El arte de la huida


© @byondrej
“No te tomes la vida tan en serio, al fin y al cabo, no saldrás vivo de ella”.
– Les Luthiers…

 

En agosto de hace tres años hablaba del “arte de la fuga” y unos meses antes había escrito sobre “la gran huida”. Hoy leía un bonito texto de una persona a la que estimo que habla del arte de la huida y me reconfortaba su lectura por ser tan parecida a mis propias reflexiones sobre este tema, tan recurrente en mi vida. Esta mañana había huido y llevaba días huyendo sin parar por miedo al dolor, por miedo a la pérdida, por miedo a que los sueños más profundos y verdaderos sean aplastados por una realidad incómoda. Luego miré un poco hacia atrás, cuando me tumbé abatido en la pequeña y sanadora biblioteca, y me di cuenta de que mi vida siempre había sido una continua huida. Huida de personas, de relaciones, de lugares, de trabajos, de responsabilidades, de compromisos. Me di cuenta de que, si en algo era especialmente bueno, era en el arte de huir. En huir y en sabotear lo bueno, lo merecido, lo verdadero.

En un par de días me marcho a Ucrania para llevar medicamentos y traer refugiados, pero sé que esta vez no lo hago para salvar vidas, ni para ayudar en algo como otras veces, sino para huir. Huir de mí mismo, huir de mi dolor, huir de mis fracasos, huir de la frustración, de la rabia, de la pena, de la tristeza, del intentar controlar casi de forma paranoica una realidad que no me pertenece, o de la que no me siento merecedor. De ahí la gran frustración de querer abrazar algo dentro del sentir del no merecimiento. ¿Por qué esa manía de no sentirnos merecedores de felicidad?

De lo que más huyo es de la sensación de vacío que produce la escapada libre. Uno de los deportes que más me gustan es el parapente. En el fondo es una huida hacia arriba, hacia lo alto, porque cuando estas volando, estás solo ante el mundo, estás huyendo hacia un imaginario imposible que se traduce en auténtica soledad, en auténtico vacío ante la inmensidad del cielo y las fuerzas de los vientos que te arrastran de un lado para otro siempre en bravío silencio. Volar es como flotar entre dos mundos, sin saber muy bien a cuál de ellos perteneces. Esa es la sensación que siempre me ha acompañado. Y quizás ese sea el motivo por el que un día decidí huir a las montañas. Aquí estoy cerca de lo verde y lo celeste, como entre dos mundos, abrazando el cielo liberador de las mañanas y aterrizando en la tierra doliente por las tardes. Vivir en los bosques, aunque me empeñe en decir lo contrario, es una forma de huir.

Los héroes de la antigüedad realmente eran unos temerosos que huían de su realidad. Les aburría la vida ordinaria y organizaban viajes épicos, auténticas huidas con todo tipo de peligros y purificaciones morales. La épica del héroe es la épica de la huida. Como la épica del hombre ordinario es huir al bar, a echar la partida, a beber una cerveza o un vino y medio borracho, volver a casa olvidando todas sus responsabilidades y compromisos. O huir a las discotecas, al baile, a los centros comerciales, porque esa será nuestra única y gran épica diaria. La otra gran épica, las vacaciones de verano, es aplastante.

De igual manera, el vuelo mágico de los místicos es también una huida. Algo que se contrapone al dominio ascético, a aquello que nos enfrenta a un mundo que nos desagrada. El fuga mundi de los antiguos tenía algo de verdadero y escambroso: adolecer ante el mundo mentiroso, huir de alguna manera hacia lo invisible, saturados de un mundo tangible abominable, cruento, monstruoso.

Mi huida actual sigue siendo psicológica y emocional. No pretende sanar nada porque todo estaba sanado. Requiere, quizás tal vez, restituir lo acordado, abrazar lo abrazado, emprender el sueño y ver hasta dónde llega su profundidad, su compromiso, su lealtad. Es una huida cansada, quizás porque por primera vez, sentí deseos de no huir, de estar ahí, de darlo todo, de entregar en rendición mi vida, en su vida. Ahí viene la gran paradoja. Ahora que no quería huir, como si el universo me ofreciera atrevido esta singularidad, huyo de la propia huida. Como decía el poeta, iré a descansar, al valle de los avasallados, y allí, como no me falta sentido del humor, reiré y reiré. No podemos tomarnos la vida tan en serio. No merece la pena.

Gracias de corazón por apoyar esta escritura…

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