No puedo sentirme hijo de ninguna nación. Me siento libre. Libre de despedirme, de saludar a unos y a otros, de abrazar cualquier color, ideología o cultura extraña. Libre de andar por aquí o por allá sin prejuicios sobre el qué dirán o el qué pensarán si hablo diferente o pienso diametralmente distinto. Nunca me importó en exceso mirar unos ojos verdes o azules, diamantinos o teñidos de carbón. Soy consciente de que la sangre que corre por el norte es idéntica a la del sur, de un intenso rojo, que es el color de la tierra cargado de vida y luz.
Por eso el agua del Sahara me sabe igual que la de Atlanta o Tokio. Soy capaz de comer lechugas cultivadas en alguna huerta murciana o en un jardín árabe. El que me la ofrece es mi hermano, y aunque no sepa distinguir un brezo asiático de otro americano, miro con igual admiración al que lo cultivó y cuidó en su vegetal vida.
Cuando me preguntan de donde soy siempre digo que del mundo y cuando me preguntan hacia donde voy siempre contesto que a las estrellas, único lugar que me resultará apacible cuando abandone la nave Tierra. ¿Y si me preguntan quién soy? Entonces les digo que un hombre libre, y a veces, de buenas costumbres.
Por eso no puedo creer en naciones, ni estados, ni constituciones ni papeles que me diferencien del otro que tiene mi misma sangre y mi misma esencia estelar. No podría excluir a unos e integrar a otros, no podría dividir entre los que tienen o no tienen papeles, entre los que pueden y no pueden recibir asistencia médica, o entre los que hablan una u otra lengua, o practican una u otra religión. Aún no se abolió del todo el esclavismo, lo vemos todos los días en las caras de aquellos que trabajan doce horas frente a una máquina y de aquellos que no tienen permiso para hacerlo.
Me dan claustrofobia las banderas y las patrias, y los abanderados y los patriotas por igual, aunque los amo, porque también ellos son mis hermanos que lloran lágrimas iguales a las mías y sangran de color rojo, como la tierra mezclada con la vida, con la luz, con el sol. Pero no creo en esos cuentos que nos dividen o que eternizan nuestra condición animal expulsando de nosotros el verdadero sentimiento progresista de ser humanos.

Dentro de nosotros,bien adentro,nace la aventura de la libertad. En el choque con lo exterior siempre perdemos parcelas de libertad.
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Esto sí que es POESÍA ! Un abrazo grande,grande
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