Desde Ginebra


Tras un día intenso el de ayer, hoy a las cinco de la madrugada ya estaba de pie y al orden. A las seis ya estaba embarcando en el aeropuerto y a las siete volaba rumbo los cantones suizos. A las nueve estaba retirando el ticket gratuito que la ciudad ofrece al recién llegado para que viaje en su transporte público durante ochenta minutos. Así que cogí el tren que lleva a la ciudad y luego el autobús hasta el parque de las Naciones y la Rue de Varembé.

Para algunos expertos, Ginebra, junto a Zúrich, es la ciudad de mejor calidad de vida del mundo. Aquí nacieron el padre de la Cruz Roja, Henri Dunant , el padre de la lingüística, Ferdinand de Saussure,  y Jean-Jacques Rousseau, que fue padre de cinco criaturas que abandonó en un hospicio y además un importante ilustrado.

Pasé toda la mañana y parte de la tarde meditando con los tejedores de la luz. Luego estuve durante horas paseando por la ilustre ciudad, escuchando sus sonidos, pero también sus silencios. En la cuesta que baja de la catedral un matrimonio alemán se paró a descansar. Mientras hacía una foto, el hombre se me acercó y amablemente empezó a describirme las suyas. Estuvimos un rato disfrutando de ese encuentro, de ese hablar sin hablar, como cuando tocas una piedra, especialmente si forma parte de un edificio antiguo o emblemática, cierras los ojos e intentas imaginar las peripecias de su historia, sentir los golpes de la edad, las heridas de su existencia. La primera vez que lo hice fue en la majestuosa catedral de Colonia, en Alemania. Y desde aquella experiencia, no paro de tocar iglesias y catedrales con las manos, en un gesto que roza esa locura de pensar que hasta lo inerte está plagado de vida. De vida y de sueños, porque las piedras, en sus silencios, también hablan. Así que un día lleno de paseos y silencios, acompañado con el libro de Whitman “Hojas de hierba”, con el cual intento mantener un diálogo de ensoñación y agradecimiento por ser parte de este increíble vergel de vida.

Mañana seguiré con los tejedores un rato más, y de vuelta a casa. Más piedras esperarán gritar sus graznidos de vida. Más viajes, más vida.

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