Vida, muerte y resurrección


“A dos luces”, como dicen en el sur para referirse a ese momento de duermevela en el que la luz del día se confunde con la oscuridad de la noche, salí a regar el jardín. Disfruto viendo como crece sana y salva la higuera que nació misteriosamente de una de las rocas del muro. Me apasionan las historias de supervivencia, porque esta higuera fue aplastada y partida en dos, pero la atamos con fuerza y resucitó…  Así que su mérito es doble: salir de una roca inerte y remontar la vida después de ser partida en dos. Quizás su historia sea parecida a mi actual epopeya personal. Pero no hablemos de mí hoy.

Hablemos también de esos dos árboles más que también sobrevivieron a avatares parecidos en la construcción de esta casa. Hubo un tercero que no sobrevivió, pero que aún sigue plantado en mitad del jardín como símbolo de que en la vida nada permanece, todo es temporal. Pero el árbol muerto ahora contempla desde su plenitud a los otros ejemplos… Árboles que si no ocurre nada me sobrevivirán, y quizás a alguna que otra generación más… Veremos…

Vida, muerte y resurrección mientras regaba plácidamente el jardín. Mientras respiraba el aire de sus plantas y observaba el ágil correr de las lagartijas de un lado para otro. Aquí las llaman “rayadas”, no sé si por costumbre o por tratarse de otro tipo de animal. El caso es que es un ser que me fascina, quizás por su talante primitivo o por su capacidad para atraer la atención de cualquier curioso con capacidad de abstracción. Recuerdo que de pequeño me fascinaba cazarlas en el camino que separaba la escuela de mi casa. Era un camino largo, de unos veinte minutos que se eternizaba cuando la cacería o nuestras curiosidades podían más que el orden establecido. Teníamos que atravesar campos, huertos y la vía del tren con cierta cautela. Cuando llovía podíamos ver las ranitas de San Antón correr de charco en charco. Y cientos de caracolillos que atravesaban pausados los caminos. A veces recogíamos a los más grandes y los alimentábamos con hojas de lechuga en cajas de zapatos. Ahora ya no existen esos caminos, ni esos huertos, ni esas ranitas ni esos caracoles. Hicieron un enorme centro comercial y plantaron el campo de fútbol de un equipo nacional. Increíble como cambia todo de una generación a otra… Por eso, cuando llegué aquí e hice mi casa intenté dejar tal cual el bosque original que había aquí plantado. Y sólo había un árbol que la arquitectura no podía respetar a pesar de que hice la casa de tal forma que no dañara a ninguno de ellos. Por eso gasté un dineral en rescatar ese árbol de la roca para plantarlo al otro lado del jardín. Todo fue inútil. Es el árbol que ahora yace muerto como símbolo de que nada es perpetuo. Pero me entusiasma ver como mira de frente a la higuera y a los otros dos árboles. Vida, muerte y resurrección. El milagro sigue…

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