¿Y si volviéramos a empezar?


 

© Gavin Dunbar
© Gavin Dunbar

 

Estoy rozando los cincuenta y puedo decir que a nivel personal, he logrado casi todos los éxitos que me había marcado en la adolescencia. Podría pensar que ya estoy disfrutando de una pronta jubilación y que estoy haciendo acopio de todo lo sembrado. Es cierto que uno siempre puede aspirar a más, pero a veces, lo inteligente es aspirar a menos. Para algunos esto podría ser síntoma de fracaso, o de fin de trayecto. Sin embargo, para mí es como volver a empezar desde otra base, desde otra ética, desde otra posición privilegiada, desde una generosidad diferente.

Leía hoy a alguien que decía que “hay que hacer buenos amigos, mantenerlos por el resto de la vida, y que sean personas a las que admiras y te agradan «. Esta mañana salía temprano de casa de una amiga que me agrada y a la que admiro profundamente. Es una de esas personas originales, difíciles de encontrar y más difícil aún de conocer. Tuve la suerte de poder entrar en su vida de forma sigilosa y admirar toda su existencia. Exteriormente pocos pueden entender su forma de vida, pero como decía, siento una profunda admiración por lo que es y representa.

Antes de coger la moto y volver a mi pequeño paraíso por la mañana temprano le mostraba con una sonrisa abierta ese agradecimiento. Me hizo una bonita foto junto al vehículo, una foto que no se puede mostrar por su incalculable valor, pero que representaba de alguna manera el amanecer brillante de esa sensación de que siempre se puede volver a empezar. Hacía seis grados de temperatura en todo el trayecto de casi cien kilómetros de un lado a otro, pero disfrutaba alegre de las vistas, de la niebla junto al río Miño y de los frondosos bosques que rodeaban todo el recorrido.

Esta semana es motivadora. Cuando hueles a septiembre, inevitablemente las neuronas se conjugan para retraerte a esos inicios de clase, a esa aventura de volver a empezar un ciclo con nuevos amigos, con nuevos relatos, con nuevas aventuras. Son momentos de contar como nos ha ido el verano, qué hicimos y cuales fueron los amores que vinieron y se fueron. Es tiempo de cierta nostalgia pero también es tiempo de volver a empezar.

Y uno puede empezar de nuevo a los cincuenta o a los sesenta o a los setenta o incluso a los ochenta. Siempre que se tenga ganas y motivación uno puede transmitir de nuevo ese entusiasmo por la vida. Debo admitir que durante unas semanas he tenido dudas sobre casi todo. Sentía cierta nostalgia y ganas de descansar de todos los avatares. Pero de repente, empiezan las campanadas de septiembre y uno se reactiva, se llena de vida y vigor, se expande interiormente. Es algo propio del otoño. Una especie de energía extra que nos prepara pacientemente para soportar el largo y frío invierno.

Uno se va haciendo mayor, y los amigos cada vez van siendo menos. Pero observo que los que quedan son verdaderos, y además, observo con cierta alegría interior que los que hay me agradan y admiro. Aprendo de ellos, son mejores que yo y por lo tanto siempre una fuente de aprendizaje. Me enseñan a ser pacientes, a ser austero, algo más social y amable. Me enseñan a bucear en la vida sencilla o a amar con pasión aquello que hago. También a hacer las cosas bien, aún a pesar de que uno siempre se equivoca. Me enseñan a ser mejor persona y a ver en la vida un verdadero significado profundo. Me enseñan a mirar desde mi ventana el misterio que rodea todo lo que vivimos y acontece. Ese misterio me recuerda que hoy puede ser un buen día para caminar de nuevo.

Sí, mañana es septiembre queridos. Así que quizás pueda ser un buen momento para volver a empezar. No importa la edad, no importa hacia dónde dirijamos nuestros pasos. Volver a empezar es la esperanza sobre el mañana, la alegría conmovedora de sentirnos vivos, la admiración secreta por la vida. No perdamos tiempo, aún podemos volver a empezar, aún podemos sentir el viento gélido en nuestro rostro mientras surcamos las nuevas veredas.

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Leer o visualizar, escribir o grabar, esta es la cuestión. La agonía de la creación


La ‘Agonía de la creación’ ,de Leonid Pasternak

Resulta difícil seducir y emocionar desde la palabra. Me refiero, claro, a la palabra escrita, tan denostada, apartada y arrinconada en este mundo de los massmedia tecnológicos. Estamos en la era de la imagen y el sonido, del video, del youtuber que gana más dinero que el más afamado de los escritores (un dato: con más de 800 millones de reproducciones se dice que Elrubius cobra unos 2,5 millones de euros al año, lo que se traduciría en más de 208.333 euros al mes, 6.900 euros al día o 290 euros la hora). Leer ya no se lleva. Ahora se lleva “visualizar”. Las nuevas generaciones han nacido con la «maquinita» en la mano y están acostumbrados a cautivar desde la imagen y el sonido. Los youtuber, la mayoría, no dicen nada que sea especial o profundo, pero como vivimos en el mundo de la ilusión, se han convertido en ilusionistas, en magos, en auténticos hipnotizadores capaces de mantenerte entretenido durante unos minutos al día para que disfrutes de lo absurdo de aquello que se llama perder el tiempo, arrinconar la vida, perderse la existencia.

Los videos se han convertido en el pan nuestro de cada día. Si antes no podíamos dejar pasar un día sin leer alguna página de un libro, ahora no podemos pasar un día sin ver un video. Realmente las cosas no han cambiado mucho. Antes los libros eran la forma de entretener, normalmente, contando cuentos o mentiras imaginadas en la mente del escritor. Me refiero aquí, por supuesto, a las novelas, pura idolatría descontextualizada del mundo del entretenimiento en los tiempos donde la televisión era escasa y uno tenía que imaginar mundos a base de narrativas. Ahora los mundos se dibujan con imágenes y sonidos que demuestran que ya estamos en otra era, y que el libro, artilugio anticuado donde los haya, se está convirtiendo en un saurio del saber. Estamos ante la agonía de la creación, al menos de esa creación lúcida y viva que pretendía dotar al ser humano de mucha más vida que la abarcable en lo cotidiano.

Cuando en la extinción masiva del Cretácico-Terciario desaparecieron la mayoría de los dinosaurios, las aves sobrevivieron y siguieron con el linaje de los lagartos terribles de aquella época. Los youtubers de ahora son como los supervivientes en la extinción del mundo primitivo de los libros. Una nueva era reptiliana donde lo importante es adormecer las mentes, no iluminarlas. 

Como en todo, hay youtubers buenos y otros mediocres. Los que más éxito tienen, en su mayoría, son los segundos. Esto tiene que ver con el principio hermético de correspondencia. Un mundo mediocre solo puede atraer a sí mismo éxitos mediocres. Una persona que se pasa todo el día fantaseando sobre videojuegos se convierte en una estrella de actualidad. Como los futbolistas en su día, pobres, destronados y agazapados a la tercera división del éxito. El pan y circo evoluciona, ley de vida. Los intelectuales españoles del siglo XIX se quejaban con su «pan y toros». Luego vino el «pan y fútbol» y ahora algo de «pan e internet» para todos. Sigamos, por si acaso, denunciando el circo de antaño, no por creernos o sabernos más intelectuales que nadie, sino por pura supervivencia de una especie que parece ya agotada.

¿Qué pintan entonces aquí los escritores? Hubo un pequeño lapsus de tiempo en el que autoeditar un libro se puso de moda. De repente todo el mundo era escritor, aunque su obra fuera igual de mediocre que el mundo circundante. Luego vino aquello de ser bloguero, algo nuevo, que era guay, molaba. Más tarde nacieron los tuiteros, luego los ególatras de Instagram… Pero hoy día, si no eres un youtuber, realmente no eres nadie. Lo de estar en Facebook quedó desfasado, solo acto para abuelitas aburridas que aún no se atreven con la grabación. Igual que lo de tener un blog como este que nació allá por el 2008. Una auténtica antigualla de museo. O Twitter… ¿quién mira hoy día esa caja de grillos maleducada y ruidosa?

¡Videos! ¡La gente ahora quiere videos! De uno o dos minutos mejor, pero que digan mucho, o que por lo menos nos entretengan mucho. ¡Videos, más videos! Diría Goethe si muriera en este tiempo… Esa es la triste luz de nuestra era. Ese es el preludio del fin de nuestra mente libre e inteligente, crítica y amante de la verdad. ¡Ilusión, más ilusión! ¡Mentiras, no importan cuan grandes, con tal de estar entretenidos! Y aún está por llegar lo más increíble e importante de este nuevo siglo: la inteligencia artificial de la mano de la robótica que gritará agónica ¡maya, todo es maya! Veremos qué da de sí esa revolución tecnológica y cuánto quedará para nuestra pronta extinción. Goethe, por favor, vuelve… ¡luz, más luz!

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Imaginar utopías nos mantiene a salvo


Esta foto es muy significativa… estamos celebrando la puesta en marcha de la primera cabaña comunitaria, la cabaña que ahora habito unos años más tarde… ¡pero aún hay tanto por hacer!

Creo que escribir todos los días conviene. Yo mismo no cumplo con ese precepto. Soy muy haragán, pero creo que uno debe hacerlo. Además, Eliot decía que un poeta debe escribir muchas páginas que sólo sean versos, y no de poemas, porque tiene que estar listo para la eventual llegada de la musa o de la inspiración. En cambio, si no está entrenado, digamos, cuando llega el momento puede ser indigno de esa alta visita. (Jorge Luis Borges)

Caminaba por los prados. Observaba los árboles uno a uno. Algún día me gustaría catalogarlos, pero hay cientos. Abedules, castaños y robles son los que más abundan, pero entre ellos se encuentra alguna rareza. Y habría que añadir a la lista los frutales que hemos ido sembrando a lo largo de estos años. También me encanta descubrir esas rocas blancas redondas que hay por todas partes. Algunas las recojo y las amontono en el círculo de la entrada. Las más bonitas tienen siempre cierto protagonismo. Los pájaros también son cientos y aún no logro distinguir las múltiples especies. En la ciudad solo había dos o tres pájaros muy definidos: gorriones y palomas. Luego llegaron las cotorras para dar un poco de vida a tan pobre variedad. Pero en los bosques todo es diferente. No es de extrañar que este lugar tan virgen esté plagado de incluso algunos que no se dejan ver. Contar los múltiples elementales también sería una buena forma de proteger el mundo intangible, pero para eso hay que tener una cierta sensibilidad de la que es mejor no hablar. Hay algunas formas de vida que es mejor proteger de la curiosidad del extraño o el curioso.

Aparentemente el lugar podría ser otro cualquiera si no fuera porque para algunos “no hay tal lugar”. Una utopía es un lugar que no existe, y para muchos de vosotros este sitio no es más que un puñado de árboles, prados, piedras y pajarillos que van y vienen ignorando qué es lo que aquí se cuece. Me tocó ser guardián del lugar y del “no lugar”. El “no lugar” es la utopía que se encierra en estas casi cuatro hectáreas. Hay un ideario, una promesa, una esperanza. No se trata de catalogar los árboles, sembrar algo en la huerta y pasar el rato. Se trata de escribir todos los días una posibilidad, una alternativa, una especie de eventual inspiración que pueda servir a otros para modificar algo de su visión. Escribir un boceto de piedra, árboles y promesas es algo complejo. A veces desesperante, pero siempre motivante. Es esa causa mayor a la que uno aspira cuando ha logrado mantener su vida material satisfecha. Cuando eso ocurre, siempre se abre el vasto campo de la experiencia espiritual con todas sus consecuencias. Y materialmente me siento pleno porque cada día necesito menos.

Al igual que los virus se contagian, aquí intentamos contagiar esperanza, utopía. La gente viene y va, ahora solo bajo invitación, en silencio y siempre y cuando sean amigos de estrecha confianza. Al menos será así hasta la próxima primavera. Luego habrá que aventurarse a abrir de nuevos las puertas a lo desconocido y ver qué pasa. Todo dependerá de la evolución del «bichillo». Debo, como guardián, escribir todos los días y apuntalar en letras lo que va ocurriendo mientras ese día llega. Hay que dejar una memoria escrita, algo que pueda servir para disparar la imaginación, para ensanchar el pensamiento, para ensamblar conductas en la nueva programación humana. Esto es un requerimiento antropológico, pero también artístico.

Hay que estar preparado para todo lo que pueda ocurrir. Escribir ayuda a dosificar las ideas, las experiencias, las promesas. Los amigos que se acercan entienden el proyecto, lo dulcifican y lo hacen más agradable con su presencia. Pero luego habrá que abrir las puertas de nuevo a lo desconocido, que, a su vez, permitirá hacer crecer las redes de amistad, fortalecer los lazos místicos que aún quedan por reencontrar y apuntalar el nuevo mundo que está preñado de esperanza.

En todo caso, imaginar utopías nos mantiene a salvo de la desidia, de la desazón, del desconsuelo. Las utopías son necesarias, especialmente en estos tiempos de derrumbe, de incertidumbre, de miedo. Las utopías, aún con sus fracasos arraigados dentro de su propia existencia, requieren cuidarse, mimarse, expandirse. El ser humano no podría vivir sin la promesa de tiempos mejores, de lugares mejores, de personas mejores. Sí, necesitamos las utopías, y a los poetas, y a los escritores, que son los que dibujan el mañana de nuestro espíritu humano, el cielo en la tierra, la esperanza de un mundo siempre mejor. Así que debo seguir escribiendo, y ser digno, si llegara, de tan noble visita. Sí, la inspiración, que viene de la parte arquetípica de nuestras vidas, del ser esencial, de la chispa original.

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Ver como el mundo se derrumba también puede ser un acto de amor


© Ready Rey
© Ready Rey

Volverás a levantar viejas ruinas, cimientos desolados por generaciones; te llamarán reparador de brechas, repoblador de lugares ruinosos. Isaías 58:12

En la trimurti de la mitología hinduista, Brahma es el dios que se ocupa de crear el universo, Visnú el que lo preserva y Shiva el que lo destruye. Representan los ciclos de creación, conservación y destrucción del universo, los cuales podemos ver constantemente en nuestras vidas y en los ciclos de la naturaleza. Pareciera que en estos momentos el aliento de Shiva estuviera golpeando el viejo mundo, destruyendo sus viejas formas a golpe de damaru, como si ya hubiera llegado el fin de este tiempo.

Si esto fuera así, si el viejo mundo ya estuviera destruyéndose, quizás poco a poco, quizás paso a paso, no deberíamos de ninguna forma aferrarnos al mismo. De hacerlo, nosotros seríamos engullidos, absorbidos por su fuerza destructora y centrífuga.

Ver como el mundo se derrumba también puede ser un acto de amor. Especialmente porque tocará aprender a desapegarnos de las viejas formas, de las primitivas instituciones, de la antigua moral. Deberemos observar como aquello que cae servirá de abono inevitable para lo nuevo. En el caldo de cultivo que se genera en la podredumbre del mundo, de lo añejo, nacen los componentes, el compost ideal para crear lo nuevo. En el hedor y la fermentación del pasado renace la vida de nuevo.

Esta vida se manifiesta irremediablemente. Pero también la muerte y la destrucción. La expiración que acontece en el final de los tiempos tiene que ver con el ciclo de la savia que sobrevive al derrumbe, de la semilla que aguarda en el frío invierno para erguirse triunfante en la primavera. Siendo así, ¿para qué aferrarnos a lo antiguo? Empujemos. Empujemos una y otra vez para ayudar a su desmorone. Sobre la ruina del viejo mundo se construirá la nueva casa.

Quisimos por eso buscar una ruina que ejemplarizara lo viejo destruido. Quisimos también demostrar que es posible reconstruir sobre lo antiguo, y que, además, se puede indicar desde allí el camino hacia lo nuevo. Disfrutamos de la reconstrucción como lo hacía aquel San Francisco de Asís. Un mundo en ruinas para construir un mundo nuevo. Por eso, insisto, ver como el mundo se derrumba, también puede ser un acto de amor. Algo nuevo florecerá cuando todo haya terminado. ¡Vida, más vida! ¡Aunque duela!

 

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Hagámoslo… Cerremos los ojos, y ya verás que todo cambia


© Yalçın Varnalı

A veces merece la pena cerrar los ojos profundamente. No ver, inmiscuirse en la nada, bajar las palpitaciones al mínimo, observar lo inobservable, profundizar en el silencio, en la oscuridad, en la inmediatez, en el suspiro. Al hacerlo, hay algo de nosotros que se anula, que desaparece, que deja paso. Cuando dejamos de ser «yo», cuando apartamos nuestros condicionantes, nuestros miedos, nuestras manías, nuestros apegos, nuestros deseos, nuestras creencias, nuestros anhelos, nuestras fantasías y nuestras exigencias, ocurre algo diferente, algo que no nos pertenece. Es como si de alguna manera dejáramos actuar una parte de nosotros que siempre está encerrada y encapsulada y mancilla entre nuestra lista interminable de cosas que nos amarran a nuestra siempre limitada y ensoberbecida realidad.

Digamos, si fuéramos magos o algo parecido, que al cerrar los ojos de forma sincera y silenciar nuestro pequeño yo, se manifiesta nuestra parte más noble y profunda. O como diría aquel, se manifiesta ese reguero de universo que nos pertenece y que, por múltiples mutilaciones, no dejamos expresarse.

Y ocurre, sí que ocurre. Ocurre algo porque de repente todo cambia. Los escenarios cambian, los personajes cambian, el ánimo cambia, cambia la alegría, el entusiasmo, el poder que uno mismo siente ante los acontecimientos. Cambia todo, y al hacerlo, se dibuja un nuevo paisaje, una nueva oportunidad, un volver a empezar.

Claro, es normal, diríamos. Se apaga el ruido y se cierra el reflujo egoico para dejar que el propio logos se manifieste a sus anchas, con sus mensajes, con sus propias normas y caminos, con sus propios requisitos para engrandecer nuestra vasta experiencia humana. Ya no somos nosotros el timonel, sino algo que tiene mayor sabiduría, mayor visión de las múltiples realidades, mayor amparo ante las inexplicables leyes universales.

La premisa es fácil, aparentemente. Buscar un lugar tranquilo, cerrar los ojos, respirar profundamente, acallar la mente, las emociones, los deseos, las fantasías, los humos, los ánimos y desánimos, y entrar, ante la estrecha puerta de la iniciación diaria, en ese necesario punto de quietud, en esa pequeña brecha abismal. Alejarnos de nosotros mismos, o mejor dicho, de la mediocre imagen que tenemos de nosotros mismos, para que entre nuestra vida expansiva, nuestra realidad múltiple, nuestra belleza más prístina, nuestro propio hierofante.

¿Por qué siempre limitar nuestras vidas a ese escenario igual de limitado que nace de nuestra limitada capacidad de imaginar? Creemos que somos esto u aquello, que hemos nacido aquí o allá, que somos así o asá y que deberíamos aspirar a eso u otrora, a lo siguiente. Siempre limitando nuestras vidas con nuestras creencias sobre nosotros mismos, como si fuéramos un mero chiste, un reducto, una sombra melancólica que deambula sin exceso de motivaciones. Obviamos siempre que la vida es esotérica, misteriosa, y por lo tanto, oculta dentro de sí cosas que aún no somos capaces ni de imaginar. O mejor dicho, cosas a las que no dejamos expresar.

¡Ay! Pero algo ocurre cuando cerramos los ojos y respiramos profundamente y contemplamos y meditamos y expandimos nuestras consciencias y empezamos a cabalgar en la ola de aquello de lo que no se puede hablar y empezamos a entender el lenguaje oculto, sus símbolos, sus arquetipos, sus señales. Atravesamos el círculo-no-se-pasa y dilatamos hasta casi la infinitud nuestra esfera lumínica. Y entonces el ser se convierte en no-ser y la nada en absoluto y nosotros, ¡ay nosotros!, en algo difícil de explicar, comprender, analizar, entender, vislumbrar, acertar, advertir, discernir…

Entonces… ¡hagámoslo! Cerremos ahora mismo los ojos y dejemos que nuestras vidas se transformen. No tengamos miedo al qué dirán o al qué ocurrirá. Dejemos que cada día traiga su propio sosiego, como diría aquel. Dejemos que cada día se manifiesta una versión diferente de nosotros, mejor o peor, no importa, pero diferente. Equivoquemos el paso entendiendo a la vez que no hay caminos errados, solo flojera para empezar a practicar sus sendas, para empezar a caminar, a correr, a embarrar nuestros pulidos y protegidos zapatos. ¡Embarrémonos!

¡Ay! Hagámoslo… Cerremos los ojos, y ya verás que todo cambia.

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De agua fría, llevo ya años mojado


© Andre Vroon

 

Llevo ya unos años mojado, así que no temo en exceso a la lluvia. Cuando llueve me gusta mirar por la ventana, observar el griterío de las hojas que caen, del viento azuzando las laderas, los troncos. Ver caer las ramas más frágiles y observar como se amontonan en rincones aparentemente aleatorios. Ocurren mil cosas a la vez cuando llueve. Hay que estar atento a todo. Especialmente a las goteras que puedan abrirse paso por algún craso despiste o simplemente, por falta de mantenimiento o vejez.

Hace tres días andaba corrigiendo un libro de próxima aparición. Trata sobre la magia blanca y su aplicación práctica en el camino del discipulado. Una cosa de locos, me refiero a una cosa de los que emprenden el Camino del Loco. Estaba leyendo algo sobre el conocimiento aleatorio y la intuición cuando de repente empezó a gotear casi justo encima de mi cabeza. Tenía dolor de espalda así que andaba recostado encima de la cama, trabajando en la horizontalidad. Lo bueno de no tener jefes ni horarios es que puedes organizar tu trabajo como quieras, inclusive tumbado. Miré hacia arriba y allí estaba, la promesa de una gran gotera que tímida se abría paso justo encima de la cama. Sentí extrañeza porque el tejado lo había construido hace unos años a prueba de bombas. Pero recordé que en verano estuvimos subiendo capazos de tierra para renovar la que se había desgastado en el techo verde con el paso del tiempo y algo debimos hacer mal. Quizás pisamos en exceso y se quebró alguna parte del mismo. A saber.

Puse un cacharro debajo de la gotera, me calcé las botas de agua, me puse el chubasquero, fui hasta el taller a por la escalera, busqué una pala y mientras el agua de la lluvia golpeaba en todo mi rostro, subí a las alturas. Recordé que estaba solo y que debía andar con cautela. Cualquier resbalón o descuido podía ser el final. Nadie se enteraría si resbalaba, me daba un golpe en la cabeza y caía al vacío. Despacio, bajo la lluvia, con las botas embarradas en el tejado de tierra, empecé a vaciar con paciencia el trozo donde la gotera había irrumpido. La tierra que en verano habíamos puesto, con la lluvia, hizo de tapón en las piedras finales del drenaje, y el agua se acumulaba en una de las partes. Retiré primero la tierra, luego las piedras del drenaje y alcé con cuidado las dos capas de aislante. Una de ellas estaba inundada. El agua había entrado, había corroído una de las capas y había calado hasta mi cabeza.

A la hora de estar dando palazos me sentí abatido. Bajé, me fui hasta la pequeña cocina de la cabaña y me hice una buena merienda. No paraba de llover y el ánimo andaba por los suelos. Me quité las botas, me sequé la cara con una toalla, dejé el chubasquero todo embarrado a buen recaudo y volví a tumbarme mientras veía como la gotera poco a poco iba remitiendo. Tardó unas horas en desaparecer. Antes de que lo hiciera, fui hasta la casa grande. Allí habían aparecido siete goteras más en el tejado nuevo. Era desesperante, porque esas goteras son difíciles de reparar, especialmente en un tejado recién puesto todo de pizarra. Y especialmente ante el pensamiento de que aún no había llegado el invierno ni la temporada de lluvias. Esta había sido una pequeña tormenta de verano y ya teníamos las primeras goteras. Predicción seguramente de que me espera un invierno movido y complicado. Volví a la cabaña, dejé la corrección del libro y me fui a dormir, separando la cama de la gotera por si la noche fuera especialmente lluviosa.

Al día siguiente llegó el nuevo termo eléctrico. La idea es ir sustituyendo los calentadores de agua que funcionan a gas por los eléctricos. Si viene el fin del mundo, al paso que vamos, seguramente muy pronto, debemos estar preparados y no depender de terceros. Al haber aumentado el doble la capacidad eléctrica de las placas solares, ahora podemos también ir sustituyendo poco a poco el gas por la electricidad, con el ahorro que eso supone. Inmediatamente, ante la alegría interior de por fin poder ducharme con agua fluida, sin cortes, sin miedo a quedarte sin gas y sin el aparatoso viaje de ir al pueblo a comprar las botellas de butano, fui a la ferretería a por los materiales que necesitaba para su instalación. Una uve, dos grifos, manguera, teflón, … Siempre fui un auténtico inútil con todo lo que tuviera que ver con el bricolaje o las manualidades. Lo mío es el mundo del pensamiento, de las ideas, de los libros. Pero en estos últimos casi siete años en la montaña y los bosques he aprendido casi de todo. Incluso he aprendido a que, en el caso de que se derritieran los casquetes polares y viniera la gran ola, en la montaña estaríamos a salvo. Hay que estar preparado para todo, incluso para el Apocalipsis.

Esta mañana, emocionado porque la gotera no había vuelvo a aparecer a pesar de que aún no he podido reparar el tejado, ordenaba todas las herramientas. Primero corté el agua y la luz, saqué el nuevo termo eléctrico del embalaje y me puse a su montaje. Anclé los soportes, luego me puse con la fontanería y por último con la electricidad. Cuando volví a dar al agua había tres piezas que perdían. Volví a cerrar la toma y me puse con su reparación. Lo conseguí con algo de paciencia, cosa de la que no dispongo para este tipo de menesteres.

Ahora los termos son modernos y tienen wifi desde el cual poder controlar su encendido, apagado o programación desde una app. Le llaman el internet de las cosas. Puede parecer algo inútil a primera vista, pero para mí es toda una ventaja. Desde el móvil puedo controlar el flujo de las placas solares, puedo ver por la cámara si alguien viene a la puerta de la finca o puedo programar el calentador de agua dependiendo de si hay luz solar o no. Hay tecnologías que son completamente inútiles, como por ejemplo empalmar dos trozos de cable, ¡diosanto qué horror!. Pero hay otras que son una maravilla.

Acoplé por fin la app al aparato e hice el primer encendido. A las dos horas ya estaba terminado el proceso de calentamiento, pero al abrir el grifo, no salía agua caliente por ningún lado. Estuve una hora entera analizando dónde podía estar el error. Había acoplado las tuberías al viejo sistema de gas pensando que sería fácil la conducción de ambos sistemas, por si en invierno hubiera muchos días sin luz solar y debía tirar del gas, a falta de que para esos casos podamos comprar un molino de viento que recargue las baterías cuando falte sol. Pude encontrar el error, lo resolví, me quité la ropa apresurado y me tiré un buen rato bajo un flujo continuo de agua caliente sin interrupciones, sin prisas, simplemente disfrutando, tranquilo, en paz.

Es cierto que me vine a vivir a los bosques buscando la simplicidad voluntaria, el decrecimiento y la vida en la naturaleza. Lejos del sistema y sus comodidades, viviendo en una humilde cabaña de madera construida con mis manos, a lo largo de los años he aprendido que hay cosas a las que no puedo renunciar. Una de ellas es el papel higiénico y la otra, un buen chorro de agua caliente sobre mi desnudo cuerpo. De agua fría, como decía al principio, llevo ya años mojado.

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Reiniciando el Sistema


a
© Michal Giedrojc

Las crisis son provocadas cuando lo antiguo se aferra al pasado y lo nuevo golpea para ofrecer oportunidades de futuro. Ocurre en los países, en las empresas y en las relaciones. Esta vez está ocurriendo a nivel mundial.

Todo cambia, esa es una ley universal, o mejor dicho, lo único que permanece es el cambio, como dice el Tao. Aquello que no abraza el cambio, entra en crisis. Es por eso que vivimos lo que puede llegar a ser una de las mayores crisis conocidas. En estos momentos, estamos entrando de lleno en el futuro, en la quinta revolución industrial, en la revolución de las máquinas, de los robots, de la inteligencia artificial, de la emancipación total del individuo frente a las instituciones tradicionales como la familia o el Estado. Esto es una realidad palpable, de ahí que muchos individuos y sociedades estén viviendo, aún sin saberlo, un reseteo individual y global, una reiniciación de los sistemas operativos a los que hasta ahora nos habíamos aferrado, una iniciación a una nueva era de cambios inevitables.

De no abrazar ese futuro que ya se está haciendo presente y patente, viviremos un gran colapso a nivel mundial e individual. No se acaba el mundo, pero sí un mundo, el mundo antiguo, el mundo de las cosas, el mundo del consumo irracional y compulsivo, el mundo de lo epidérmico, de lo artificioso, de lo superficial, el mundo de la destrucción masiva de nuestros ecosistemas. Esta crisis va a provocar sin duda una recesión inevitable. Tendremos por delante unos años difíciles que deberemos enfrentar con cautela, al mismo tiempo que en ese tiempo cambiamos nuestros paradigmas interiores.

¿Qué tipo de modelo social y económico surgirá de esta crisis? Hay cosas que antes parecía de pocos y que ahora se ampliará hacia todo el mundo. Las redes de apoyo mutuo y cooperación empezarán a desarrollarse con mayor fuerza. La solidaridad se volverá inevitablemente mayor. También la ecología y el respeto hacia la naturaleza y los animales. Los que más tienen cederán ante los que no tienen nada y los que no tienen nada buscarán nuevos modelos de supervivencia, pero, sobre todo, nuevos modelos de convivencia y cooperación. El modelo de propiedad privada hipotecada estallará tarde o temprano, y se buscarán fórmulas de vida en comunidad, de compartir espacios y recursos. La necesidad engendrará el cambio inevitable hacia un mundo más solidario, natural y verdadero.

El Sistema no va a desaparecer, pero sí va a tener que reiniciarse. Toca vivir un tiempo de paciente resistencia. De observar el presente y el futuro con optimismo. De intentar buscar fórmulas nuevas para que nuestras vidas empiecen a cobrar un nuevo sentido. Habrá que buscar aliados, personas afines con las que juntas se pueda imaginar un nuevo modelo de vida. Vendrán tiempos difíciles, de apagón general, pero también tiempos de esperanza, de volver a empezar, de romper con nuestro modelo antiguo de vida y empezar una vida nueva de forma diferente.

Estos cambios deben llevarnos a pensar que habrá mucha mano de obra sobrante y que tendremos que buscar alternativas económicas para soportar el día a día. Reducir los gastos no es tan solo desterrar de nuestras vidas las tarjetas de crédito, las hipotecas y los préstamos. Supondrá tener que compartir el gasto y repartir los ingresos. Habrá que olvidar el endeudamiento masivo que hemos vivido en estas décadas y empezar a mirar más por el compromiso social, por la solidaridad entre todos, por la simplicidad voluntaria y por el inevitable decrecimiento. Los modelos de cohousing y de vida en comunidad inevitablemente crecerán a medida que la crisis acampe y las consciencias se amolden al nuevo panorama. ¿Estás listo para reiniciar tu sistema de valores, de creencias, de vida, de conciencia? En estos tiempos, tener menos será tener más.

 

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Los siete caminos espirituales o vías de realización interior


 

a

Muchas veces sentimos curiosidad por saber en qué lugar de nuestra evolución consciencial y espiritual nos encontramos. No existen reglas fijas o determinadas, pero los sabios de la sabiduría antigua nos han dado algunas pistas para poder situarnos en uno u otro camino, en una u otra consciencia, dependiendo de cual sea nuestro trabajo a nivel del alma. Esta visión facilita nuestro trabajo interior, y nos da pistas y soluciones para enfrentar nuestra labor y formas de servicio. Para unos será dominar la propia materia, para otros el aspecto etérico y vital, aquella energía que nos mueve y da vida. Para otros el mundo del deseo, las emociones o cuerpo astral. Unos pocos estarán intentando dar vida a la mente concreta y los menos, a la mente abstracta. Aún menos serán los que ya estén en el camino mágico del alma, desarrollando la intuición y la entrega más absoluta, gobernando el propio ego y dejando que sea el alma y su propósito vital el que lleve las riendas de nuestras vidas, de nuestra expresión más pura y trasparente, ya dentro del Gran Plan o la Gran Obra, como se conoce en la tradición antigua.

En esta breve síntesis intentamos plasmar algunas pistas que nos puedan orientar sobre nuestro camino, según nuestras tendencias o vías elegidas. No son caminos rígidos ni exactos, ni pretenden condicionar nuestra visión, pero sí adquieren significado en cuanto pueda llevarnos a cierta guía interior. Ninguno es mejor que otro, son solo aspectos que debemos trabajar en nuestras vidas. Y el que uno pertenezca, por ejemplo, a una escuela del camino azul no es indicador de que interiormente esté realmente en ese camino. Uno podría pertenecer, por ejemplo, a una escuela masónica pero poseer una consciencia del camino rojo. O viceversa, uno podría utilizar las artes adivinatorias y estar en una consciencia índiga. En todo caso, aquí dejamos esta aproximación por si sirve de guía y apoyo en nuestro camino interior.

  1. Camino Rojo (chakra raíz). Representa el aspecto de poder y voluntad en la naturaleza humana. Anclados en la materia, y dando los primeros pasos en el mundo de lo intangible, pretende desarrollar los poderes del cuerpo etérico mediante el contacto con las fuerzas de la naturaleza y la práctica de disciplinas como el hatha yoga. Aún fuertemente fondeados en la tierra y la materia, es el camino de todos los cultos y magias primitivas, de la superstición, de los chamanes, los médiums, la adivinación y el espiritismo que da acceso al plano astral inferior una vez gobernado el plano de la materia etérica. También es el camino de las tradiciones egipcias y los misterios griegos, de las creencias atlántidas y lemúricas, los cultos panteístas y los primeros cultos al sol. Es la senda de aquellos que emprenden su búsqueda espiritual mediante el consumo de plantas alucinógenas que conectan el plano físico con el plano etérico y el astral bajo. Con ello provocan unas primeras visiones de lo intangible de forma no natural ni evolutiva, pero suficiente para comprobar que ese mundo existe. Igualmente, es el camino de aquellos que emprenden las artes adivinatorias o el contacto con los muertos. Son las personas que conectan con la pachamama, con la tierra húmeda y doliente, con el mundo mágico, con los seres elementales del mundo sutil como las hadas, el camino de donde surge el panteísmo y el holizoismo, la wicca, la brujería, la magia, la adivinación, la mediunidad o la clarividencia. Algunos se identifican porque sus seguidores son asiduos al consumo de psicodélicos u otras drogas de aproximación. Les encanta los cantos de percusión, los ritmos alterados y todo aquello que genere una alteración de la consciencia como la música, el baile o el consumo de sustancias alucinógenas. Está relacionado con las tradiciones chamánicas y amerindias. Igualmente, con las tradiciones druidas y celtas. Los que están en este plano de consciencia les separan seis capas de maya o ilusión antes de la realización integral. Son personas que tienen sus primeros contactos con el mundo etérico mediante estas prácticas o creencias y empiezan el camino del dominio del plano físico. Sin aún ser aspirantes en la tradición primordial, su búsqueda seguirá de un lado para otro hasta encontrarse con un aspecto de mayor compromiso espiritual.

 

  1. Camino Naranja (chakra sacro). Representa el aspecto amor. Es reconocido en algunas tradiciones como el bhakti yoga o camino devocional, también señalado como el camino del yogui o la vía mística. De aquí nacen los primeros aspirantes, según la tradición, que empiezan un camino serio en la búsqueda espiritual. Tiene que ver con las religiones devocionales como el cristianismo, el islam, el sintoísmo o el hinduismo, que intentan atraer hacia sí las energías, desde el plano astral inferior, del plano astral superior, donde reinan los buenos deseos y las emociones elevadas de amor y fraternidad. También con los practicantes de yoga y el misticismo, sufismo o el tantra, y la magia ceremonial. Se les reconoce por su afición al canto devocional, a la quema de incienso, a la práctica del yoga, al servicio y ayuda al prójimo, a ciertos rituales. Suelen ser alegres y divertidos, muchos de ellos enfocados aún en el reconocimiento y el ego y otros en su anulación mediante la ayuda y el servicio a los otros. Su vida suele ser de entrega y sacrificio, de servicio y devoción, de práctica, purificación y disciplina del carácter. Aún no son capaces de percibir el camino interior, pero exteriormente, dan sus primeros pasos hacia el mismo mediando con instituciones, normalmente religiosas, que facilitan su desarrollo.

 

  1. Camino Amarillo (chakra del plexo solar). Este camino representa el aspecto sabiduría y desarrollo de los primeros poderes intelectuales, especialmente los de concentración y aquellos que tienen que ver con el arte. Es el camino que rige el plano astral superior, cuyo objetivo es empezar a dominar esas fuerzas y subliminarlas hacia la mente. Está relacionado con las religiones enfocadas en la mente concreta tales como el budismo, el taoísmo, zen o judaísmo, pretendiendo así alejarse de los instintos más básicos, ejerciendo cierto poder sobre los mismos. Suelen ser personas rígidas, serias y a veces excesivamente doctrinales dada la necesidad de controlar su aspecto animal o astral. Se pueden encontrar entre ellos los amantes de la astrología, el tarot, la cábala, la ufología y la parapsicología. Buscan serenidad y contemplación, pero es un camino, a diferencia del anterior, egoísta y centrado en la personalidad o en la búsqueda personal, individual y solitaria. Si el camino anterior era el del bodhisattva, este es el camino del arhat. El camino de la mente fría. Algunos eremitas o solitarios emprenden esta vía para bucear en los aspectos de la compasión y el amor a la vida, y para ejercer control sobre sus aspectos emocionales atraídos por el naciente aspecto mental. Según la tradición primordial, aquí estarían los primeros probacionistas, discípulos aún no conscientes del camino interior, pero profundamente dispuestos a hollarlo.

 

  1. Camino Verde (chakra del corazón). En él nace el aspecto armonía y concreción de la mente concreta mediante la sanación de los cuerpos físico, etérico y astral. La principal tarea de las personas que pertenecen a este camino es armonizar las nuevas ideas con lo antiguo, para que no haya ningún vacío peligroso o ruptura traumática. En este camino están todos los que basan su espiritualidad en la sanación, el contacto con la naturaleza, las plantas medicinales, las terapias de todo tipo, el reiki, el veganismo, la acupuntura, el ayurveda, la homeopatía, … Son los buscadores de belleza y armonía. Es un primer acercamiento hacia la consciencia más allá de uno mismo, más allá del frío intelecto y más allá de la mente concreta. Se empieza a desarrollar el amor al prójimo desde el desapego y desde la búsqueda desinteresada. También se tiene preocupación por la naturaleza y su protección. Este camino sería el punto álgido del camino rojo, integrando en él la primera triada de la personalidad y siendo ya conscientes de la necesidad de emprender el camino interior. Son probacionistas, según la tradición, altamente cualificados para hollar el sendero espiritual y enfrentarse a las primeras pruebas iniciáticas.

 

  1. Camino Azul (chakra de la garganta). Desarrolla el aspecto del conocimiento o ciencia y la construcción de la mente abstracta. Este camino tiene un significado especial para la humanidad, debido a que opera en el plano de la mente abstracta y pretende estimular el intelecto de los seres humanos, agudizándolo e inspirándolo hacia la consciencia y la intuición y separándose con ello de la esencia homo-animal. Es el camino del jñana yoga en la tradición oriental, el camino del primer contacto con la iniciación objetiva. También conocido como el camino del conocimiento, está vinculado al esoterismo, al ocultismo, a las ordenes iniciáticas, la teosofía, la antroposofía, el gnosticismo, la masonería, los rosacruces, la alquimia, el hermetismo, el Cuarto Camino… En este camino se empiezan a rasgar los últimos velos antes de comprender el significado oculto del mundo espiritual, y se empieza a tener los primeros contactos reales y conscientes con el mundo intangible. Si los otros caminos pertenecen a los aspirantes que buscan la verdad, este camino sería el que nos conduce hacia el sendero del discipulado y la conocida como puerta estrecha, aún en fase probacionista, pero con altos compromisos personales y primeras pruebas iniciáticas. Aquí el toque de clarín es más fuerte y claro, pero aún no es contundente.

 

  1. Camino Índigo (chakra del tercer ojo). Aspecto idealista o de búsqueda del alto ideal mediante la construcción del antakarana, el puente que conecta la mente abstracta con la realidad espiritual del alma. Este camino dota al ser humano de la capacidad de percibir el ideal, la realidad verdadera que existe detrás de la forma. Son personas que entrenan y ayudan a la humanidad para reconocer los ideales, inspirando las nuevas formas y los nuevos caminos desde la senda del discípulo ya aceptado. Representa el camino del raja yoga en la tradición oriental, el de los meditadores conscientes, los contemplativos comprometidos, los arcanos que han experimentado dentro de sí la segunda muerte, algunos, muy pocos aún, canalizaciones experimentados, algunos que han integrado el conocimiento advaita de la no-dualidad, aquellos que practican el mindfulness y el potencial humano de forma comprometida. Las creencias en los maestros ascendidos, la jerarquía espiritual y el movimiento nueva era estarían integrados en este camino. En este camino empiezan las primeras renuncias de la personalidad y las primeras aproximaciones a la vida del alma de forma clara y sin duda. Empieza el camino del guerrero, el camino del loco, el camino de aquel dispuesto a desprenderse de todo para centrar sus fuerzas en el propósito interior. Es un camino de total desprendimiento y búsqueda de la razón pura, la entrega voluntaria, el compromiso claro y abierto con el vasto mundo de la experiencia espiritual. Aún cometerá torpezas, pero las mismas le ayudarán a progresar intensamente hacia el devenir interior.

 

  1. Camino Violeta (chakra corona). Representa el aspecto de la magia ceremonial y la integración de los opuestos. El agni yoga en la tradición oriental o la ética viviente y la espiritualidad integral serán representativos de este camino. Es el camino de los primeros iniciados y los verdaderos intuitivos, los adeptos que ponen en práctica todas las enseñanzas y entregan su vida en ello, totalmente desapegados de los aspectos de la materia, el deseo y la mente. Es la espiritualidad por llegar, integradora de todas, sincrética, aglutinadora, basada en la realidad del alma integrada en la vida cotidiana. Es el camino del adepto, de aquel que fusiona la vía mística con la ocultista, entregando su vida a la construcción del nuevo mundo bajo la tutela de una fuerza mayor, a veces llamada en la tradición como fuerzas de un asrham, maestro o rayo. Este camino rige la verdadera obra mágica, la espiritualización de las formas y de la vida cotidiana, siendo el primer camino hacia la realización angélica. El ser se manifiesta en su plenitud e integra todos los caminos. El método de la nueva espiritualidad será evocar el idealismo grupal, el trabajo grupal y la búsqueda de realización comunal.

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Confinados en un sistema enfermo, reconectemos con los vivos


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Paseando con el amigo Geo por el mundo real

No podemos quejarnos. No tenemos derecho. Lo sabemos y por eso, cómplices, obedecemos cualquier consigna, cualquier mandamiento. Sabemos que somos copartícipes y parte de la destrucción masiva de nuestro ecosistema. Secuaces encubridores de todas las injusticias del mundo. Siempre nos queda el grito desarmado para culpar al otro, al político inepto, al capitalista avaricioso, a mengano o fulano. Siempre son ellos mientras que a escondidas jugamos a su juego, bebemos de su misma sangre, como vampiros que absorben poco a poco la savia de este planeta.

Nos hemos vuelto perezosos. Sentados en nuestros sillones después de una larga jornada de esclavitud encubierta, ¿quién tiene tiempo y ganas para provocar cualquier cambio? Solo queremos estar distraídos con todo tipo de telepantallas. Solo queremos que las horas pasen, obviando cada segundo de vida, cada único e irrepetible instante. ¿Quién desea cambiar nada si la pereza y la desidia se ha apoderado de nosotros? Preferimos ocultarnos tras emoticonos, preferimos encerrarnos en la oscuridad de nuestras vidas, iluminadas únicamente por la pobre luminiscencia de las pantallas.

Pero este ya empieza a resultar ser un mensaje aburrido y trasnochado. Siempre con ese sentimiento de culpa por hacerlo todo mal. En las relaciones, en el trabajo, en la vida en general. ¡Claro que lo hacemos mal! No somos perfectos. Pero venga, ¡ánimo! Que tan poco es para tanto. Reconcíliate con tu prójimo o tu prójima, dale un beso, una caricia, abrázala. El ser humano solo pide un poco de cariño, y cuando se lo negamos, se entristece, se abruma, se pierde en la desidia. ¡Y tan poco es para tanto! No somos perfectos. Pero busca aliados de carne y hueso, de esos que ríen y lloran, que se enfadan y se alegran, que derraman sudor en la noche oscura.

El planeta sobrevivirá a nosotros. Si todo esto se nos va de las manos en los próximos cien o doscientos años vendrá la gran ola, o el gran terremoto. La tierra estornudará y la mitad de nosotros nos iremos al otro barrio. Pero no dramaticemos, sería algo merecido. Si convertimos nuestra especie en una plaga, el ecosistema se autorregula y todo continua hasta la próxima Sodoma y Gomorra. Es la ley de los ciclos.

Por eso debemos recapacitar individual y colectivamente, pero sin dramas. Bien, soy partícipe de un sistema enfermo. Un sistema que ya no se soporta así mismo. Un mundo distraído en lo que llaman la maya de la distracción, el mercado del entretenimiento. Estamos entretenidos, sin hacer mucho por salvar el planeta, o sin hacer mucho para salvarnos a nosotros mismos. Preferimos escondernos, cobardes de la pradera, bajo el mundo virtual, aséptico, pulcro, esterilizado. Un lugar donde nada nos puede hacer daño. Solo tenemos que pasar las horas mirando una y otra vez las mismas tonterías de siempre. Pasar de una pantalla a otra, de una viñeta de la vida virtual a otra. Pero ahí no está el verdadero conocimiento, ni la verdad sobre la existencia. Esa verdad solo se encuentra en el barro de la vida real, en la suciedad de las relaciones fallidas, en el sufrimiento y el dolor que causa escalar una montaña, sea la que sea, manchando tus manos y tus pies a cada paso, a cada sudor.

Bueno tranquilos, no nos pongamos serios. La vida pasa, moriremos, seguramente solos. Porque el mundo va cada vez más hacia la soledad individual. Nadie irá a nuestro entierro, porque la muerte será real y el mundo virtual no podrá competir con ella. Pero no importa. No importa si nuestras mugres se secan, si nuestros pechos dejan de ser acariciados, si dejamos de escuchar los ronquidos o el grito alado de la compañía. No importa mientras sigamos viviendo una vida irreal.

No sé, quizás aún estemos a tiempo de reconectar con los vivos. De apretar sus manos, de pasear entre los bosques, de enfadarnos cuando yerran, de frustrarnos cuando la pifian en la cama olvidando el calor y el sudor previo. Tal vez aún estemos a tiempo de reír y dejar que el mundo sea nuestra verdadera razón de ser. Y si no es así, no pasa nada, no dramaticemos, la vida sigue, a pesar nuestra.

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No soy poeta, pero como si lo fuera


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© Dody Alaydrus

A los poetas nos gusta lloriquear en las esquinas. De alguna forma hay cierto disfrute en cada naufragio. Sobre todo por esa sensación de supervivencia que entroniza la vida en su más alto podio. Forma parte de nuestra dramática existencia. No es un defecto de forma, es más bien una esencia, un requerimiento para expresar ese mundo tan angostado que nace de las emociones. No es que yo sea realmente un poeta. Siempre fui débil, perdedor y poco querido niño agotado. Es decir, tenía todas las cartas para terminar escribiendo libros y poesía. A pesar de ello, no soy realmente un poeta, pero como si lo fuera. De ahí el drama, la melancolía, la languidez. Me gusta regodearme en esos estados de ánimo bajos. Los observo con cautela, para que no se desmadre el asunto, pero anotando todo cuanto ocurre en ese cuerpo arrollador que sube y baja como una noria, perseguido por los astros, por lo astral del sueño taciturno, por el deseo, por la necesidad, por la desdicha, por el drama.

Antes del naufragio, o de la tragedia, si se prefiere, debo decir que la pasada fue una de las mejores primaveras que recuerdo. De noche y de día abarcábamos el universo entero. Las dimensiones habituales se multiplicaban. Leíamos libros, comíamos bien a la sombra del árbol, en la nueva mesa, mientras veíamos como crecían las primeras simientes. El verde se apoderaba de todo hasta que apareció nuestra primera y única rosa. La idea era construir un hogar material y espiritual para enfrentarnos al invierno de la vida. Mientras lo hacíamos compartiendo complicidades, veíamos como los pájaros se mostraban especialmente generosos con sus cantos, compensados todas las mañanas con buenas dosis de semillas que esparcíamos puntuales en el comedero.

Aunque no era nuestro fuerte, hacíamos el amor de vez en cuando, entre bromas y risas, a sabiendas de que el atardecer siempre es un buen momento para respirar cualquier misterio. Pocas veces uno se encuentra con la complicidad intelectual y con la exquisita connivencia espiritual. Se puede decir que fue todo un éxito del apoderado que realizó el casting. Le puse un diez en la puntuación que había que cifrar cuando nos llegó la encuesta de calidad. Por fin había encontrado con quien hablar de aquello de lo que no se puede hablar. ¡Qué más se podía pedir! Esa fue nuestra primavera soñada. Dos almas gemelas encontrándose en un pequeño y reducido embudo de espacio-tiempo.

Cinco meses bastaron para darnos cuenta de que nuestras diferencias no eran mayores que nuestras similitudes, y que, en el balance final, el cuadro daba positivo. El guionista, por fin, había acertado en casi todo. Faltaba pulir algunos asuntos irrelevantes, pero es fácil adivinar que el tiempo pule aquellas aristas que impiden que dos piezas encajen a la perfección. El problema es saber sortear los obstáculos que ese tiempo va poniendo sobre la mesa para ir aprendiendo en el noble arte del modelado. El amor se hace, pero también se aprende. Y para aprender, hay que salir de vez en cuando huyendo, coger distancia y valorar si el guionista ha sido esta vez generoso con nosotros.

A pesar de la excelente primavera, un malentendido, o una broma cósmica, o vaya usted a saber, hizo que el verano no diera buenos frutos. Estuvimos experimentando con todo tipo de semillas, de tierras, de lugares, de formas de riego, de tiempos de siembra según si la luna estaba así o allá. Se notaba que nuestro fuerte no era sembrar y que, deductivamente, iba a ser poca la cosecha de este año. Unos jabalíes terminaron de fastidiar la cosecha de patatas que esta temporada prometía buenos frutos. Durante una semana estuvieron minando el campo, creando cráteres allí donde metían el hocico en búsqueda de alimento. No quedó ni un triste tubérculo.

Al final marchó, quizás hastiada de la rutina, o de ese intenso compartir diario que daba poco juego para la soledad. Sentí un gran vacío y todos los universos y dimensiones con ella descubiertos desaparecieron en la noche estival. No fue este un verano azul, sino un triste opus nocturno, taciturno, sempiterno. Siempre pienso que solo fue una pausa, como las anteriores, para coger distancia e interrogar al guionista sobre sí era o no cierto todo lo vivido. Es el engaño de la esperanza, o de la ilusión, por eso de que cuando algo es verdadero, permanece.

Ahora veo pasar las horas, un día acompañado del ciudadano Kane, otro acompañado de Vito Corleone, y siempre solitario, un poco como ellos. Cierta ansiedad me obliga a comer a todas horas, y noté mi propia dejadez cuando hoy fui a comprar y todos me miraban con desconfianza. Al volver busqué un espejo y comprendí el desprecio y la distancia social que sentí mientras buscaba algún alimento. No era por la pandemia, era por mis propias pintas, dejadas de la mano de esta naturaleza salvaje que de alguna manera moldea también mi realidad ilusoria. Debo cuidar el aspecto, al menos cuando salga de la selva boscosa y me adentre en la civilización.

El verano sigue. El bosque está completamente en silencio. Los pájaros ya no cantan, habiendo sucumbido a la extraña y para mi ajena misión del procrear. Por las noches sigue viniendo el ourizo cacho. Aunque no lo veo, lo escucho comer los restos que los gatos dejan en la alacena exterior. Es la única visita que recibo con cierto agrado. Me recuerda a la primavera, cuando salíamos a saludarlo medio desnudos, coqueteando con sus púas y felices por tener un amigo del bosque.

Tengo hambre. He descubierto una crema de chocolate vegana que compensa los vacíos existenciales a base de dulzor inevitable. Descubro que nada es perfecto, al mismo tiempo que revelo que todo tiende a la perfección. Incluso este momento de hambruna interior resulta apropiado. No estoy feliz porque me falta la musa que me mostraba universos, pero la felicidad siempre es algo que puede suplirse con una buena crema de chocolate. Ya no sé si habrán más primaveras como la de este año, que fue de las mejores. Tampoco importa. La vida siempre llena los huecos de auténtica sorpresa, y de no haberla, siempre nos quedará el chocolate y algo de dramática poesía. ¡Maldito verano náufrago! Que diría aquel.

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Supersticiones de nuestro tiempo


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Supersticiones de principios del siglo XX en contra del invento de la electricidad

Hay personas inteligentes que basan parte de su vida en buscar fallos al sistema. A veces movidas por el rencor de no ver reconocida su lucidez, afirman que esos fallos son la causa de que el mundo vaya mal. Sin embargo, estas teorías conspiranoicas son muchas veces falacias nacidas de la más absoluta de las ignorancias, sin fundamentos y alimentadas por la siempre compulsiva imaginación humana.

Obvian que las verdaderas fallas del sistema no son el 5G o la teoría de la tierra plana, sino más bien otras de calado mayor como las guerras, el hambre o la miseria. Injusticias que siempre pasan desapercibidas en nuestro teatro social, tan absorbidos siempre por nuestro pequeño ego y sus múltiples preocupaciones, distracciones y desvelos sobre el qué dirán, el qué vestiré o qué perfume me pondré mañana.

De hecho, estas teorías fomentan que los que de alguna forma pudieran ser críticos con esas verdaderas injusticias, estén preocupados en analizar cosas sin fundamento y sin aporte alguno a la mejora social. Conspiraciones que solo sirven para distraer la mente, mantenernos despistados sobre la realidad y anular toda capacidad de pensamiento crítico, valga la paradoja. Potenciar la desidia y la vagancia mental en vez de la mente creativa y constructiva es la peor enfermedad de nuestro tiempo.

Podríamos decir que uno de los aciertos del sistema es tener a esas mentes, muchas veces prodigiosas, desperdiciando su tiempo intentando demostrar la existencia de los reptilianos o del nuevo orden mundial y su élite malvada. Desperdiciar una vida entera en la investigación de esas fallas del sistema imaginarias y no en las verdaderas fallas reales de por qué existe aún en nuestro planeta las guerras y el hambre, es un verdadero desperdicio y una desvalorización de la lucidez mundial.

Veamos cuales son algunas de las supersticiones más populares de nuestro tiempo, más allá de romper un cristal, pasar por debajo de una escalera o cruzarse con un gato negro, que dicho así, parecen cosas del pasado en comparación a la que se nos avecina en este tiempo:

1. 5G. La idea de que el 5G es de lo peor que el ser humano ha creado no tienen ningún tipo de fundamento científico. Ocurrió lo mismo con el invento de la electricidad, del microondas o del 2G y sus antenas mortíferas. El miedo a los avances tecnológicos siempre han estado en nuestra sociedad.
2. El chip. Ese miedo a no ser controlados cuando cedemos todo nuestro control a todo el mundo no tiene fundamento. Un chip implantado en nuestro cuerpo no será más controlador que el que ya tenemos con nuestros móviles, tarjetas de crédito, números de documentos de identidad. ¿Qué más quieren saber de nosotros si ya lo saben todo?
3. Las vacunas. El miedo a las vacunas también es irracional. Las vacunas nos han ayudado a mejorar como sociedad en salud y bienestar.
4. La pandemia. Aún hay gente que piensa que el “bichillo” no existe, o se pasan el tiempo especulando sobre si viene o no de un laboratorio artificial o si lo han creado para vete tú a saber qué.
5. Los chemtrails y si el combustible real de los aviones es aire comprimido. Este quizás sea el más divertido de todos. Van asociados porque tienen que ver con los aviones. Solo hay que ver la fluctuación del petróleo para ver como caen en picado las compañías aéreas. Menuda panacea lo del aire comprimido si fuera cierto.
6. La tierra plana. Este es el que más me intriga. ¿Cómo es posible que exista una conspiración mundial, política, económica y científica que nos tenga creyendo que la tierra es un globo y no una tortuga sostenida por varios elefantes como creían los antiguos? Las fuerzas de gravedad y centrífuga perpendicular al eje de rotación, además de su consistencia, son cosas que no tienen explicación para los terraplanistas. A nadie se le ha ocurrido pensar que quizás la Tierra sea algo viscoso, una esfera achatada que evoluciona incesantemente moldeando bajo su plasma todo cuanto existe.
7. El contubernio, los iluminati, las élites malvadas y el Nuevo Orden Mundial. Este es brutal. Cualquier que ejerza algún tipo de poder ya se le tacha de malvado e iluminati. El odio que desprende toda esta gente hacia el imaginario colectivo es proporcional a la ignorancia mundial.
8. El inminente apocalipsis. El fin del mundo es la mejor amenaza para tener acojonado al personal. ¿Cuántos finales del mundo hemos vivido en los últimos dos mil años? El miedo siempre funcionó bien para mantener a la gente controlada.
9. La bomba atómica no existe. Qué pregunten por favor a los japoneses si existe o no.
10. Los reptilianos ya están aquí. Los reptilianos somos nosotros. Menudos seres que estamos hechos.
11. Elvis Presley no ha muerto. Este es el mejor. Estoy convencido de que no murió. Debe estar en alguna playa mondándose de risa. Peor suerte tuvo Paul McCartney. Algunos ingenuos piensan que aún está vivo.

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Saliendo de la oscuridad doliente


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© Sergey Novozhilov

Trata a un ser humano tal como es, y seguirá siendo lo que es; trátalo como puede y debe ser, y se convertirá en lo que está llamado a ser. Goethe

Si alguna vez tuve un don fue ese de poder ver en los otros sus capacidades latentes, su potencial verdadero para ser aquello que han venido a ser. Ese don siempre marcó una trayectoria de incomprensión. El motivo de esa incomprensión nace de la idea de  aferramos a nuestros espacios de seguridad y confort, de conformidad con lo que creemos que somos. Pocas veces queremos sacar aquello que llevamos dentro, aquello que realmente somos, aquello que late en nosotros con deseos de expresarse al mundo.

Es como si con el paso del tiempo quisiéramos apagar nuestra verdadera luz por temor, por miedo a equivocarnos, por pensar equivocadamente el conformarnos con aquello que han hecho de nosotros, con aquello que han moldeado en nosotros. Siempre admiré en el otro ese potencial, esa capacidad para romper los condicionantes sociales y culturales que durante toda nuestra vida han hecho mella en nuestra psique más profunda, condicionando cada uno de nuestros movimientos, impidiendo la verdadera emancipación individual, la verdadera expansión de nuestro ser. Alejándonos, en definitiva, de lo que realmente somos y hemos venido a hacer.

A veces lo noto también en mí. Me aferro al silencio, me aferro a la oscuridad para no brillar como debería hacerlo. Escondo mi leve luminiscencia, a veces por cansancio, más que por temor. Estos días deseaba permanecer oscuro, limitado, encerrado en mi pequeña realidad. Hay acontecimientos que configuran nuestra realidad, que condicinan nuestros actos o nuestro sentir. Y luego está la rebeldía, la fuerza innata que surge de la dignidad humana, de aquello que nos presenta como seres libres y pensantes, indulgentes ante un destino que podría marcarse como inevitable. No hay nada como rebelarnos a todo aquello que oprime nuestro verdadero ser, nuestro ser esencial que desea explotar en mil pedazos para expandir su presencia en todo cuanto existe.

Unas semanas de silencio, de vuelta al camino del desapego, de vuelta al camino del loco errante, solitario, soñoliento, no han servido para liberarme de ciertas ataduras, tan solo ha servido para descansar y recordarme que nada importa, excepto la necesidad de dejar brillar al otro mientras nosotros brillamos irreductiblemente. No como un brillo soñoliento, casi apagado, sino como una luz cegadora, luminiscente, lúcida. Detectar y potenciar ese brillo es lo que nos acerca realmente a nuestra misión liberadora. Ayudar a que otros brillen es lo que nos acerca al mundo real.

Quizás la lluvia inesperada de este día de agosto me ha despertado de nuevo a esa luz. ¡Levántate y anda, pequeño Lázaro! Es hora de emprender de nuevo el camino de la vida, de confiar en todos aquellos regalos que la inmensidad tiene preparados para nosotros cuando, desobedeciendo al orden establecido, nos aventuremos por los caminos, alzando nuestra voz y nuestra luz y forcejeando con la vida nos hagamos hueco en la existencia. ¡Levántate y anda! Resucita de nuevo a la vida, abriendo los brazos, alzando la mirada al infinito, lanzando nuestro voz al paladar dimensional profundo.

Hemos venido a liberar almas de su cautiverio, me recrimina mi yo real. No pierdas el tiempo en la servidumbre social y cultural, en la sumisión a ese séquito de dormidos que nada hacen para despertar a su potencial vida. No, ese trabajo no es fácil. Como decía al principio, es una trayectoria de incomprensión. Romper con los parámetros de normalidad, con las creencias, con las supersticiones, con las ideas e ideologías, con los mandamientos y ordenanzas, con la ley y la moral, con la costumbre y con los principios temporales que no sobreviven a la inevitable evolución humana, no es tarea fácil.

Y, sin embargo, aquí estamos, de nuevo, mirando el horizonte lluvioso, con los pies embarrados, incapaces de permanecer un día más al borde del camino, suficientemente conscientes de que la vida tiene que llevarnos por el camino de superación egoica hasta abrazar el logos que somos. Sí, una vez más, hemos ganado estas alturas para seguir adelante. ¡Luz, más luz!

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