
«Uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente la oscuridad» Carl Jung
Desde los tiempos de Carl Jung, padre de la psicología analítica, se ha escrito mucho sobre el arquetipo de la sombra, sobre ese lado oscuro de nuestra personalidad que de alguna u otra forma, todos poseemos. En muchas terapias actuales se nos habla insistentemente de la sombra, de nuestro lado oscuro. Normalmente como aquella parte tabú que todo ser posee, de la que somos incapaces de ver y que solo desde una sincera y objetiva mirada ajena, podemos acceder a ella. A veces resulta sanador encontrar a personas honestas, ya sean terapeutas o amigos sinceros, que nos hablan directamente de la misma, sin tapujos, sin miedos. También resulta sanador estar abiertos a la escucha, a que el otro nos hable tranquilamente de esa zona que a nadie gusta y que muchas veces no deseamos reconocer.
Sin embargo, resulta paradójico que no sepamos ir más allá de nuestros propios defectos, ni enfrentarnos a las causas de aquello que a veces ennegrece nuestras vidas. Toda sombra está producida por un obstáculo que la provoca. Cuando alguien nos dice que somos un ser oscuro, que tenemos rabia, rencor, egoísmo, narcisismo, vicio, o cualquier otra cosa que de cara al mundo virtuoso no sea algo agradable, debemos preguntarnos, -más allá de la ley del espejo donde el otro muchas veces solo ve en nosotros lo que tiene dentro, incluso magnificado-, qué es aquello que produce que en nuestro interior existan esas cosas.
El obstáculo que produce nuestras sombras a veces son cosas que quedaron encalladas en nuestra más tierna infancia. Algo que ahora en la edad adulta pueda ser nimio pero que cuando se estaba gestando en nosotros las emociones y los primeros racionamientos, pudo provocar una auténtica catástrofe interior. La muerte de un ser querido, la ofensa de alguien al que apreciamos, algún tipo de injusticia tan típica en los juegos infantiles, algo que quedó enquistado en nuestra psique y que, con el paso del tiempo, se volvió un auténtico obstáculo en nuestras vidas.
En ocasiones solo desde experiencias traumáticas podemos despertar no al análisis absorto de nuestra sombra, sino a la realidad de ese obstáculo que no podíamos ver. Aquello que se interponía entre nuestra luz virtuosa y nuestro ser esencial. Aquello que estaba ahí pero no podíamos ver, porque lo único que intuíamos era la presencia de la sombra, de la oscuridad, de la penumbra en nosotros, pero sin poder observar aquello que lo provocaba.
Estos meses de retiro obligado hemos tenido la oportunidad de darnos cuenta de cuantos obstáculos impiden que avancemos en nuestras vidas. Ya no analizando nuestras sombras, sino aquellos obstáculos persistentes que las provocan. ¿Por qué tenemos rabia? ¿Qué es aquello que nos la produce? ¿Por qué ese empeño de culpar al otro, o a lo otro, de todo aquello que nos pasa? ¿De dónde surgen nuestros recelos, nuestra ira, nuestros miedos, nuestra sensación de pensar que los otros nos van a fallar, cuando somos nosotros los que siempre elevamos excesivamente nuestras perspectivas sobre ellos? Si miramos al otro con honestidad, sin juicio, podremos ver maravillas de seres humanos en cada una de las personas que pasan por nuestras vidas. Si aceptamos que todas sus sombras son provocadas por algún obstáculo, por algo que entorpece que la luz llegue directamente a su vida, podremos amar siempre incondicionalmente, sin juicio, sin maldad, sin falsedad.
Cuando se llega a cierta paz interior, cuando uno descubre no ya sus sombras, sino los obstáculos que la provocan, deja de culpar al mundo, a los otros, de todo aquello que nos ocurre. Es entonces cuando, de forma inteligente y asertiva, empezamos a modular nuestra conducta, nuestra interpretación de las cosas, nuestra forma de afrontar la vida. Dejamos de tener expectativas, dejamos de culpar al otro de nuestros fracasos, dejamos de ver en aquel que nos ha mostrado nuestras sombras como a un enemigo a batir. Vivir en la luz perpetua es simplemente apartar de nuestras vidas los obstáculos pasados y presentes que no dejan penetrar lo verdadero. La vida está llena de obstáculos, conscientes e inconscientes, pero al tener presente esta máxima, esta realidad, podemos andar por ella con más cuidado, con más atención, con mayor tacto, y de paso, ir sanando por dentro, como un árbol que va creciendo reparando sus heridas.
Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

