El poder de los tiranos


El poder tiene sus peligros. Cuando lo alcanzas pierdes cierta noción de la realidad. Hasta el punto de que se pierde la noción entre lo que está bien y lo que está mal. Uno se endiosa o cree saberse poseído por algún tipo de asignación divina que le da derecho a aplastar a cualquier gusano, si fuera menester del gusano el pasar por el camino del endiosado.

Los gusanos, por utilizar el mismo símil, no pueden más que dejar caer el peso del endiosado sobre su débil cuerpo que, sumiso y apacible recibe la cantidad suficiente de fuerza como para desaparecer del mapa en una espesa diarrea verde.

Eso ha ocurrido históricamente en el tiempo y en cualquier espacio. Cuando uno pierde la noción de ese contacto con la realidad, termina por convertirse en tirano. Lo vimos en Libia, lo vemos en Siria, lo vemos en Bankia últimamente y lo vemos en aquellos ejemplos de nuestra historia reciente y de nuestros personajes de la actualidad que, creyéndose endiosados, obran con unos y con otros de forma tiránica.

Lo he vivido en mis propias carnes en estos tiempos difíciles, donde personas próximas de repente se han endiosado y se han creído con el beneplácito de coger lo que no es suyo, o de dar y quitar prebendas a su antojo. Hoy te doy esto porque me conviene y mañana te lo quito porque ya no me haces falta. El gusano que experimenta eso puede llegar a sentirse algo peor que una espesa diarrea verde perdida en cualquier cuneta.

Pero también hay gentes y pueblos que reaccionan con fuerza ante la tiranía. Primero no dejándose manipular por sus pasos decididos. Luego denunciando el abuso de su poder o endiosamiento y por último, a cual David que vence a su propio Goliat, lanzando con fuerza su onda de indignación ante lo injusto y lo macabro, ante lo tiránico y lo despótico, opresivo, arbitrario y totalitario.

Por eso debemos pensar y creer con fuerza que está en la naturaleza de todo hombre libre el rechazar y denunciar y luchar contra la tiranía opresora, en cualquiera de sus manifestaciones. No debemos seguir, en nombre del cómplice silencio, aguantando el peso aplastante de aquellos que alguna vez perdieron la noción de realidad, pensando que nada ni nadie podría vencerlos.

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