«Muévete y el camino aparecerá» (Proverbio Zen)
Dicen que cuando uno camina es porque busca el camino. A veces ocurre que el camino te encuentra a ti, y sin querer, te atrapa y te embulle.
Eso pensaba mientras hoy marchaba a Correos a llevar algún que otro paquete y recoger algún que otro sobre. Allí me esperaba un interesante manuscrito muy bien presentado y explicado. Eso me hacía saborearlo y curiosear su contenido, porque cuando recibes algo que no esperas y está bien cuidado, lo mínimo que sientes son ganas de explorarlo. Así que me senté en un tranquilo banco a la sombra de cualquier árbol en una perdida plaza de la ciudad. Empecé a leer la increíble historia y me sentí satisfecho por esta casual profesión de editor.
A veces te llegan tesoros hermosos que descubres con cierta alegría. Respiré hondo mirando a ninguna parte, meditando y contemplando bajo el oculto espectro de la gnosis todo cuanto me rodeaba. Estaba apacible y sereno hasta que llegó una señora mayor y se sentó a mi lado. Me gustó la compañía, pero de repente, sacó de su bolsillo un amenazante cigarrillo que encendió sin tapujos en todas mis narices. Le tengo pánico al humo del tabaco, así que salí como un perro herido hacia ninguna parte, pero con cierta prisa y cabreo.
Empecé a andar y andar y andar sin rumbo y sin saber porqué de repente tenía tanta prisa por llegar a ninguna parte. Me acordé de Forrest Gump cuando un día empieza a andar y no puede parar durante la friolera de 3 años, 2 meses, 14 días y 16 horas. Sentía ganas de hacer lo mismo, quizás hasta que pisara una mierda, como el protagonista de la película, y contestara al destino con ese peculiar It happens.
No pisé ninguna mierda, así es la vida, pero de repente me vi de frente en las afueras de la ciudad. Un sol abrasador era mi único compañero junto con una larga carretera de infinito horizonte. Seguí andando, así hasta cuatro horas bajo un candente sol de verano. Ni siquiera sé como pude llegar a mi destino sin comer y sin beber en esas cuatro interminables horas. En esa exégesis mística me hallaba, buceando por las veredas del recuerdo después de un año de interminables cambios. ¿Alguna conclusión? Ninguna, solo muchas más ganas de seguir caminando al menos durante 3 años, 2 meses, 14 días y 16 horas. Hasta reventar. Como el lagarto de Jaén, engullido por el camino.

Jajajaja, perdona Javier por estas risas porque creo que no era tu intención la de hacernos reír con tu escrito, pero me ha hecho gracia la forma de explicarlo y lo he compartido con una de
mis hermanas y también se ha empezado a reír.
Debe ser porque te entiendo en eso de echar a andar y no parar (quizá sea un deseo de huír de aquello que nos invade y no nos gusta, no sé. Particularmente a mi no me gusta analizarme en absoluto 😉 ) y también porque la frase «como el lagarto de Jaén» la utilizaba mucho mi padre y mi abuelo.
Me gustaMe gusta
Uff!!! Javier todavía te queda muchooooo camino por recorrer, más de esos 3 años, 2 mes y 14 días con 16 horas, es mi deseo y que ese caminar este lleno de felicidad…
Besos… muchos
Me gustaMe gusta
PD. Por cierto me encanta la foto, son mis colores preferidos…
No dejes nunca de hacer en lo que realmente crees.
Me gustaMe gusta
Vaya Javier, aunque tu intención con este texto no haya sido la de hacernos reír, a mi me ha despertado unas risas muy sanas 😉
Tu forma de explicarlo y esas ganas de andar, andar y no parar seguro que las hemos sentido muchos, no sé si con ganas de huír de todo aquello que nos invade…
Y esa frase «como el lagarto de Jaén» que tanto utilizaban mi padre y mi abuelo
Mágicas conexiones 🙂
Me gustaMe gusta
Jajaja, ahora repes 😉
Me gustaMe gusta
Vaya, ¡qué recuerdos nos trae eso de correr sin poder parar! Yo recordé una vez que decidí junto con una amiga comprarle un ramo de rosas rojas a una monja a la que queríamos mucho (era la Directora de la residencia de estudiantes donde nos hospedábamos). Las rosas las pagamos entre las dos, pero a mí me entró tal «tembleque» en el cuerpo que eché a correr y no paré durante horas. Fue mi amiga la que tuvo que entregarle las flores.
Yo corro cuando tengo mucho miedo, pero es evidente que ese no es tu caso, Javier. No creo que tengas miedo ni al humo del tabaco ni a la señora, jajaja 🙂
Me gustaMe gusta