La experiencia de la Unidad en la vida cotidiana


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Ciertamente no somos místicos ni lo pretendamos aunque en alguna ocasión hayamos vivido intensamente una experiencia que nos aproxime a ese satori que describen las viejas enseñanzas. ¿Quién no ha sufrido una experiencia extraordinaria contemplando un amanecer, bailando locamente en una tarde de verano, exprimiendo el coraje en una situación difícil, abrazando al ser amado, escuchando un verso o una melodía? Todos tenemos experiencias elevadas en nuestra vida diaria, pero muchas veces, sin ser totalmente conscientes de las mismas. Un orgasmo sexual con la persona amada, por poner solo un ejemplo claro, podría ser lo más parecido a la experiencia de un místico entrenado. La consciencia que apliquemos a cada experiencia será lo que determine el valor o la profundidad de la misma.

La vida cotidiana nos absorbe y nos limita, pero también nos ofrece una gran oportunidad de experimentar en las pequeñas cosas y en los pequeños gestos instantes de paz y frescor, cambiando o modificando la visión que tengamos de las mismas. Todos los días amanece y atardecer desde que tenemos uso del recuerdo. Pero, ¿cuantos de esos amaneceres o atardeceres recordamos vivamente? Sólo aquellos que vivimos desde la consciencia absoluta, desde la atención o desde una experiencia plagada de emoción que nos acercó a contemplar ese espectáculo de la naturaleza de forma diferente. Y sin embargo el espectáculo es diario… Siendo así, ¿qué nos aleja de la maravillosa experiencia?

Todos coinciden en que nos alejamos de esas experiencias porque estamos totalmente distraídos. Y es fácil distraerse porque vivimos rodeados de estímulos por todas partes, despistados con las diez mil cosas, como nos decía el Tao. Preocupaciones, deberes, tareas, miedos, problemas, facturas, los niños, la compra…

Le prestamos mucha atención a las cosas de la materia. A vestir bien, a comer bien, a tener una bonita casa, a alimentar todo eso que desde la materia nos ayuda a soportar nuestra levedad. Y siempre vemos la experiencia de la materia como algo separado a la experiencia del espíritu, como si lo primero nos alejara de lo segundo y también viceversa.

Sin embargo, deberíamos empezar a actualizar esa visión. Entender que la materia no es más que una forma más de la manifestación del Todo, de la Unidad, de Dios o de cómo queramos entenderlo, que nos ayuda a viajar en esta nave Tierra por un cúmulo de experiencias increíbles. No es algo separado a eso que vagamente llamamos espíritu, sino que son partes integradas que se apoyan mutuamente, que se atraen y que se complementan. A partir de ahí, resulta más fácil aproximarnos a las diez mil cosas como partes integrantes de esa unidad, como soportes que nos ayudan a consumir experiencias, sin darle mayor importancia que esa misma. Lo importante, en todo caso, sería ser poseedores de esta nueva perspectiva y visión de las cosas. Materia y Espíritu van unidos porque son una misma cosa.

Imaginemos que estamos fregando los platos. Normalmente, cuando hacemos ese tipo de tareas cuasi mecánicas estamos absorbidos por los problemas del ayer y los que supuestamente vendrán mañana. Nunca vivimos completamente la experiencia de “fregar los platos”. De sentir el agua entre nuestras manos, de jugar con la espuma del jabón, de rozar los bordes redondeados de platos y vasos. Siempre estamos alejados de lo que hacemos, y fuera del momento presente. Imaginemos que la tarea fuera estar jugando en el jardín con los niños, y mientras lo hacemos, estamos pensando en facturas o problemas que nada tienen que ver con la experiencia “jugar con los niños”. Nadie nos enseñó a fluir con las experiencias. Nadie nos enseña a estar presentes en cada instante.

La no dualidad y la experiencia de la Unidad sería simplemente estar presentes en cada momento, con una visión totalmente desapegada de todas las cosas, sintiendo en cada instante la complejidad y sencillez del momento.

¿Cómo llegar a esta presencia y visión de las cosas? Con entrenamiento, aprendiendo, por ejemplo, a respirar. Hay una técnica sencilla que nos ayuda a eso: la respiración consciente. Pararnos un momento, respirar profundamente y sentir como el aire y la vida que lo atraviesa nos penetra. En ese momento estamos conectándonos con nosotros mismos, y por lo tanto, con la Vida. Prestando atención a los otros alimentos, a los alimentos del alma como son el silencio, la meditación, la sonrisa, el disfrute de las cosas pequeñas, la limpieza de pensamiento y emociones… La respiración consciente es un método universal y sencillo que nos puede ayudar a conectar siempre que lo deseemos. Solo debemos «recordar» algo que ya hacemos a cada instante. Fijaros de qué forma la Vida se organiza para que podamos reencontrarnos fácilmente a cada momento. Solo respirando.  Todo esto no se consigue en un momento. Como digo, tenemos que reeducarnos, entrenarnos y aprender a respirar de esta forma. Y poco a poco podemos ir sembrando, pacientemente, las semillas del cambio.

Como digo, no debemos pretender ser místicos o seres volátiles, sino más bien debemos aprender a espiritualizar todas las cosas, o mejor dicho, a percibir el espíritu que gobierna todas las cosas. Los platos, los niños, las plantas, el jabón, el agua, el beso, el abrazo, la sonrisa, incluso aquellas cosas que no nos gustan debido a nuestras siempre limitadas percepciones. Amemos la diferencia y disfrutemos juntos del maravilloso paisaje de la vida Una. Respiremos y conspiremos juntos, porque en este instante, seis mil millones de habitantes respiran… ¿Os imagináis lo revolucionario que sería si todos lo hicieran con consciencia?

Una respuesta a «»

  1. Gracias querido Javier por lo que intuyo de respuesta implícita 🙂
    Me alegra saber que no lo hago tan mal y que quizás algunos días me pueda la impaciencia… pero que intento santificar lo que hago cotidianamente, eso sí, aunque mi corazón sienta que está en relenti, cuando podría rugir como un ferrari 🙂
    Solo tengo que ser paciente, fluir y lo que tenga que devenir, que devenga…mientras, seguimos.
    De nuevo gracias

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