No es la hora del Planeta, es la hora de ser radicales. De ser consecuentes con lo que está pasando. ¿De qué sirvió que ayer apagáramos simbólicamente durante una hora al año las luces? Debemos empezar a ser útiles, a sentirnos útiles para curar a esta sociedad enferma y agonizante. Debemos, no solo hablar de consciencia, sino actuar conscientemente, sin entrar en ese exceso de complicadas conjeturas y contradicciones. Es difícil ser radicalmente consecuentes, pero creo que el Planeta entero lo demanda. Demanda radicalidad a todos los niveles antes de que todo sea demasiado tarde. Ya no es una cuestión de cambio climático, sino una cuestión de coherencia con nuestros descendientes y con las futuras generaciones. Debemos empezar a labrar la tierra para sembrar la semilla del cambio. Y todo eso hay que hacerlo con hechos, con pequeños gestos.
Aquellos que puedan, que vivan en núcleos familiares con dos coches, que vendan uno y que utilicen el otro solo cuando realmente sea necesario. Si es posible que ese coche sea híbrido o eléctrico. Con ese ahorro, se pueden comprar placas solares para calentar el agua y dejar de utilizar eso tan obsoleto como son las botellas de butano. El futuro será eléctrico, ¿por qué no invertir en electricidad limpia? ¿Cómo concienciar a los gobiernos para que dejen de utilizar el petróleo, la energía nuclear y el gas y se invierta todo lo que nos gastamos en ejércitos y armamento en desarrollo tecnológico, en energía limpia y renovable? ¿Por qué no existe ya una ley que obligue a construir casas energéticamente eficientes y autosuficientes? ¿Por qué no empezamos con pequeños actos como el reciclaje en nuestras casas, el disponer de placas solares y placas termosolares, o utilizar el transporte público siempre que podamos, o a cuidar nuestros cuerpos con alimentos sanos y no contaminantes? Hay tanto por hacer amigos… y hay tanto lo que a nivel individual y colectivo aún podemos hacer…
