Las burrerías de Aznar


Cada vez que me topo con alguna noticia que tiene que ver con el criminal de guerra que gobernó en la anterior legislatura se me ruboriza el cabello. No tengo nada en contra de los hombres y mujeres de buena voluntad que desde cualquier partido, ya sean de una u otra tendencia, trabajan por el bien de su pueblo. Pero cuando veo casos como los del patético Bush o el innombrable señor Aznar, me cambia la cara y el sentido de las cosas. Y la última noticia me deja helado. Más de dos millones de euros para promocionar que a Aznar le dieran la Medalla del Congreso de los Estados Unidos de América, medalla, que por cierto, no le llegaron a dar a él ni a su pobre vanidad. Dos millones de euros que pagó mi vecina Paca, mi tío Manolito y el panadero de mi pueblo, personas todas honorables y humildes, que trabajan a destajo para que los tramposos, usureros y  mezquinos de la mala política jueguen a las cartas de la geopolítica al mejor postor. Vergüenza no es la palabra. Es más bien rabia. Rabia por ver como un pueblo que debería gozar de cierta salud democrática permite que ladrones y asesinos en masa sigan campeando a sus anchas por los arrabales de la vida publica. Rabia por ver todos los días ejemplos nefastos de un país nefasto gobernado por personas nefastas.

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