Me fui de Cataluña cansado y aburrido de escuchar el mismo discurso político-patriótico-nacionalista de más patria, más nación, más territorio. En la calle jugábamos al futbol y a las canicas en catalán y en castellano, y nadie tenía ningún problema, excepto esos que «inventan conflictos y falsean la realidad».
Me sentía enclaustrado en una edad media ideológica, encasillada en los avatares de las fronteras, de las leyendas míticas de los héroes de la patria, de los abanderados y constructores de naciones oprimidas por el enemigo.
O peor aún, sentirte preso en una jaula donde debes defender la suela de tus zapatos, que es tu territorio, y pedir al orbe universal –la jaula- que reconozca esa suela como un hecho diferencial, independiente, con carácter e identidad.
Algo absurdo y vomitivo en pleno siglo XXI, un siglo que será el comienzo de un mundo sin fronteras, un mundo que cabalgará por la Era de Acuario, la Era del Conocimiento, del Saber… Y el saber estipula que la tierra en su conjunto no conoce de fronteras, excepto las inventadas por el estúpido humano en su medieval historia.
Fronteras ideológicas, políticas, culturales, económicas, raciales, sociales… En vez de ver al otro como un ser humano, lo vemos como un negro, como un catalanoparlante, como uno de derechas o de izquierdas, como un gitano o judío… En este mundo de totalitarismos y xenofobias ideológicas, no somos capaces de ver al otro como lo que realmente es, como un jodido ser humano.
La sociedad no debe seguir caminando por la oscura senda del separatismo, sino por la clara luz de la interdependencia. Todos dependemos de todos, todos necesitamos de todos. El autogobierno debe ser legitimado por la razón, obtenido no por la lucha contra el otro, sino por el reconocimiento maduro del otro. Por la fraternal, libre e igualitaria aceptación del otro. No quemando banderas a cual trogloditas, sino aceptando la historia y la identidad de todas ellas. No queremos países independientes, queremos países interdependientes, y si apuramos hasta el máximo, no hablemos de países, hablemos, por favor, de personas, de ciudadanos. No queremos un mundo excluyente, sino un mundo que acepta su complejidad asumiendo sus diferencias y respetándolas.
