
«Todos nacemos felices. Por el camino se nos ensucia la vida, pero podemos limpiarla. La felicidad no es exuberante ni bulliciosa, como el placer o la alegría. Es silenciosa, tranquila, suave, es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo». «El amante japonés», Isabel Allende
Mientras a ella se le quemaba la casa con su mejor amiga dentro, otros clamaban al cielo por un trozo de madera. Mientras ella lo perdía todo, otros reclamaban todo. Qué sincronía más extraña. Mientras perdíamos esa vida que venía, otros se empeñaban en mancillar la existente con ruido y más ruido. Cuantas gotas más tenían que caer para desbordar el viejo y cansado vaso. Fuego y muerte, pensé para mis adentros. Renovación y resurrección.
Así que hoy, comienzo de la fiesta celta de Imbolc, pusimos el cierre definitivo. Cerramos por fuera para abrir por dentro. Acallamos el ruido para entrar en el silencio. Todos nacemos felices, pero el camino nos ensucia la vida. Así que ahora toca estar parados, sin hacer nada, sin aspirar a nada, sin pensar en nada, al borde del camino. Solo en silencio. Descansar, descansar mucho, porque luego vendrá un nuevo día, con sus nuevos retos, con sus nuevos sueños, con sus nuevas utopías. Pero para soñar, para dormir, es necesario callar. Sí, por dentro y por fuera, estar en silencio.
La felicidad siempre es incompleta. A veces somos esclavos de nuestros sueños, y otras veces, sin darnos cuenta, esclavos de los sueños de otros. El ser humano nunca está satisfecho, excepto cuando concluye que no hay mayor satisfacción que la de no hacer nada. No ambicionar nada, no desear nada, no querer nada. Bucear en la insustancialidad para intentar llegar a la aniquilación del descontento, del dukkha, del sufrimiento, y de paso, extinguir las causas de la desilusión, la insatisfacción, la incomodidad, la sed de todo, el dolor, la intranquilidad, la imperfección, el malestar, la fricción, el pesar, la frustración, la irritación, la presión, la necesidad estúpida de ir contra corriente, la agonía, el vacío, la tensión, la propia angustia existencial.
El fariseo siempre es descrito como aquel que se postra al fondo de la iglesia, de rodillas y dándose golpes de pecho. Clama al cielo y a los dioses, pero luego no hace nada por ellos, excepto golpearse, quejarse y crucificar al otro. No paga impuestos porque es incapaz de cumplir las leyes de la tierra, y menos aún, las leyes del cielo, aunque diga obrar en su nombre. Cada cruz tiene su propia madera, su propio madero. A veces esas maderas tienen formas extrañas que no suscitan sospechas. Pero ahí están, esperando pacientes para ser crucificado. Ese es el precio de cualquiera que ose.
El dolor y la muerte, el fuego, la ruptura con un pasado que ya no vive, son dolorosos, pero a veces liberadores. La felicidad es siempre silenciosa, tranquila, suave. Es un estado interno de satisfacción que empieza por amarse a sí mismo. Creo que ahora toca eso. Cerrar afuera para abrir adentro. Silencio para empezar a amarnos a nosotros mismos.
Gracias de corazón por apoyar esta escritura…