El tiempo no se detiene y pasa en exceso rápido. Uno cree, cuando es joven, que le queda toda una vida por delante. Pero esa vida pasa de forma tan vertiginosa que no somos capaces de encontrar el freno de mano para detenerla, para atraparla entre unas manos que envejecen a la velocidad de la luz. Sólo en la soledad, en la meditación del silencio, parece que algo se detiene, permitiendo con ello la contemplación desde una columna elevada que permite ver algunos rasgos del infinito universo. Entonces parece que todo está bien, que todo se mueve al ritmo necesario y que la vida no contempla paradas excepto las de la conciencia.
El jueves regreso a Barcelona si la furia del volcán islandés Eyjafjälla lo permite. Si la cosa empeora podría ser que quedara atrapado en esta isla de felicidad. No me importaría. En estas dos semanas he rendido más que en dos meses. Además, he empezado a redactar mi cuarto y quinto libro a la vez, uno sobre reflexiones antropológicas y otro sobre reflexiones filosóficas maltitulado “La Conspiración de los Iguales”. Tal vez en mayo o junio vuelva de nuevo a Alemania pues encuentro en estos lugares la paz suficiente como para concentrarme con lo que más disfruto: escribir. Además, sigue quedando pendiente el finiquitar la tesis y poder con ello pensar en otras cosas. Quizás este verano sea apropiado para todo esto. Mientras, los días pasan rápido. Por la tarde en el huerto o subido en la bicicleta, perdido entre interminables campos llenos de ciervos libres, de bosques, de prados. A veces me adentro en algún bosque, escucho el crujir de sus inmensos árboles, me tumbo en su hierba y viajo con el recuerdo a la sabana africana, a los desiertos mongoles, al pacífico mar de California, a los caminos dels bons hommes de los Pirineos, a las selvas de Bengala o los profundos valles del Rajastán, a la tierra seca mexicana o las interminables carreteras de Nevada. Reviso la lista de lugares y siento cierta ansiedad. Hay tantos lugares que esperan…

Qué bien te sienta el reposo guerrero 🙂
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