“No importa que el tiempo pase si lo que hacemos se queda aquí”. Eso es lo que reza en la hermosa página web de este empresario llamado Manuel que explota varias fincas en el sur de Andalucía. Hoy he recibido su grata visita. Le he puesto a pelar patatas para invitarle a unas papas con huevo. Me parecía atrevido y al mismo tiempo gratificante compartir ese rato en la cocina, desde la humildad más exquisita, compartiendo una comida sencilla pero placentera.
Hemos hablado durante todo el día de lo humano y lo divino, de la crisis, de lo difícil y de lo fácil, del amor y el desamor, de los «pagafantas», dícese de esos hombres que por buenos o tontos terminamos dando media vida en el amor para luego quedarnos completamente vacíos y desnudos en todos los aspectos, incluidos el material.
Me he sentido aliviado hablando con él. Sus consejos e ideas han iluminado un trozo de vida estancada en sentimientos pasados y rabia contenida. Han sido milagrosas sus recetas y su experiencia como empresario y emprendedor. La gestión de explotaciones agrícolas en plena crisis es parecida a la gestión de empresas culturales: retos difíciles. Pero como él muy bien decía, sus fincas dan de comer a las personas al igual que nuestra cultura da de comer al alma, cosa que jamás podrán hacer los futuros financieros y especulativos de la banca.
Sentados en el porche del jardín mecíamos con calma pensamientos e ideas, nuevas formas de negocio, nuevas luces para emprender proyectos que puedan acercarnos a dos ideas que nos pueden sacar de la crisis: la economía del don y el apoyo mutuo. Hablábamos sobre el final de este momento crítico para la sociedad mundial, y le exponía los ejemplos de mis pequeñas comunidades utópicas desarrolladas en mi tesis doctoral. Con cierta timidez hablaba de esas grandes ideas que allí se desarrollan como núcleo principal de sus existencias. La ayuda mutua, la economía del don. Le decía que estamos ante el nacimiento de la consciencia global. Internet ha posibilitado el parto de esa consciencia universal. Y de ahí que esta crisis sea para encajar esa nueva consciencia en un nuevo paradigma de convivencia universal. Estamos ante el nacimiento de una nueva forma de entender la vida, y ese exponencial cambio ya se ha dado en esas pequeñas comunidades. Por eso, ahora, unos ayudarán a otros, y se desarrollará la generosidad como método alternativo al lucro y el egoísmo individual. Ya no será el Estado el que dirija nuestros destinos, sino la sociedad civil, organizada y desarrollada en un vínculo universal, la que prospere de forma independiente. Ya no será un trato ni un pacto social entre estados e individuos, sino entre ciudadanos de todo el mundo. Por fin, está naciendo el ciudadano global, aquel que mira de igual a igual al otro y gestiona sus necesidades y sus crisis como si fueran propias. Por eso, la utopía de las pequeñas comunidades se está plasmando en la consciencia global pasando de ser individuos egoístas y aislados por estados-naciones a ser partícipes de un gran gesto mundial por la convivencia universal.
Hermoso día con ese hombre al que llaman Manuel… Gracias de corazón por su grata visita y por todo lo que ha inspirado.
(Foto: la foto me la acaba de enviar, precisamente, Dolores desde Huelva… Gracias por la bonita puesta de sol)…

A mi tb me ha mandado la foto DOlores y la he subido a la web de Ananta!
Bona nit
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Pelar patatas, Javier, es una grata ocupación cotidiana cuando «el horizonte es luz» (ni te cuento ya, si «el rumbo un beso»). Yo siempre propongo pelar patatas en mi primer encuentro de amor; quizá ahí se halle el secreto de por qué terminamos pagando fantas: ellas las prefieren precocinadas. Jeje.
Pelar patatas es, sin ninguna duda, un noble oficio. Inmensamente más noble que el de especulador, político al uso o comunicador bien untado.
Ha sido un placer pelar patatas contigo.
Del resto del día que hemos pasado intercambiando ideas y emociones ahorro los calificativos para no caer en el espectáculo decadente de unos juegos florales que ni a ti ni a mí nos pegan. Jeje.
De vuelta en el coche, con Sabina sólo a media pastilla para no dejarte un disgusto de recuerdo -jeje-, la cabeza giraba como un torbellino. No dudaba del «por qué», que casi nunca es importante. Me interrogaba sobre el «Para qué» de esta habitual majadería de empeñarme en lo que no me piden que hoy se ha concretado en tu casa…
Tú observabas amablemente mientras comíamos, lo extraño de la conversación entre un vegetariano y un ganadero, en torno a un plato de patatas fritas con huevos (con dos huevos). Quizá ahí esté el corazón del día; su «para qué»: comprobar que el diálogo es siempre posible entre humanos que lo desean, por encima de cualquier consideración ética, siempre tan subjetivas.
¿Cómo ibamos a pedir a Xtianos, Judíos y Musulmanes que se entendiesen de una vez, en nombre de la Humanidad y por encima de sus Dioses, si un sencillo vegetariano y un simple ganadero no son capaces de compartir la mesa? Ahora ya podemos ¿te das cuenta?
Y, si pedimos a Musulmanes, Xtianos y Judios que se entiendan, por encima de sus tres Dioses verdaderos y en nombre de la Humanidad, ¿Cómo no vamos a exigir al Capital que se entienda con sus explotados, en nombre de la Humanidad y por encima de su Único Dios Verdadero?
Creo, sinceramente y huyendo de retórica, que nuestro «para qué» de hoy era deshacer, no cortar con la espada, sino deshacer, ese nudo gordiano mientras pelabamos amablemente patatas. Sobre el resto, veremos qué nos trae la marea.
Gracias de todo corazón por tu hospitalidad doméstica y personal.
Un fuerte abrazo.
N.B.: efectivamente la foto es de Huelva, «mi Huerva». Exactamente la Ría del Rompido. Esa larga, hemosísima y antaño solitaria lengua de arena, entre la ría y el mar del horizonte, era el lugar perfecto para deshojar margaritas a los 18. Cuando la poesía no estaba escrita sino vívida y cada cual se pagaba su fanta.
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