Sólo aquel que a nada está ligado, a nada debe reverencia


 

 

Acojamos el tiempo tal como él nos quiere

Shakespeare, Cimbelino

 

Me acaba de llegar un cargamento de libros del título “Franciscanos, místicos, herejes y alumbrados”. Era un pedido antiguo que se había perdido por la calle López de Hoyos de Madrid, lugar donde viví hasta agosto del año pasado y que hoy he podido recuperar, cosas de la vida seis meses después, en alguna otra parte de Madrid. Es como si todo hubiera cambiado y nada hubiera cambiado.

Lo cierto es que esta mañana hemos empezado la búsqueda de un nuevo hogar. Abandono mi casa y ella hace lo mismo porque, según me dice, la madurez y el compromiso hay que demostrarlos con hechos. Así que deja su bonita casa para que juntos emprendamos un nuevo reto, porque qué mejor hecho que el de estar juntos empezando de cero, sin recuerdos del pasado, compartiendo la ilusión de construir algo nuevo y compartido. Esa generosidad me da confianza. Una empresa sólida siempre se construye con cimientos sólidos. Y aquí estamos, poniendo piedra sobre piedra en este gran angular.

Y la búsqueda empezó en el hermoso barrio de Aravaca, donde un buen amigo nos esperaba para enseñarnos un hermoso piso a estrenar que nos podrían dejar a buen precio. La idea inicial era encontrar un lugar tranquilo rodeados de naturaleza. No deja de ser curioso como se afinan los sentidos cuando has vivido largo tiempo rodeado de campos y montañas. Ese silencio de la naturaleza contrasta con el rugir constante y la polución de la gran ciudad. Pero uno se hace a todo y las exigencias pueden adaptarse a los tiempos que corren.

Tras recorrer el barrio, el buen amigo, buen cumplidor de promesas, traía entre sus manos el libro de Stefan Zweig, “El mundo de ayer. Memorias de un europeo”. Qué mejor regalo a un editor que un libro, especialmente cuando el libro nos traslada a nuestro pasado más reciente de manos de un desposeído apátrida sin tierra y sin raíces, que perdió tres veces su casa en guerras y devastadoras experiencias personales, en un momento histórico, el siglo XX, donde todo parecía desintegrarse entre guerras y conflictos. Hay una frase desgarradora en su comienzo que he querido hacer mía por la complicidad y empatía de ambos momentos, el suyo y el mío: “Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, y con dramática vehemencia me han arrojado al vacío, en ese no sé adónde ir que ya me resulta tan familiar. Pero no me quejo: es precisamente el apátrida el que se convierte en un hombre libre, libre en un sentido nuevo; sólo aquel que a nada está ligado, a nada debe reverencia”.

4 respuestas a «Sólo aquel que a nada está ligado, a nada debe reverencia»

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