Vivir sin miedo


Es toda una experiencia vivir con miedo. Soportar el peso de lo que ha de venir con las pobres herramientas de las que nos dota el infortunio. Esta mañana salía a la calle como todos los días para llevar los escasos paquetes que este mes devora la oficina de correos. Por el camino hablaba con unos y con otros y saltaban las dudas con respecto a todo cuanto nos rodea: la vida, la muerte, el amor. El miedo siempre presente a no saber vivir, a morir cualquier día, a no poder amar. Eso es lo que significa ser esclavo.

Volvía con un pequeño saco de pienso para los nuevos inquilinos. Algo de comida perruna, aún con la incertidumbre de que hace más de dos días que no veo a la perra Luna. Quizás esa incertidumbre haya hecho que deje las galletas a un lado y procure una mejor alimentación. Recuerdo a Luna con cierta nostalgia… ¿Dónde estará? Recuerdo todos los momentos a su lado, jugando, paseando por el bosque, interpretando el papel que nos toca en la vida, a sabiendas que todos esos momentos se perderán en el tiempo cuando la noche amarga, cuando el último trago nos eleve a otras dimensiones.

El tiempo nostálgico de otoño tiene su propia magia. Hay caminos que se yerguen salvos y otros que se incrustan en la tierra amasados por las pisadas añejas. Me siento extrañamente ausente de los caminos. Flotando en una especie de limbo con el deseo de que sea la vida y no yo la que determine la mejor senda.

Eso me recuerda una frase que durante años impregnó mi vida: hollar el sendero. Ese sendero se enfrenta a todos los miedos del ego. Ese sendero que a veces intentamos ignorar pretende elevarnos sobre los caminos para adentrarnos en la vida sin corazas, sin defensas, a pecho descubierto para que el alma se manifieste sin ataduras y sin vendas. Por eso, y más allá de los ocasos y los abismos, es toda una experiencia vivir sin miedo.

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