Discípulo: Solo desarrollando el intelecto, puede ser alcanzada la intuición. ¿No es asi?
Bhagavan: ¿Como puede ser eso? La fusión del intelecto en la fuente de donde surgió da a luz a la intuición, como la llamas. El intelecto solo sirve para ver las cosas externas, el mundo externo. La perfección del intelecto, solo conlleva a ver bien al mundo exterior. Pero el intelecto no sirve de nada para ver hacia adentro, para ir hacia adentro hacia el Ser. Para eso, tiene que morir o extinguirse, o en otras palabras tiene que fundirse en la fuente de donde surgió. Ramana Maharshi (Tiruchuzhi, India, 1879 – 1950, Arunachala)
«Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos«. Mateo (Mt 19,24).
Muchas personas dedican largo tiempo al estudio de esos asuntos que tienen que ver con el mundo interior y con eso que algunos expertos en la materia califican de misterios menores y mayores. Es una aproximación intelectual que ayuda a los más inquietos y curiosos a ordenar ciertas creencias y visiones con respecto al mundo y sus extensiones misteriosas (entiéndase misterio como todo aquello que no hemos resuelto humana o científicamente).
Algunos científicos cargados de diplomas, licenciaturas, doctorados y todas esas etiquetas que la sociedad nos impone para legitimar cierto conocimiento, pueden ordenar pautas y leyes, ciertos comportamientos y ciertas preguntas que desde la taxonomía requieren cierta disciplina. Pero pronto se dan cuenta del aún limitado alcance de la ciencia hacia todos los “misterios” de la vida, y las pautas que condicionan su ordenamiento.
Razonar intelectualmente sobre la vida, la muerte y el mundo en general puede llenar nuestros vacíos de cierto analgésico necesario para sobrellevar de alguna forma nuestra ignorancia humana. Podemos leer libros, asistir a charlas, a tenidas, a terapia, a cursos, a meditaciones, a encuentros, venerar a maestros o vírgenes o al Gran Poder… Todo eso está bien, pero afirman los que han trascendido ese glamour de la vieja y la nueva era, que la experiencia interior no tiene nada que ver con esas pequeñas experiencias del “yo”, de la personalidad limitada y enclaustrada en la forma. Podemos tener títulos de esto o de aquello, grados iniciáticos impuestos por alguna escuela de misterios, pasarnos años en terapias o inclusive haber sufrido alguna vez alguna experiencia misteriosa. Pero eso no son más que espejismos de la personalidad, del ego, del yo anquilosado, estrecho y ciego, tan ensimismado en sus enredos dialécticos y personales, tan profundamente concentrado en desenredar sus propios hilos de Ariadna hasta el punto de terminar ahorcado por los mismos. La experiencia real nace de dentro hacia fuera y de fuera hacia dentro. Van unidas, son inseparables, como aquella sentencia hermética que señala eso de que como es arriba es abajo, y como es adentro es afuera, reencontrando en la unidad de todas las cosas la profundidad de la vida: su simpleza.
No hay ninguna pureza doctrinal en los caminos que elegimos. A cada cual le va bien con sus métodos, con sus disciplinas, con todo aquello que aparentemente, como decía, sirve de calmante epidérmico para aliviar la pesadez de nuestra vida y sus cuestiones. Pero en la simpleza de las pequeñas cosas, en lo puramente aparente y sin significado, está el hilo conductor de todos los secretos y misterios. Por eso el observador, en silencio, analiza cada gemido, cada rayo de luz, cada sonrisa sin mediar palabra. Lo observa y lo atiende sin juzgarlo, sin pretender atraparlo, fluyendo con esa experiencia no desde las limitaciones del intelecto, sino desde la profundidad del corazón, sirviéndose de la intuición para entender el mensaje oculto de todas las cosas.
Dicen los que lo han experimentado que llega un día en que sufrimos una repentina revolución interior, un cambio de clímax dentro de nuestra conciencia y percepción, un despertar más allá de títulos, posesiones, roles y estadísticas. Es el día en el que descubrimos al gran impostor, a eso que llaman «ego» y que pretendía suplantar la identidad verdadera. Ese día, al parecer, descubrimos que no tenemos enemigos, que nadie nos puede dañar y que la pérdida o la ganancia solo son impostores en nuestras vidas. Ese día en el que podemos abrazar al otro independientemente de su grado o condición, de su riqueza o su pobreza, y tratarlo como igual. Ese día en el que nos abrazamos también a nosotros mismos, en la gran reconciliación, amándonos y aceptándonos, devolviendo a la vida reverentemente todo aquello que nos ha entregado. El día de la gran comunión con el nosotros y con el ellos.
Ese día se conoce como la gran revelación, y también como la gran renuncia, porque renunciamos al «ego» y sus dualidades y lo abrazamos haciéndolo nuestro. Es descrita en los evangelios con la parábola del rico y el camello. Uno puede ser rico o pobre, pero puede ser libre de ambas condiciones y abrazar igualmente el reino del Ser, entendiendo la riqueza -o la pobreza- como todo aquello que nos ata o nos reprime.
Pero ciertamente no necesitamos ninguna gran revelación para llegar a similares conclusiones. Quizás la verdadera gran revelación sea la de poseer tan solo una actitud humilde ante las cosas de la vida, ante las personas que nos rodean. Ese popular reino que clama en boca de todos pero parchea nuestros actos diarios, se encuentra en todas partes, especialmente en las pequeñas cosas. En esas personas que nos enseñan, que nos empujan hacia delante, que nos brindan una visión diferente del mundo. En esos amaneceres que nos conmueven si estamos alertas. En ese niño al que le brillan los ojos con nuestras bromas. Cuando renunciamos al pequeño vehículo, al “yo”, y nos convertimos en “ser”, resulta fácil entender la vida desde su simpleza, sin agorritmos matemáticos, sin extrañas experiencias o difíciles estudios, siendo yo y ser al mismo tiempo, siendo… En la simpleza de las cosas lo vemos todo, como hacía Jesús cuando nos hablaba con parábolas sencillas pero cargadas de profundidad mientras paseaba en noches oscuras con prostitutas y ladrones.

Bonito fin de semana.
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