A veces resulta difícil saber diferenciar entre lo que uno piensa, lo que uno siente y lo que uno cree que debe hacer. Sin duda estamos atrapados entre más de un millón de voces que claman su derecho a decidir. Cientos y cientos de ancestros que sobreviven en nuestra psique colectiva, en nuestro particular ADN emocional, desean reencarnarse y expresarse en esta vida a través nuestra. Pero ellos ya tuvieron su oportunidad, ellos ya cumplieron su parte, su misión, su propósito. Ahora es nuestra oportunidad, nuestra vida. Pero ahí reside la terrible y difícil cuestión. ¿Quién somos nosotros?
Hay una forma de saberlo. Pero para ello necesitamos silenciar todas esas voces, las internas y las externas. Hagamos, como nos recomienda el Tao, un ayuno semanal de silencio. Imaginémonos en ese ayuno en la cumbre de una gran montaña. Estamos de pie, poderosos, con los brazos en cruz, sintiendo la fuerza del viento en nuestro rostro, el poder de la luz que atraviesa y limpia cada uno de nuestros poros. Las gotas de agua que caen suaves en nuestras manos y golpean en un lento devenir nuestras células epidérmicas. Sintamos la respiración, el palpitar de nuestro corazón, el canto del pájaro mañanero. Sintamos la Voz del Silencio atravesando todo nuestro ser mientras acallamos nuestras necesidades, nuestras manías, nuestros prejuicios, nuestros disgustos, nuestros enfados, nuestras decepciones, nuestras miserias, nuestros miedos. Levantemos la cabeza y digamos con fuerza: “yo soy”. Y en esa toma de consciencia seremos poderosos porque sentiremos que realmente somos, y estamos vivos.
Y a partir de ese día, y de todos los días, gracias a esos ayunos de silencio, podremos mejorar nuestra relación con el mundo, y veremos sus maravillas y contemplaremos sus esplendores. Y luego seamos generosos, y no nos encerremos en ese silencio, sino que compartamos con la Palabra y el Verbo todas nuestras grandezas. Salgamos de la cueva de nuestro corazón para restablecer en el mundo la necesaria acogida de la Alegría y el Amor.
