
En memoria de la dama del lago…
He encontrado algo grande y admirable en la soledad de los bosques, más allá del movimiento espontáneo e impredecible de los manantiales, ríos y lagos. A cada lado de sus orillas, más allá de los largos campos de cebada y centeno, existen lugares que visten el bosque y se encuentran con el cielo. Tiene su propia dureza, pero ahora sé que la sombra de los árboles no traicionará a la sombra del alma. Sé que su generosidad seguirá impasible y no buscarán nada a cambio. No habrá traición, ni interés, ni amargura, ni hechizo. No puede haber ingratitud por mi parte, solo agradecimiento. Los miro uno por uno en mis paseos bajo la lluvia, sobre las aguas. Observo su templanza, su rectitud, su generosidad irreprochable. Nunca he conocido unos seres tan nobles y ejemplares. Ninguna moneda podrá comprarlos. Ecuánimes, justos, incorruptibles. No se venden por ningún viento. Resisten y se protegen unos a otros. Son fieles, responsables del grupo, de todo aquello que cobijan. En ellos no hay envidia, ni egoísmos, ni lucha, ni culto, ni depredación.
No necesitan emanciparse de nada porque ya nacen libres. Su trabajo consiste simplemente en ser, en crecer, en apoyarse los unos con los otros. Miran y crecen hacia el cielo, entrelazando mundos, pero hunden sus raíces hacia las entrañas y profundas oscuridades de la tierra. No son ambivalentes, su equilibrio reside en la claridad de saber qué son y a qué han venido a la existencia. Si tuviera que confiar plenamente en alguien, confiaría en un árbol. Bajo la lluvia, sobre las aguas.
Gime mi corazón cuando contemplo la dulzura de una rama, el fruto saliente que cae irremediablemente en cada otoño. Los sentidos se expanden con el crujir de cada paso, con la silenciosa e imponente presencia de los más ancianos. Cada rincón elocuente es capaz de trasmitir una sensación diferente, sublime, noble, verdadera. No hay engaño posible en la dulce vista de sus copas, de sus troncos roídos por el tiempo, de sus imaginadas raíces entrelazadas unas entre otras, agarrándose para hacer más soportable todo cuanto existe.
A veces me detengo en las umbrías sombras, en los lóbregos salientes que se esconden en lugares prohibidos para embriagarme de sus secretos. Me poso suave junto a ellos, abrazo su textura, me escondo allí y lloro el aliento que me oprime. Otras veces corro entre sus claros saltando de alegría, celebrando cualquier primavera o estío, cualquier idea de futura esperanza. Los árboles son indicadores de que la vida tiene veranos e inviernos, momentos de euforia y momentos de pura melancolía, tristeza y desazón. Su idioma reclama que entendamos todo lo necesario sobre los ciclos. Lo inmutable permanece en el creciente riego de la procreación.
Los árboles son un sorbo de vida fecunda. Bajo la lluvia, sobre las aguas, cobijan nuestros cuerpos y nuestras almas, soportan nuestra pequeñez y abrigan nuestra tierna desnudez humana. A veces deseo abandonar el mundo y enterrar todos mis pensamientos en lo más profundo del bosque. Volverme invisible, volverme árbol, noble, con honor, respetado. Nadie con cierta sensibilidad, nadie con un poco de alma, podría dañar un árbol. Nadie que no entendiera el idioma de los pájaros podría lastimar una sola de sus ramas. En lo insondable del arrullo, uno puede tejer su vida y ser incorpóreo. Uno puede cerrar los ojos en el adormecimiento de la tierra y dejar que unos y otros pasen sin tener que soportar el dolor de cada pisada, la bruma de cada jadeo, la sangre de cada herida.
Sí, me gustaría ser un árbol. Aferrado a la vida con grandes raíces y generoso siempre a las promesas del cielo. Atisbar en lo profundo cada gota de agua y esparcir todas mis hojas al mundo. Sí, me gustaría ser árbol y expulsar de mis adentros esta fatiga, este sentimiento de traicionada vida. Me gustaría ser un árbol para expulsar de mí solo la pureza del aire, solo el calor del suelo, solo la brumosa caída de los cielos nocturnos. Sin dañar nada. Sin adolecer nada. Sí, mejor me marcho y me convierto en árbol. Silencio mis ramas, acallo mis promesas y dejo que aquel lazo inmortal termine desintegrándose para siempre. Ahora puedo decir, que, a pesar de su dureza, he encontrado algo grande y admirable en la soledad de los bosques. Allí yaceré algún día, junto a la dama del lago… bajo la lluvia, sobre las aguas…
Gracias de corazón por apoyar esta escritura…
