En el centro del huracán


He hablado en este espacio muchas veces sobre el movimiento y la quietud. Son términos filosóficos que se han discutido hasta la saciedad en diferentes lugares y tiempos. El taoísmo sabe mucho de ello, pero también místicos como el español Miguel de Molinos indagaron en la necesidad de la contemplación para que la voluntad superior guiara los pasos de las pequeñas voluntades de los hombres. Tiene su analogía con el budismo clásico en su búsqueda del nirvana mediante la pasividad en las acciones, la quietud, la meditación y la contemplación más absoluta. El zen pretende la quietud, la atención concentrada en el fluir de las cosas. Algo así como estar parado en mitad de un huracán, inamovible, viendo desde su centro todos los aconteceres diarios. El vacío que se genera en el ojo del huracán es análogo al vacío que se genera en el ser que se muestra quieto y actúa según los preceptos de la unión mística.

Pero lo que me apasiona de toda esta discusión filosófica es su aplicación práctica a la vida. Muchas veces ocurren cosas que nos pueden llegar a desequilibrar. Normalmente porque no las entendemos o porque, de forma voluntaria o involuntaria, hemos obrado mal o nuestras acciones han hecho sufrir a otra persona. ¿Y qué clase de virtudes pueden reparar ese daño ya hecho?

La primera buena acción debería ser tomar consciencia del daño. La segunda, pedir disculpas pública o privadamente sobre el mismo. La tercera, intentar en la medida de lo posible, si es que eso es posible, repararlo. Si te enfrentas ante personas buenas de corazón, sabes a priori que los errores son motivados por ignorancia o sinrazón. Siempre he dicho que un mal día lo tiene cualquiera. Si el daño es cometido a conciencia, ahí las armas arrojadizas son otras, y la cautela siempre presume de distancia. El arte de la prudencia siempre es nuestra mejor aliada ante cualquier situación, con o sin movimiento. Y la prudencia siempre nace de esa quietud que todos los sistemas filosóficos arguyen como mejor actitud para potenciar la virtud y alejarnos del vicio, del sufrimiento y del error.  Los huracanes y los ciclones siempre existirán en los viajes de la vida… Pero si estamos sumidos en su centro, podemos atravesar cualquier dificultad bajo el poder de la quietud y la calma.