Un año en el sur


La riqueza de una vida no se mide por el montón de dinero que tengas acumulado en el banco, ni por las propiedades, ni por los grandes coches. La semana pasada hablaba con una amiga la cual no entendía porqué prefería permanecer tan pobre, pudiendo ser muy rico. Mi defensa fue muy clara y quizás extraña para ella: ya no aspiro a acumular cosas en la tierra, sino a deshacerme poco a poco de ellas para que dejen espacio a las cosas que verdaderamente nos hace ricos. Y esas cosas son la amistad, la generosidad, el amor. Cosas como la presentación de ayer en Mesas, con ese calor humano, intenso y pasional que todos vivimos. Como la visita a mi casa de mi mentor en la Universidad de Sevilla, de ese catedrático al que tanto le debo y al cual le abracé como un hijo abraza a un padre. Como ese paseo por las calles de Madrid, hablando de geopolítica o del gran misterio de la vida: el porqué a los peces no les entra agua en los ojos. Cosas como la carne de membrillo que me ha regalado hoy J., riquísimo membrillo hecho por su madre. O como el paseo hoy con R. hasta Córdoba para asistir a la presentación del libro de Antonio Colinas “Un año en el Sur”. Son esas cosas las que me enriquecen realmente. Es ahí donde me siento afortunado y agradecido. Es ahí donde comprendo la grandeza de la vida, la esperanza en lo humano, el sueño de un mundo mejor. Y esta noche, mientras escribía todo esto, sólo deseaba abrazar a ese misterioso ser que desde hace unos días ocupa mi mente. Ese ser que deambula por los castillos de mi imaginación y que penetra poco a poco en los recovecos silenciosos del sentimiento. No encuentro ninguna explicación sobre las cosas que pasan en la vida. Pero deseo profundamente experimentar cada uno de sus misterios y sentir que la esperanza aún es posible.