Cuando lo oculto es revelado


luz

«Lo que embellece al desierto es que en alguna parte esconde un pozo de agua«.
Antoine de Saint-Exupery (1900-1944)

Todos los árboles son capaces de dar su propio fruto. No importa si somos árboles gigantes que soportan en mitad de una sabana una torrencial lluvia de relámpagos, o somos un minúsculo ciprés perdido en algún campo santo, esperando el día de poder evangelizar con su esbelta figura la sombra de los que riegan con su exhalación la tierra cálida y húmeda.

Las semillas, aunque pequeñas, contienen mucho. No todas llegan a crecer, no todas germinan como es debido, a veces por falta de agua, de calor o de luz. La tierra siempre las acoge porque ellas tienen un poderoso propósito, una misión que cumplir.

Ayer hacía frío y hoy hacía melancolía. El frío fue soportado en una cafetería primero con C. Tomamos un chocolate caliente en una acalorada charla. Me hizo un regalo bonito, una de esas carpetas donde la gente importante guardar documentos importantes. No soy importante y el único documento importante que tengo es una carta de reyes que recibí hace unos días. Alguien buscaba trabajo y nos envió una original carta de reyes. Amo la originalidad, y por eso me parece importante ese trozo  de papel.

También un termómetro eléctrico. Cuando abrí la cajita esperando la típica pluma y vi el termómetro me llené de sorpresa. ¿Será que estoy muy frío o muy caliente y debo controlar mi temperatura interior? Lo pensé durante largo rato, porque la vida siempre nos revela cosas extrañas para que pensemos en ellas, como si fueran señales o indicadores. Un termómetro debía ser alguna señal de algo. O en todo caso, C. es original siempre, y por eso resulta un amigo importante.

Hubo más calor por la noche en un lujoso apartamento sito en la calle San Bernardo. No es que le de importancia a las cosas lujosas, pero ese apartamento me gustó especialmente, quizás por su luz o por sus techos altos, ambas cosas que ahora no tengo y en cierta forma echo en falta. A. me invitó a cenar un jugoso plato gallego que ella misma preparó. Me regaló en la cena un imponente rubí africano, aún en bruto, pero, según me contaba, con mucho valor. Así que doble sorpresa, porque nunca me habían regalado un termómetro ni un rubí africano. La charla con A. fue amena, cálida e increíble. Su vida y experiencia vital es para escribir el guión de una buena película. A media noche en punto me marché corriendo, antes de que la carroza se convirtiera en calabaza y volví a tiempo para dar un divertido paseo por las estrellas. Dos horas de intensa risa en el mundo mágico. Es cierto que sin techos altos ni luz, pero sí con un rubí africano, un termómetro y unas grandes risas. De lujo.

Dormí seis horas y temprano estábamos desayunando en el barrio Salamanca. Me puse la ropa adecuada para entrar al lugar adecuado donde había personalidades conocidas como el expresidente Zaplana, muy bien trajeado, y periodistas de renombre. Buscamos un rincón tranquilo para tratar un tema serio, de esos a los que hay que tratar con pantalones de pinza y cierto refinamiento. Mañana intensa, muy intensa, y con muy buena y exquisita compañía. Al terminar la reunión nos fuimos corriendo a comer una riquísima pizza de bolets en la Mucca donde A. seguía explicándome con emoción su vida en la África Austral. La escuchaba con atención y cierta admiración, hasta que llegó la hora y me marché otra vez corriendo porque un rato más tarde teníamos una mini presentación de un libro.

Llegué puntual, a las ocho en punto, de nuevo al barrio de Salamanca. Allí participé en una divertida sesión de Toastmasters International, una organización mundial de comunicación y liderazgo donde he conocido a gente interesante que se esfuerza de forma altruista para mejorar la oratoria y las técnicas de comunicación. Me han dejado decir algunas palabras: “comunicar es compartir”. No quería decir más, no podía añadir más.

Comunicar es compartir resume todo lo que hacemos durante nuestra vida, cada uno de nuestros días, como la semilla de un árbol que crece y se hace majestuosa, como el pajarillo que se posa en sus ramas para comer de sus frutos, como el viento que mece el alarido esparciendo el polen que entrega a la vida, y esta a la tierra, y esta al agua y esta a la luz y esta al hombre que alza su mano para empezar un nuevo ciclo.

Ayer hacía frío y hoy hacía melancolía. No cuando corría de un lado para otro recogiendo frutos para luego compartirlos, sino cuando he parado un momento y he visto mis manos llenas y el corazón abierto y la vida revelando en lo oculto cada uno de sus secretos y la soledad del santuario que acoge el sacrificio. Pero el frío se llenó de calor y la soledad de vida y todo volvió al cauce la vida, que no se detiene. Y todo el desierto estaba embellecido porque en todas partes hay pozos de agua. Si miramos con atención, la vida nos llena de abundancias.

Una respuesta a «»

Deja un comentario