Una de las primeras cosas que hicimos cuando nos venimos a vivir a la Sierra Oeste de Madrid fue poner placas solares en la casa que hace las veces de hogar, sede de la editorial y también de la fundación, al menos de momento, hasta que podamos terminar la pequeña construcción que dará soporte a las nuevas iniciativas. Después de vivir diez años desconectados de la red, sirviéndonos solo de energía solar, sentíamos que debíamos seguir por esta senda. Quince placas nos han generado desde agosto un total de 2,65 MWh. De ellos, hemos consumido un total de 0,92 MWh y hemos inyectado (generosa y gratuitamente a la red) un total de 1,73MWh, los cuales, disfrutarán las grandes eléctricas de forma gratuita. Esto significa que hemos producido en lo que va de año mucho más de lo que hemos gastado.
Desde hace ya unos años, decidimos imprimir nuestros libros en papel reciclado. Intentamos que nuestra huella empresarial sea mínima, no solo por la instalación de placas solares, sino también por la reducción de nuestras tiradas, intentando con ello que ningún libro termine en la basura por exceso de stock (uno de los grandes dilemas de las grandes editoriales). Imprimir en papel reciclado creemos que ayuda a que nuestra huella ecológica sea mínima. Y cada vez que nuestros proveedores nos emiten pedidos donde puedan infringir algún tipo de perversión ecológica, se lo hacemos llegar mediante alguna queja o reclamación. Así vamos creando consciencia ecológica en nuestro entorno inmediato. También llevamos los paquetes que vamos vendiendo a Correos en moto eléctrica desde hace ya unos años. Así, nuestro envío también es lo más ecológico y nuestra huella mínima.
En casa hemos puesto una compostera. Allí echamos todo aquello que nuestros cuatro perros no devoran. En la compostera, con paciencia y dedicación, se va reciclando toda la materia orgánica que vamos creando en el proceso alquímico del cocinar y que luego podremos utilizar para nuestra futura huerta ecológica. Todo el compost que vayamos creando servirá para enriquecer y alimentar la tierra de nuestra huerta.
Durante diez años, desde nuestra fundación, creamos el proyecto O Couso, el cual quería hacer hincapié en todos estos valores tan urgentes y necesarios para nuestro tiempo. Teníamos pozo propio de agua, reciclábamos nuestros residuos, nos abastecíamos de placas solares y molinos de viento y teníamos bicicletas, moto eléctrica y coches híbridos e híbridos enchufables. Con poco dinero y mucha buena voluntad hacíamos comida para treinta o cuarenta personas todos los días, reduciendo nuestra huella ecológica al máximo. Era una delicia en invierno cocinar con nuestra propia leña, aquella que producía nuestro pequeño bosque con las grandes nevadas, casi toda ramas caídas que recolectábamos en verano. O comer de los frutos de otoño como las castañas abundantes, las setas que crecían en nuestros verdes prados y algunas frutas que ya empezaron a crecer en los últimos años de nuestros frutales. Y en verano venía la fiesta de nuestra humilde huerta ecológica, la cual cada año, con el empeño de todos, era cada vez más abundante. Ojalá ese proyecto hubiera servido al menos para inspirar tantos y tantos valores que se intentaron, con mucho esfuerzo, transmitir: apoyo mutuo, cooperación, decrecimiento, simplicidad voluntaria, ecologismo, economía del don, economía circular, protección de la naturaleza, inofensividad para con el reino animal, etc… Fue un gran esfuerzo, una gran semilla plantada.
Viendo el fracaso de la COP28 en Dubai, donde al parecer va a ser muy difícil que los grandes organismo, instituciones y estamentos mundiales hagan nada para descarbonizar el planeta, nos preguntamos, ¿qué más podemos hacer? A nivel individual, hemos decidido cambiar nuestro coche híbrido enchufable (después de conducir desde hace casi veinte años únicamente coches híbridos) por uno eléctrico puro de segunda mano. Por un lado, al ser de segunda mano, no crearemos un nuevo vehículo, con todo lo que eso supone. Y por otro, intentaremos recoger los frutos de las placas solares y cargar el vehículo con nuestros excedentes, dejando de consumir gasolina y provocando con ello nuestra propia descarbonización particular.
¿Por qué cuento todo esto? Porque siento y pienso que somos nosotros, la sociedad civil, la que debe y puede cambiar y revertir este proceso de autodestrucción en el que estamos embarcados. Soy consciente de que no todos podemos hacer lo que nosotros hemos hecho, y que somos muy privilegiados por haber dado estos pasos, a veces osados, a veces atrevidos o temerarios. Pero soy consciente de que, haciendo pequeños gestos diarios, en nuestros consumos, en nuestras compras y en nuestros actos diarios, podemos ayudar al planeta. Pequeños gestos como comprar el champú a granel, reduciendo un 70% de plásticos consumidos, o el detergente ecológico de tiras, sin plásticos ni contaminantes, podemos ir dando pequeños pasos. Hay mucho lo que podemos hacer, y creo, sinceramente, que es mucho lo que debemos hacer, por nosotros y por las futuras generaciones. Así que ahí está el reto, urgente, muy urgente: ¿y si nos descarbonizamos nosotros?
