El desvelo del ser amado


Escribo de nuevo desde la feria del libro de Córdoba. Hace algo de fresquito y el cielo amanece gris. Esta mañana ha llovido algo, ahora de momento aguanta. Ayer fue un día interesante, lleno de intrigas cósmicas. Me senté a escribir un rato en la novela. Pero de repente vi a mucha gente que salía de la nada. Casi podía ver sus almas transitar con sus cuerpos pesados y lentos. Y en eso me fijaba, y al ser consciente de que dentro de cada uno de esos bultos había almas, seres inteligentes, pensantes, cocreadores con la naturaleza del absoluto, quise salir con ellas para saludarlas a todas. Saqué mi mejor sonrisa y salí un poco a la calle. Luego volvía a la caseta, donde me apoyaba justo en el umbral de la puerta, dejando caer mi hombro derecho sobre el poste que sostiene el techo de aluminio. Tenía ganas de abrazar a todo el mundo, así que lo hacía con la sonrisa. De repente, me dieron muchas ganas de abrazar a un ser muy especial. Un ser que aguarda en alguna parte a que el interior responda a la llamada. Miré de izquierda a derecha, porque justamente la conocí ahora hace un año por estas calles, y pensé ingenuamente que a lo mejor volvía a aparecer por entre el tumulto. Un año disfrutando, a veces más, a veces menos, de sus profundos ojos azules, de su exquisita sabiduría y de su increíble trayectoria vital, cargada de experiencias y vivencias únicas y privilegiadas. Y miraba una y otra vez por si aparecía para abrazarla estrechamente, sentidamente, con el deseo de ese que ama en la larga espera, con el eterno desvelo del ser amado.

Ella no apareció, no esta vez. Pero sí lo hizo M.P. Fue ex ministro con Aznar y lo conocí en Sevilla hará ahora unos cinco años. A., una buena amiga de Madrid, se empeñaba en que asistiera a reuniones elitistas donde se hablaba de economía y política en estrecha relación con personas cercanas al poder. Gracias a sus contactos, me conseguía de forma excesivamente generosa invitaciones para asistir a esas reuniones y en aquella ocasión le tocó el turno a MP. Éramos pocos los elegidos para aquella charla. No más de diez personas. Sin saber como, terminé cenando con MP. Nos intercambiamos teléfono y mail y emprendimos una relación cariñosa y cómplice. Y ayer repasamos la situación editorial en un mundo marcadamente cambiante. Un mundo al que nos enfrentamos con cierto desconcierto porque ambos sabemos que la edición no es un negocio rentable, y que, además, resulta ruinoso. Ambos lo hemos vivido en nuestras carnes, pero ambos concluimos con una misma idea: “aquí seguimos”. Y seguimos ya no por un afán de hacer negocio, sino por un afán que va más allá de lo meramente mercantil. Se podría llamar por amor al Arte, pero al Arte en mayúsculas, ese Arte que, como al principio del relato, espera con devoción el eterno desvelo del ser amado. Que espera el abrazo sentido, la cálida presencia de la sonrisa y la cómplice advertencia de que el caminar siempre entraña peligros y fracasos, pero sobre todo, verdadera satisfacción. Y en esa satisfacción deseo moverme, en el amor y en el Arte.

 

2 respuestas a «El desvelo del ser amado»

  1. Al leerte me he acordado de lo que me explicaba mi hermana y mi cuñado en uno de sus viajes. Estaban paseando por una plaza y se toparon con un equipo de la TV China y unos chicos que regalaban abrazos, solo tenías que acercarte a ellos y dejar que te abrazaran a la par que tú correspondías.

    Mi cuñado que se corta un poco más no lo hizo, mi hermanilla, que es un sol enorma, se lanzó a dar ese abrazo y a recibirlo, dice que fue una sensación muy bonita, alegre, un abrazo de los de verdad aun sin conocerse.

    Chocaba un poco porque parece que los orientales son más reservados pero allí estaban repartiendo, ofreciendo calor humano a miles de Km de sus casas y es que lo universal no tiene fronteras, ni físicas ni en el alma.

    Javier te está sentando de maravilla estar en esa feria del libro, de la cultura, de los recuerdos, de los encuentros, de las sorpresas…

    🙂

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