Después de la merecida siesta fui a recoger al incondicional Carlos al Paseo de la Castellana para que me ayudara con la mudanza. Cuando llegamos a Malasaña, J., el antiguo inquilino, aun le quedaban algunos viajes para recoger sus cosas. Le ayudamos entre viaje y viaje a cargar la furgoneta mientras colocábamos mis pocas cosas en la «habitación». Nuestra primera cena ha sido magdalenas con chocolate. Carlos se fue satisfecho por haber podido ayudarme y ser testigo del tránsito y yo me quedaba solo y algo estupefacto por las terribles condiciones del lugar, especialmente por la suciedad y el caos «estético». Me puse a limpiar y tirar cosas como cadáveres de animales diversos troceados y almacenados en la muy sucia nevera. La «cocina» he preferido dejarla para mañana, no sin antes ir al bazar chino de la calle el Pez para comprar dos vasos, algún cubierto y muchas cosas para limpiar. Aunque no debería ser mi obligación, mañana compraré botes de pintura y pintaré todas las paredes. Prefiero hacer esta pequeña inversión en tiempo y dinero con tal de que este lugar sea lo más parecido a un sitio habitable. Para disimular un cierto aire hogareño he puesto sabanas limpias de franela, he sacado algún libro del maestro Tibetano y he colgado en una de las sucias paredes el cuadro sobre el árbol de la vida que amorosamente me regalaron las amigas de BK. En fin, estoy convencido de que en un par de semanas de duro esfuerzo el dueño no va a reconocer este lugar y yo me voy a sentir como en casa.
A pesar de todo, me siento feliz y a la espera de lo milagroso… Aunque estos tres últimos días no han tenido desperdicio. Ahora toca volver a empezar con prudencia y humildad, con trasparencia, constancia y alegría. Y lo demás, cuando tenga que llegar, inevitablemente llegará…

Un abrazo desde el sur.
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Un abrazo desde los madriles…
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