»Todo acto de bondad es una demostración de poderío», Miguel de Unamuno.
Estamos en estado de urgencia. El cielo y el calor de la tierra está siendo poderosamente dañados. Para muchos, esta idea sigue pareciendo extraña, lejana e incluso absurda, eludiendo con su ceguera, egoísmo e ignorancia todo cuanto está acaeciendo en nuestro mundo.
Muchos hablan de que estamos ante la necesidad de despertar no a ninguna verdad, sino, y por el momento, despertar a la realidad envolvente. Despertar significa abrir los ojos, alejarnos de nuestra dormidera y ensoñación y contemplar todo cuanto ocurre a nuestro alrededor. Despertar también significa estar atentos y observar todo aquello que aparentemente contradice los principios básicos de la supervivencia, no sólo de la física y material, sino también de la emocional, la mental y la espiritual.
Olvidamos que somos parte de la tierra, del sol, del aire, del agua, de las poderosas fuerzas invisibles, y que ellos son parte de nosotros. Olvidamos que todo lo que hemos construido en el nombre del progreso ha creado una sensación de fracaso por haber roto el justo equilibrio de todas las cosas. Olvidamos que cuando tiramos basura en la calle o en el monte o en el aire o en los ríos estamos tirando basura en nuestra casa, en nuestros pulmones, en nuestra sangre, en nuestras vidas.
Por eso hay que despertar a la realidad y ver que más allá de ser seres aparentemente inteligentes, somos seres con cierto desarrollo de consciencia. Y eso implica responsabilidad, compromiso y trabajo para mejorar la condición de vida no tan solo de nosotros mismos, sino también del resto. Y el resto es la amapola que crece en el campo, el insecto que revolotea entre sus pétalos, el aire que lo transporta, el ave que se zambulle en los riachuelos y disfruta de los frutos de la tierra y de sus bosques. El resto también es el prójimo que necesita ayuda, y la prójima que nos pide un abrazo. Y el resto también son los otros, los que mueren en pateras, los que piden en la puerta de los mercados, los que, confundidos, erran el camino y destruyen su propia dignidad y la de otros.
Debemos despertar a la realidad de que somos finas hebras del tejido de la gran red de la vida. Debemos darnos cuenta de que el viejo orden que hemos construido con sudor, lágrimas y sangre no puede ser la guía de nuestro futuro. Debemos trabajar todas las horas de nuestra breve existencia para conseguir que la herencia que vamos a dejar es lo más perfecto que hemos sacado de nosotros mismos. Eso será lo que realmente nos llene de satisfacción, porque habremos participado del gran ciclo vital y del verdadero propósito de la vida. Sí, despertemos a un nuevo orden mundial donde la fraternidad, la igualdad y la libertad sean verdaderamente nuestra patria. Despertemos de la pesadilla del viejo orden mundial y seamos capaces de crear un mundo nuevo.
