
Llovió y salió el sol. En lo malo primero y en lo bueno después. En lo mojado y en lo seco. En lo húmedo, en lo esponjoso, en lo contingente. Amaneció como un día radiante, único, verdadero. La realidad se manifestó inevitablemente. Por la mañana y por la tarde. Hermosos rumores de tarde tibia, de momento desesperado, apasionado, vivo. Tocamos el cielo con la mirada, pero también con anhelado llanto. Esta vez de felicidad, de paz, de equilibrio, de sencilla expansión, hasta bien tarde la noche.
Los muchachos pasaban por el camino. En el bosque lleno de palomas había fragmentos de la mañana. La escarcha en la sombra y los ríos esperando. Hay momentos que son únicos, transformadores. Hay instantes que sabes que todo va a cambiar. Como cuando transitas un mundo secreto con la boca cerrada y mirando a los cuatro espejos del alma solo puedes contemplar los ecos de la mañana, los hermosos rumores de la tarde tibia, el fragmento nocturno de una noche soñada.
«Te quiero amor mío», me decía desde el desván entre aquellas viejas luces, con sus rumores de la tarde, tan lejos ya de la nieve. Desde las montañas, con los cristales empañados, mis manos en sus audacias y su mirada clavada en mi timidez, surcando los atardeceres, con sus rojos escarlatas, sus nubes terciopeladas y aquel grito susurrando entre los canales invisibles del alma.
Silencio oscuro de nuestras frentes, tomando el baile, acariciando la promiscua necesidad de quebrarnos desde la cintura hasta el infinito. Mojando nuestros labios en el mar, con sus lenguas marinas, tempestuosas batallas entre bailes y disfraces con cabezas de ríos. Orillas de amapolas entre las piernas y ondas oscuras en cada andar hacia el amor que corre bajo las tintas de cualquier vals.
Y el violín tocando con desesperada canción, mientras decimos ese “te quiero siempre”. Nos morimos mirando cada infinito, cada caricia, cada rostro sin voz, cada silencio inesperado. Cada susurro es una llamada. Cada abrazo una esperanza. Allí campea el futuro, siempre tan incierto, ahora nacido desde la necesidad, desde el arrebato, desde la pasión de crear en esos pasillos que surcan cada tramo de existencia.
Hermosos rumores de tarde tibia. Inolvidable momento. Innombrable e indescriptible cuando lo verdadero se manifiesta en lo real. ¿Para qué huir de lo verdadero? ¿Para qué contener lo que no se puede contener? Explotemos cuando nos sintamos vivos, y escapemos con urgencia de todo aquello que paralice la vida. Sintamos pasión por cada instante, decorosa virtud aquella que exprime el jugo de la vida. ¡Ven vida! ¡Ven y abracemos cada instante! ¡Ven, dice la tarde tibia con sus hermosos rumores! ¡Voy! ¡Voy! ¡Voy! Contesto yo desesperado.
Gracias de corazón por apoyar esta escritura…
