Sientepiensa


La estación Saint Lazare. Llegada de un tren. Claude Monet. 1877.

Aquella mañana extraña Sientepiensa besó a Serafín. De ese beso nació una promesa. La promesa se alargó indescriptiblemente. Un beso, una promesa. Dos besos, una vida. Besar es extraño. Es un acto ciego, una fe inquebrantable en el otro. Después vienen las caricias, los abrazos, y la compenetración inevitable. Sientepiensa besaba ardientemente por las mañanas y de forma más racional por las tardes. Serafín se adaptaba a los ritmos inocuos de cada mañana, de cada tarde, de cada anochecer. Un beso siempre es hermoso, no importa si es razonado o sentido. Un ser afín a todos siempre debe adaptar lo mejor de sí mismo al mundo circundante. Alguien que a veces piensa y otras siente, se desploma ante lo inevitable.

Aquella noche no hubo beso. Ni caricia, ni abrazo, ni compenetración. Era domingo, o lunes, no importa. Había niebla y Sientepiensa creyó escuchar una voz. Se levantó, cogió el camino más ancho y desapareció entre la niebla. Serafín pensó que volvería. Sientepiensa siempre había vuelto cuando las nieblas danzaban por las mañanas. Pero aquel día era de noche, y no volvió. Tampoco al siguiente, que no recuerdo si era lunes o martes. Nunca más volvió.

Un día cualquiera de no hace mucho Serafín iba irreprochable y elegantemente vestido. La chaqueta abrochada, guantes negros y un bastón en la mano. Sabía que Sientepiensa tenía predilección por la elegancia. Ese día se levantó decidido, esperanzado. Había pasado ya mucho tiempo. Buscó en el armario y se puso las mejores ropas. Andaba por la calle a grandes pasos y con aire resuelto. Se paraba entre las esquinas, giraba la cabeza hacia atrás presintiendo alguna presencia, buceaba en la lejanía por si hallaba algún rastro o pista de Sientepiensa.

Ese mismo día Sientepiensa había encontrado un nuevo trabajo. Estaba distraída y preocupada por lo bien que pudiera hacerlo. El trabajo era sencillo. Se trataba de contar unos boletos en la estación de tren. Uno, dos, tres, cuatro. Así todo el día. Miraba con atención los vagones. Rebuscaba entre las ventanas. Fijaba la mirada al cielo. Contar boletos no era un trabajo difícil. Aunque en esas largas horas no hubiera besos ni promesas, había encontrado una forma de poder aprender sobre el noble arte de contar boletos en la estación de tren.

Serafín empezó a leer un libro. Allí aparecía Dmitri Fiodorovitch junto a un tal Fiodor Pavlovitch. Entretenía las horas leyendo uno y otro relato, vestido elegantemente, supervisando que todo estuviera correcto y siendo bondadoso y amable con aquellos con los que se cruzaba. Caminando con el libro entre las manos, llegó hasta la estación de tren. Se le ocurrió que sería buena idea ir hasta la gran ciudad y dar un paseo con su nueva elegancia, con su aire resuelto, con su recuerdo y esperanza.

Todos los días no son iguales, porque nunca lo son para nadie. Sientepiensa andaba aquella tarde contando boletos, como siempre. Uno, dos, tres, cuatro. Así llevaba todo el día. El tren de las cuatro paró un instante. Bajó un joven elegante, hermoso, deslumbrante, con un libro en la mano y un bastón en la otra, agazapados en unos brillantes guantes negros. No pudo verle la cara, ni reconocer su rostro apagado entre la fina lluvia y el ruido del tren. Pero al ver su aura, su elegancia, por un momento sintió la necesidad de besar a ese desconocido. Un beso, una promesa, un abrazo, una vida. Un suspiro…

Serafín, que era afín a todos los seres, miró por la ventana y vio sentada una hermosa mujer contando boletos. Uno, dos, tres, cuatro. Casi podía tocarlos él mismo. De repente, sin saber porqué, sintió deseos de abrazarla. Amarla durante toda una vida. Tímido, bajó del vagón, miró hacia otra parte avergonzado y huyendo de aquel momento, entre la fina lluvia y la niebla, se alejó para siempre. Era un domingo, o un lunes, no importa.

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