Soy un ciego que ve las cosas claras


Lo decía Max en las Luces de Bohemia  del genio Valle-Inclán. Quizás porque los ciegos pueden ver aquello que escapa a la ilusión de la luz. Cierto sentido se agudiza cuando caminamos en la oscuridad de nuestras vidas. Podemos alzar cierto olfato y descubrir las maravillas de esas parcelas que nos son vedadas cuando nos creemos sabedores de todo. Es como si del loto de la cabeza brotara una flor de bienaventuranzas, como si de ahí surgiera su forma primitiva, que sigue siendo la alegría. O como si del loto del corazón surgiera la flor del amor, siendo su primer indicio la más plena sabiduría. O como si del loto de la laringe naciera la flor de las formas vivientes y a raíz de ese resurgir, tuviéramos cierto contacto y comprensión de ese Plan nacido del sustentador del Universo. De ese de quién todas las cosas proceden, a quién todas las cosas retornan. De ese al que pedimos que nos revele el rostro del verdadero Sol Espiritual, oculto por un disco de luz dorada. Como nos recuerda hermosamente el profundo Gayatri, para que conozcamos la verdad y cumplamos con todo nuestro deber mientras nos encaminamos hacia Sus pies sagrados.

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