Ayer hicimos más de cincuenta kilómetros en bici por la sierra de Torrelles y por sus increíbles “riders” entre el recuperado Llobregat, el torrent de Can Reinal y la riera de Can Mas. Hacía muchos, muchos, muchos años que no paseaba por esos bosques increíbles, verdes y mediterráneos, con sus profundos y familiares olores y con esa sensación de sentirte en casa al haber pasado toda la infancia y juventud por esos hermosos caminos montañosos. Cuando era niño íbamos a la casa de un amigo vecinal y calentábamos allí, junto a la riera, castañas en la chimenea en invierno mientras recogíamos en el cerezal los frutos del verano.
En esos montes y caminos no hay fronteras, ni patrias ni naciones. Sólo silencio, paseos interminables, ríos que buscan su curso por la salvaje tierra. Cuando me deslizaba por los estrechos caminos a toda velocidad dejando atrás a la juventud experta me sentía libre, muy libre. El aire montañoso con ese frescor de altura y bosque se entremezclaba entre los recuerdos y la paz de sentirte uno con el todo. Miraba con los otros ojos el parpadear de las hojas en los árboles, el aliento de la hierba verde en el suelo. Rozaba con esa mirada cada poro de los abundantes cerezos, viñales y olivos que encontraba en las zonas más bajas. Y cada pino, y sus largas ramas que ensombrecían los pequeños riachuelos que empapaban entrecruzando caminos y sendas. Pude disfrutar a fondo del bienaventurado y naciente otoño que allí ya había llegado.
Y hoy por la mañana, aún con el frescor de la montaña en el rostro sin voz, me marchaba al mar… Perdón, a la mar… Allí, en la costa de la comarca del Maresme, en Canet de Mar, había quedado con el informático que ha creado la nueva web. Paré un rato para fusionarme con el mar… perdón, con la mar… en ese Mediterráneo que me vio nacer… Porque allí nací, en el Mediterráneo. Y por eso mañana, aprovechando que he quedado con autores para consagrar nuevas obras para el nuevo sello de Dharana, me dejaré llevar por la singular promesa de navegar por las calles de la ciudad condal que me vio nacer. El medievo europeo penetrará mi carne mora, mi sangre celta, mis venas godas y mi alma peregrina. Me dejaré llevar por esa otra unidad que llevamos dentro, de origen tan rico y variado, tan profundamente humano y tan maravillosamente misterioso.
Foto: Con mi hermano Iván (el Terrible le llamaban de pequeño, cuando era rubio como el oro y villano. De hecho ambos competíamos para ver quién era más rubio, hasta que el moreno se impuso en ambos y pronto la calvicie).
