas leyes derivadas de la física. Lo cuántico, sin embargo, provoca intencionadamente nuevas cuestiones, nuevos interrogantes y sobre todo, tal y como aparecía en la puerta de la Academia griega, un conocimiento nacido del asombro. Porque vivir es estar en un permanente estado de asombro ante la perplejidad de la existencia.
Los matices sobre si la reencarnación puede ser en humanos o animales, si puede ser en este u otro planeta, en esta u otra dimensión, carecen de importancia. La energía ni se crea ni se destruye. Y a partir de esa máxima, podemos interrogarnos si ocurre lo mismo con la inteligencia, el principio psique de los griegos, el alma. ¿Se transforma? ¿Se diluye? ¿Sobrevive? Las creencias esotéricas, quizás más sofisticadas en estos tiempos de angustias, suponen que lo que realmente sobrevive no es la personalidad del individuo, ni tan siquiera eso que vagamente llamamos idiosincrasia o carácter. Sino algo más minúsculo que los antiguos sabios llamaban el átomo simiente. Un pequeño átomo, el alma, capaz de recoger todas las experiencias vitales y sumarlas a la psique universal, al espíritu, al nous de los tiempos. Y en ese océano, una vez desaparecida la diferenciación que nos limita en la tierra, esperará en la Unidad a que un nuevo rayo de sol le ilumine y la dote de personalidad propia. Entonces, como gota extraviada, volverá a encarnarse en un momento único y solidario con el Orden Cósmico Universal. Como toda creencia, y como antropólogo, me sirve. En lo íntimo de cada cual quedará la mirada lúcida de sabernos o no inmortales. Sea como sea, esta vida siempre será única y es mejor no vivir bajo el prisma o la esperanza del futuro, sino, reencarnándonos todos los días en el momento presente, en la experiencia absoluta del eterno ahora.
