Mientras trabajamos en la edición de Tratado sobre fuego cósmico y La naturaleza del Cuerpo Etérico, dos libros de casi mil páginas cada uno, se suceden los mensajes de personas que recuerdan con añoranza el proyecto utópico. Es evidente que algo caló en la memoria colectiva. Se intentó una explosión de fuerza y un milagroso proceso de elevación que, a pesar de su dureza y sacrificio, algo impregnó en la mente y los corazones de aquellos que lo vivieron. E incluso de muchos que no lo palparon, pero lo seguían en la distancia.
La nostalgia no es buena compañera porque la vida sigue y los milagros como aquel se suceden día tras día. Solo tenemos que mirar a nuestro alrededor y explorar lejos de los males de nuestro tiempo, los puntos de luz que nos rodean, la afluencia constante del río de la vida que algo nos quiere transmitir. Hay que buscar la luz en toda oscuridad, y tener como guía aquellos poderosos puntos de luz que alguna vez iluminaron nuestra senda.
Lo cotidiano devora lo sagrado. Eso ya lo sabemos. De ahí la importancia de buscar en las pequeñas cosas encuentros con lo milagroso, con el misterio, con lo sacro. El pan nuestro de cada día encierra un algoritmo lleno de sabiduría y amor que endulza nuestro caminar: vida, dánoslo hoy. La promesa de un reino celeste está siempre palpitando entre nosotros, recorriendo nuestros ríos de sangre viva y nuestro aliento determinado. En verdad, más allá de la queja diaria, vivimos en el milagro diario, en la fiesta del sentir, de pensar, de levantarnos a cada caída, a pesar del cansancio y el agotamiento que todo eso supone. Mirar la vida, experimentar la vida, sentir la vida como se expresa a cada instante. No hay mayor milagro que ese.
Es cierto que todos añoramos aquellos instantes de silencio en la pequeña ermita, o aquellos a veces interminables círculos de consciencia, donde entre todos intentábamos elevar el ánimo y la desidia de este mundo extraño. Cuando los tambores cesaban su ruido y el bosque aclamaba su protagonismo, se podía escuchar el latido de la naturaleza proclamando su reinado. Los bosques y los prados y las montañas y los ríos que nos rodeaban eran testimonio directo de la esperanza, de la belleza, de la sabiduría silenciosa y arquetípica de todo lo cuanto existe.
No solo se trata de un recuerdo, sino de algo vivo que nos une, ese lazo místico del cual tanto hablábamos y practicábamos con los almabrazos, con la música o con las risas a media tarde, mientras unos dormían y otros paseaban y otros se enamoraban inevitablemente, creando lazos indestructibles. Sí, terminábamos agotados al final del día, pero ansiábamos el próximo, porque allí, entre unos y otros, sentíamos el latido del mundo.
Aquello pasó y no pasó, porque sigue vivo en nosotros, y ese recuerdo nos perseguirá por los tiempos de los tiempos. La sagrada comunión, la conquista del reino de los cielos, porque allí algo se conquistó, está ya dentro nuestra. Porque allí, de alguna manera, a veces torpe y otras prodigiosa, aprendimos a amar al otro. Nos gustara más o menos, teníamos que bregar con la vida humana en todas sus ramificaciones, en todos sus grados y condiciones. Pobres y ricos, altos y bajos, negros y blancos, gordos y flacos. De todo había entre los cucharones y la leña, entre la huerta y los paseos interminables bajo la sombra de abedules, robles y castaños.
Un ejemplo vivo era ver como Geo, nuestro amado perro que ahora posa bajo mis pies mientras escribo esto, adoraba a todos por igual. Él, en su inocencia pastoril, solo requería la palabra mágica “Geo paseo” para sentirse entre iguales. Libre, fraterno, amoroso, adorable Geo. Resquicio vivo de aquel tiempo, y privilegio mío de poder abrazarlo todas las mañanas, recordando cuando asomaba el hocico en la ermita antes de la meditación, rogando poder entrar. Era una fiesta cuando todos salíamos y lo rodeábamos para abrazarlo como uno más, aunque hubiera guardado con celo el secreto de nuestros rezos. Geo paseo sigue vivo entre nosotros, y aunque ya mayor y anciano, aún mira con cierta melancolía el horizonte lejano, añorando su tierra y sus prados verdes, confiando en que algún día, el aullido nocturno volverá.
Que sea eterno todo lo que nos hace bien.
