«Se derrumbó el complejo cielo verdoso, / en desaforado abatimiento de agua y de sombra» (Borges)
La inconmensurable vitalidad disfrazada de endebles formas, que decía aquel. Al menos eso pienso, tras el agotamiento vital, existencial y humano de estos días. Resumiendo mucho, se puede decir que pasamos de tres latidos, felices y completos, a dos. Uno de ellos se apagó a los dos meses de vida, y eso nos quebró por completo. Era el quinto en menos de un año, y todo se derrumbó de nuevo. Especialmente el complejo cielo verdoso, en desaforado abatimiento de agua y sombra.
Todo empezó justamente aquí, donde estoy ahora, en el balneario. Vine a enseñárselo a unos posibles compradores y volví con la buena noticia. Pero esa alegría momentánea y fugaz por cerrar un ciclo largo, una década prodigiosa, terminó en la cama de un frío hospital donde tuvimos que pasar dos largos y eternos días para vaciar aquello que hasta hace poco latía con vida y esperanza.
Übermensch, ese superhombre que en la filosofía de Nietzsche aparece como una persona que ha alcanzado un estado de madurez espiritual y moral superior al que considera el del ser humano común, se esfumó y desapareció de repente. En ese instante en que parece que alzas la vida inclusive sobre el más allá, la vida te aplasta inexorable. Todo se distorsiona, todo se derrumba, y quedan pocos huecos donde agarrarse ante ese significante que acoge lo inevitable. La tabla de naufrago se alza insuficiente ante un océano gris y enfurecido.
No quiso la tierra acoger ese nuevo fruto, convirtiéndose en hijo de lo efímero, sumiéndose en lo etéreo de una forma excesivamente dura. Por eso el superhombre se arrodilla ante su condicionamiento gregario, aceptando que quiso ser algo más, sin llegar a serlo. O eso decía un filósofo que entendía, más allá de Nietzsche, toda la simpleza de ser excesivamente humanos.
Hay mucho dolor acumulado, mucho nuevo desapego. Este año parece ser que toca perder para luego ganar. Así nos enfrentamos a la vida, con esperanza, porque nunca se sabe cuánto puede resistir alguien deseoso de vida. Aunque me duele especialmente por ella, que ha sentido la vida dentro, pero también muy dentro el desgarro de perderlo. No puedo ni imaginar lo que eso significa, porque aún estando fuera, como observador, os aseguro que duele, imaginad sentir la desgarrada muerte dentro de uno. Es como si el cielo se derrumbara sobre la tierra de forma inconmensurable.
Y aquí, en mis últimas noches en este balneario, mientras recojo mis cientos de libros y mis últimos anhelos, practicando de nuevo el desapego atroz, siento en la distancia como duele el corazón, como caen las lágrimas, como la vida, con sus cosas, requiere enfrentar con fortaleza y valor, con amor y esperanza. No nos queda otra, seguir así, en lo bueno y en lo malo, como si la vida fuera un día cielo, y otro infierno, sin más.












