Ahí fallaste


“El que no ama siempre tiene la razón. Es lo único que tiene”. Antonio Gala

Las personas se definen por muchas cosas, especialmente por su manera de quedarse. Pero, sobre todo, por su manera de irse. Admitamos sin miedo que fallamos muchas veces. Sepamos reconocerlo, sin avergonzarnos, si al hacerlo somos capaces de perdonar y sentirnos perdonados. El cometer errores forma parte de nuestra existencia. Nos define como humanos, y define a los demás ante nosotros. Cada vez que cometemos un error, podemos ver en el otro su capacidad de amor, su incondicionalidad, su verdadero rostro. El equivocarnos es un test, una prueba, para saber quienes son los imprescindibles, esos que sabes que siempre estarán a tu lado, en lo bueno y en lo malo.

Ahí fallaste, como tantas otras veces haremos a lo largo de nuestra vida. Fallamos cada vez que nos encerramos en nuestro diálogo interno, sin apreciar el mundo externo. Fallamos cuando en vez de una sonrisa, ofrecemos tristeza y apatía. Fallamos cada vez que nos levantamos malhumorados, sin ganas de absolutamente nada, por el simple hecho de abrir los ojos. Fallamos cada vez que huimos sin enfrentarnos valientes y con coraje a los retos del día a día.

Fallamos al otro constantemente, sin saberlo, sin adivinarlo. Y ellos nos fallan constantemente, sin juzgarlos, sin pretender hacer cizaña de sus errores. Nos fallan día tras día cada vez que ante el dolor o el sufrimiento adolecen o desaparecen. Tan acostumbrados a estar en lo bueno, se vuelven invisibles en la decadencia y la enfermedad, ya sea esta del cuerpo o del alma.

Fallamos a nuestros cuerpos con la dejadez, con el descuido, con la falta de sensibilidad hacia esta máquina casi perfecta. La envenenamos todos los días con todo tipo de sustancias, con todo tipo de alimentación, sin importarnos lo más mínimo que efectos provocará en nuestro futuro. Cuando la máquina falla por mal mantenimiento, enfermamos y nos quejamos, olvidando los abusos pasados. Ahí fallamos, fallamos todos los días.

Fallamos en el amor porque no sabemos amar. Pensamos que el amor es algo que se da espontáneamente, pero fallamos cuando olvidamos que el amor, como cualquier tipo de fuerza o energía, requiere de un disciplinado cuidado. Se ama o no se ama, pero si se ama, hay que entregar el extra, en toda circunstancia, en todo momento. Tenemos el mejor ejemplo en el cuidado y la crianza de los hijos. No se pueden dejar de amar ni un instante, no se puede descuidar el amor hacia ellos ni un solo segundo del día. Esa incondicionalidad que aprendemos cuando hemos tenido que criar a un ser frágil, debemos aplicarla a todo tipo de amor: familiar, relacional, amistoso. El amor no es un objeto de usar y tirar, el amor es la más grande de las fuerzas del universo, y debemos honrarla como se merece. Si fallamos en el amor, fallamos en la vida.

Sí, fallamos a la vida cuando nos alejamos de nuestros sueños, cuando damos por supuesto que ya solo nos queda ir improvisando día tras día hasta que todo termine. Fallamos cada vez que nos alejamos de nuestro propósito vital, sea el que sea, y cuando por pereza o cansancio dejamos de hollar nuestro sendero, olvidando siempre el lazo que nos une a la existencia. Fallamos cuando nos alejamos de nuestra alma, de nuestra consciencia, de nuestro espíritu más profundo, y al hacerlo, nos alejamos, sin darnos cuenta, del misterioso devenir.

Fallamos cada vez que queremos tener la razón por encima de todas las cosas, y sí, tendremos o no razón, pero será lo único que nos quede. Tendremos razón en el hecho de que el otro nos falló, pero nos quedaremos solos con esa razón, porque el otro, ante el injusto o desproporcionado ataque, se marchará. Tendremos siempre razón en todo, pero será una razón que solo nos servirá a nosotros, porque al final de nuestros días, nos quedaremos a solas con ella.

Sí, fallamos en todo, todos los días. Y ahí está nuestra capacidad para volver a empezar. Para pedir disculpas cada vez que fallemos, para perdonar al otro cuando nos falle, para remendar lo roto, para reconstruir los sueños, para volver a empezar, una y otra vez. Sanar no es más que curar las heridas cada vez que fallamos, en lo material, en lo anímico, en lo emocional, en lo mental y en lo espiritual. Fallaremos, una y otra vez, pero podemos sanar, curar, restituir.

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