Debemos suponer que el orden cósmico, universal e infinito, está compuesto por una inteligencia mayor a la nuestra, capaz de pensar y ordenar de alguna manera toda la existencia conocida y desconocida. La sustancia de esa inteligencia superior la desconocemos, llamándola, desde las creencias y la superstición, con varios nombres, siendo el más común el de Dios.
Pero esa palabra ha sido pervertida a lo largo de la historia, siendo hoy día motivo de discusión y confusión desde la ignorancia o la otra superstición: la racional, esa que admite que todo es fruto de una curiosa casualidad, y no de una inteligencia programadora.
Todo el universo conocido y desconocido debe estar formado por alguna especie de «Raíz Desconocida», manifestándose la misma en todas sus potencialidades, desde diferentes grados de Vida (o energía), Consciencia y Materia. Debe por lo tanto existir una verdad subyacente en todo lo que existe, sin que nosotros, de forma clara y concisa, podamos entenderla. Tal vez, quizás, sí intuirla.
Esa especie de “Seidad” subyacente, cargada de vida, consciencia y materia, penetra cada poro de realidad, creando con ello una maraña, una gran red de vínculos cohesionados y discretamente ordenados. Un flujo y un reflujo constante que llamamos misterio, a falta de una palabra mejor. Desde lo más sutil a lo más denso, esa maraña se despliega en estados transitorios y siempre provisionales, vivos, que crecen y se desarrollan desde lo finito de cada partícula hasta los cosmos más infinitos e inalcanzables. Estos constantes cambios de condición es lo que vagamente llamamos vida, y dentro de su terminología, un logos le acompaña.
De alguna manera, nosotros seríamos mónadas que nadan en esta necesidad creciente de existencia. Pequeños destellos o puntos de luz que atraviesan la experiencia humana, pero también otro tipo de experiencias, hasta completar el ciclo de la vida universal. Una gota de agua que es arrastrada desde el cielo hasta las montañas, de allí a los ríos, de allí al ancho mar hasta volver de nuevo a ser absorbida por las nubes adyacentes. Y el único lema de ese aprendizaje podría resumirse en esta antigua frase: una unión de quienes aman el servicio hacia todo lo que sufre.
Porque el mundo en el que vivimos sufre y es doliente. No escapamos de ese drama universal que es la vida y la muerte, con todas sus consecuencias. Nadie escapa del dolor, del sufrimiento, de la infelicidad, del abandono. De ahí que lo más evolucionado entre la condición humana es aquel que se entrega, que subyace a apoyar y ayudar a los demás. Es aquel que se arrodilla humilde ante el misterio y comprende que no hay mayor propósito que ser un digno ser humano, una gota más en la Seidad infinita.
