De aquellas semillas que caen en buena tierra


 

“Cada partida es una anticipación de la muerte y cada encuentro una anticipación de la resurrección”. Arthur Schopenhauer

Si siembras una semilla, o mejor aún, si te conviertes en semilla, y mueres, ya sea por causas naturales o por trágico destino, puede que algo hayas sembrado, y quizás, siendo optimistas, en buena tierra, lejos de la mala hierba, algo crezca. Me encanta como se expresa en el logion nueve de nuestro Tomás: “Un granjero salió a sembrar, esparciendo semillas por todas partes. Algunas semillas cayeron sobre la superficie del camino, y los pájaros vinieron y se las comieron. Otras cayeron en terreno pedregoso y nunca germinaron. Otras semillas cayeron entre la maleza y las zarzas, que las ahogaron y los insectos las devoraron. Algunas, sin embargo, cayeron en suelo fértil y produjeron frutos de gran calidad, rindiendo hasta sesenta y ciento veinte por ciento”.

El otro día tuve el honor de estar en la presentación de uno de esos libros atípicos que tanto me gusta editar, y que para mí son como esas semillas. Mis colegas editores siempre dicen que así no me voy a hacer nunca rico, que ya debería estar facturando tres millones de euros por los años y la experiencia que llevamos en el sector. Los que me conocen saben que difícilmente me vendo a las fórmulas comerciales, y que si bien debería proteger un poco más eso que llaman riqueza, a veces me gusta recordar esa riqueza intangible que proviene del alma, y que tan necesaria lucidez requiere para soportar la oscuridad de cada tiempo. «No te vendas hermano, no te vendas», que decía nuestro poeta Emilio.

La presentación fue lúcida, emotiva y llena de enseñanzas. Trata sobre la historia de un hombre anónimo, un profesor de escuela como tantos ha tenido este país. Sin embargo, la intrahistoria de su vida, trágicamente terminada en la guerra civil española, es la historia de una persona apasionada por su profesión, un ser que ha sido recordado y homenajeado porque, sin duda, sembró una semilla que, por suerte, cayó en buena tierra. Don Juan, que así se llamaba, fue uno de los mártires de la Ventilla, en cuya calle, y casi en el mismo lugar donde empezó su aventura pedagógica, se alza ahora un impresionante centro de formación, el del Padre Piquer. Fue muy emotivo, a pesar de la lluvia huracanada, poder presentar el libro que trata sobre su vida y obra, en el lugar donde se levantó su sueño pedagógico, junto al autor del libro, Luis, y junto a su nieta, la amiga Carmen, promotora de esta hermosa iniciativa.

Gracias a la generosidad de unos y otros, pudimos hacer una edición muy cuidada, en tapa dura, algo difícil en los tiempos que corren, y pudimos, de forma tan hermosa y excepcional, poder practicar la economía del don con todos los valientes que en una tarde tan poco palaciega, se atrevieron a conmemorar la memoria de aquel profesor que se inmoló en una guerra sin sentido. ¿Por qué no se salvó, cuando pudo hacerlo? Nos preguntamos. Y Luis, el autor del libro, dijo con mucha solemnidad: “porque un buen profesor jamás abandona a sus alumnos”.

Quedó patente en la presentación que aquellas semillas que caen en buena tierra, mueren, pero germinan. Y dan fruto, muy buen fruto. Solo es cuestión de tiempo que otros, sigilosos de la lucidez, puedan admirar en silencio todo aquello que una vez nació frágil, y creció fortalecido por los tiempos. Gracias Carmen, gracias Luis, y gracias a todos los que hicieron posible ese encuentro, esa anticipación a la resurrección inevitable.

Pd. Para los amantes de la pedagogía, aquí os dejo el enlace del libro:

https://editorial.dharana.org/seneca/libros/escuelas-de-don-juan/

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