La sonrisa del bosque: regalo de magos


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«No permitas que tus heridas te transformen en lo que no eres» (P. Coelho).

‎»No amo menos al hombre, sino mas a la naturaleza» (Lord Byron).

(Intromisión: Siempre hay un lenguaje oculto en todas las cosas. Y si te deslizas atento por la vida puedes descubrir los misterios de dicho lenguaje. Hoy quería deslizarme mientras el bosque hablaba su propia lengua).

Si dejas deslizar la bicicleta por la calle del Pez atravesando San Bernardo y la Plaza España puedes llegar hasta un lugar encantado sin pedalear ni una sola vez y en menos de cinco minutos. Madrid hechiza por esas cosas. Y hoy, mientras todo el mundo se afanaba buscando regalos y cosas, yo quería darme un homenaje y autoregalarme un paseo por la Casa de Campo, antiguo lugar frecuentado por reyes y nobleza y ahora de patrimonio comunal.

El paseo, casi infinito por bosques y bajos montes me ha sorprendido. ¿Estar en un denso bosque a menos de cinco minutos del mismo corazón de Madrid? Había ido alguna vez a la Casa de Campo, pero siempre en coche y al típico lago donde van todas las parejas enamoradas (o no) a contar sus cosas. Así que ha sido un descubrimiento grato ver como ese trozo de inmenso verde se mostraba generoso con el despistado aventurero que abrazaba con la mirada a cada árbol y a cada trozo de vida que allí brotaba.

Mientras el frío viento de invierno redoblaba mis canillas, observaba todo cuanto me rodeaba. Había gente paseando a pesar del frío. Algunos con sus perros, otros almas solitarias, pensantes, introvertidas, una anciana mujer de profunda mirada que se detuvo para saludarme con una sonrisa inolvidable, otros pegados a la telepantalla de sus móviles, obviando toda la maravilla del bosque, no solo del visible, sino también de ese otro bosque invisible que se alza con sus raíces hasta la infinitud de la tierra húmeda. Ignoran el calor que brota de la tierra y el aliento que brota de las ramas secas. No pueden ver al asustadizo conejillo ni a ese pájaro pernoctante que atraviesa silencioso por sobre sus cabezas. Pero no importaba, para mí también formaban parte del paisaje, y amaba por igual sus vidas.

Y luego el sol, que en invierno parece tímido, limitado, taciturno, y eso nos permite mirarlo más fijamente, con menos aprensión, con más candidez. Dibujaba sonrisas con sus sombras aladas, y bellas canciones mecidas por el viento viajero. Había tanta vida, que tras pasar el umbral de la primera media hora terrible en bici, esa que es la que rompe con la barrera de la oxidación y la pereza, parecía ser uno con el bosque. Un bosque animado, lleno de alma, porque el alma no es otra cosa que aquello que mece en su profundidad todo el sentido de la existencia. Y tenía sentido que la tarde de magos (lo de reyes lo dejo para los monárquicos), un hombre solo, cargado de ignorancia pero lleno de  atrevimiento y respeto por todo lo que veía y sentía, quisiera abrazar al bosque. Ese fue mi regalo y mi entrega, y ese fue el don que la naturaleza quiso ofrecer.

Pd. Cuando mañana me pregunten qué me han regalado los reyes magos, diré: un bosque.

(Foto: en una parte del paseo, al fondo, divisé unas inconexas letras. Cuando me acerqué me sonrieron y me sentí feliz por el hallazgo. La palabra sigue siendo generosa, incluso en esos recovecos de perdida memoria. Menudo regalazo de reyes).

3 respuestas a «La sonrisa del bosque: regalo de magos»

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