Dicen que lo imposible solo tarda un poco más. Estamos ante un momento histórico apasionante donde todo padece una increíble transformación. No somos conscientes pero tenemos una gran responsabilidad histórica para que las futuras generaciones puedan comprender que los sacrificios pasados fueron necesarios para acercar una nueva forma de entender la existencia. No estamos ante un proceso de una época cambiante, sino ante una época que cambia, donde los viejos valores y paradigmas se derrumban uno a uno como en una baraja de naipes.
Aún nos cuesta entender que debemos perfilar no tan sólo un cambio radical en nuestras consciencias, sino, además, un cambio radical en nuestra forma de convivencia, en nuestro modelo de consumo, en nuestra necesidad de crecer como individuos y como colectivo. Debemos tener una mirada ambiciosa que llegue no tan sólo ante los retos de nuestra generación, sino ante los retos de las próximas generaciones. En ese sentido, debemos cultivar un profundo sentido de la responsabilidad y la generosidad intergeneracional y realizar previsiones al largo plazo, y me refiero con ello a doscientos y trescientos años. Debemos empezar a sembrar las semillas del mañana, semillas puras y limpias, cargadas de valores de fraternidad, de libertad, de justicia pacífica y armónica. Debemos empezar a pensar no solo como individuos, sino como raza, como humanidad Una. Este es el reto de nuestro siglo.

Estamos en ese camino… camino largo, muy largo.
Hay un despertar real, necesita su tiempo, llegará.
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