Recuerdo que A. me llamaba cariñosamente El Vagabundo… No me importaba, incluso casi me gustaba pues había trabajado muchos años con vagabundos y en cierta forma, mi vida errante, siempre viajando, se asemejaba a ello. Ella, sin embargo, se quejaba de ese desarraigo, de ese no estar quieto. Supongo que necesitaba una persona estable, una persona que le diera seguridad, equilibrio, serenidad, paz, en definitiva. Y en mi caso, siempre deambunlado por el mundo, esos adjetivos se alejaban de lo que yo deseaba: independencia, libertad, autonomía. Con el tiempo comprendí que a veces resulta difícil compaginar mundos, o llamémoslos, adjetivos. El movimiento, hijo predilecto de la inquietud, a veces surge inevitablemente de las ansias de descubrir, de explorar, de encontrar algo que se escapa a los desasosiegos y reflexiones. Cuando creces, cuando maduras, uno se torna más calmo. Desea estar más con la familia que vagabundeando. Desea disfrutar más de un pequeño paseo por cualquier parque que deambulando por cualquier sabana africana. La quietud, la tranquilidad, desea disfrutar de las cosas sencillas. Por eso el año pasado puse tanto empeño en hacer de mi casa una especie de refugio, algo así como un hogar, a la espera del calor humano que todo hogar requiere. Sólo quería encender el fuego de la chimenea interior y permanecer tranquilo, intentando atrapar el tiempo en la paz de una tarde para que no escapara a los arrojos del abismo. Y cuando crees encontrar ese sentimiento de hogar, ese calor humano, no deseas que se escape. Cuando encuentras un lugar tranquilo, donde poder abrazar a los tuyos, entonces, quieres dejar de ser un vagabundo. Mi querida A. no pudo atraparme en esa paz. Quizás aún necesitaba experimentar más la vida, necesitaba explorar más el mundo. Ahora ya me siento listo para comprenderlo desde un sencillo atardecer, un tierno abrazo o un suspiro compartido. Ahora solo requiero de un hogar lleno de calor humano. Ya no busco palacios ni honores, ni príncipes ni princesas, ni montañas altas ni valles profundos, ni historias imposibles ni espacios infinitos. Sólo busco la paz de un abrazo, la complicidad de una mirada, el silencio plagado de trofeos de lo inmediato.

Maravillosamente plasmado, maravillosamente sentido, maravillosamente expresado… es el entender de la vida: estar, ser, sentir… dejarte querer, quererte y si todavía en esa paz infinita no consigues encontrar tu esperanza particular no temas a gritar, a gritar a los cinco mil vientos que quieres ser feliz que deseas alcanzar tu paz y que seguiras luchando por conseguir tus sueños mas profundos.
Un abrazo Javier y seguimos caminado.
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el ser humano se pasa la vida buscando lo q no tiene , en vez de agradecer por lo q tiene.
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