La vida es un constante desafío. Hoy vagábamos como todas las tardes por el bosque. Veíamos el sol en lo alto entrecortado por el vagar de nubes que venían amenazadoras desde el septentrión. Hacía frío. El invierno ha llegado. Lo notábamos en nuestro rostro, en nuestra nariz, en nuestras manos. Los perros corrían por el manto verde y observábamos en el camino todo cuanto ofrece la naturaleza. Las flores, la música de los pájaros, la luz del sol, el frescor de la tierra húmeda por las lluvias de la mañana. El manto de colores en el suelo cargado de hojas. Vimos las ramas que había por todas partes y sin querer hicimos un pequeño montón. Observamos que con poco esfuerzo habíamos acumulado una pila perfecta para la chimenea de la tarde. De todas las ramas cogimos dos grandes troncos, de forma espontánea, que llevamos hasta la casa. Nos gustó ese acto de psicomagia. La familia adentrándose en el oscuro y peligroso bosque para traer sustento y leña para el hogar. Los perros parecían alegres por la adquisición pero no dejaban de mirarnos de forma extraña. Una felicidad extrema. Respiraba profundamente el momento mientras recorríamos el camino plagado de flores blancas y nubes de jilgueros que deambulaban entre nuestros pasos. Había cierta armonía en nuestros pasos, cierta provocación, cierto reto. Sentía cierta libertad interior mientras cortaba la leña recogida y recordaba el momento introduciendo los trozos menudos en la chimenea. Y luego el fuego y su magia, y el calor de las brasas, y el compartir en los abrazos sentidos. Un compartir generoso, en silencio, de mirada cómplice y suspiros bienvenidos. Había un lazo de fuerza, un lazo de vida que nos unía.
Nada más llegar, J. nos traía de otro bosque una caja llena de mandarinas y naranjas. Agradecimos el gesto con alegría, esa alegría de ver como la naturaleza responde con sus frutos. Leña, naranjas, mandarinas y alegría. Una combinación perfecta para seguir conspirando con la vida. Una forma alegre de seguir con el desafío constante. No es uno el que hace el viaje, sino el viaje el que lo hace a uno. Tiempos vendrán, me decía recordando las palabras del viejo Séneca, en los tardos años del mundo en los cuales el mar océano aflojará los atamientos de las cosas y se abrirá una gran tierra… La tierra de la vida y la esperanza…


Trozos de fruta, gotas de lluvia, rayos de sol, cachos de leña, colores de fuego, vidas del bosque, buena compañía… fantástico coctel!!!
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