Escuchar es una forma de adoración, pero no tienes que arrodillarte en el suelo con las manos juntas o pronunciar la oración perfecta. Simplemente abre la puerta de tu ser a otra persona, conviértete en el espacio por el que pasa para mostrarte quién es. Esto es santidad: dos personas sentadas juntas en el banco de un parque o en el altar de una mesa de cocina. Incluso si nadie dice una palabra durante un rato, recibe el silencio hasta que sea como un nuevo idioma que solo ambos pueden hablar. James Crews
A veces resulta complejo saber escuchar. Quizás sea una de las cosas más difíciles a la que el ser humano se enfrenta. Escuchar al otro requiere paciencia, resilencia, empatía, cierta pureza en el corazón y cierta aceptación, tolerancia y fraternidad.
Si escuchar al otro resulta complejo, igual de complejo resulta escuchar a la Vida. En mayúsculas, porque la Vida Una es algo más complejo que la vida simple, ordinaria o cotidiana. Escuchar a la Vida y lo que nos reclama y demanda a cada instante es algo que no todos los días somos capaces de acometer.
Escuchar es una forma de adoración, es pasar de lo profano a lo sagrado. Cuando tenemos la capacidad de escuchar entramos en una especie de milagro, de santidad. Al escuchar estamos conectando con algo superior a nosotros mismos. Interconectamos con el otro, con lo Otro. Creamos una conexión que si pervive, se vuelve indestructible.
Un buen diálogo, con el otro y con la Vida, requiere de silencio. El silencio activa algún tipo de antena especial, de lazo místico que te hace captar las necesidades del otro y de la Vida. Si tuviéramos el potencial humano suficiente para entender la fuerza de la escucha activa, podríamos cambiar el mundo. No habría guerras, no habría hambre, no habría enfermedad. Solo paz, fraternidad y una vida plena.
Para saber escuchar es necesario practicar el silencio, pero también la soledad. Digamos que la soledad es como un campo de entrenamiento. Allí se aprende a cerrar los ojos, se aprende a conectar con el silencio, a meditar, incluso a orar, porque orar, aunque sea una oración simple, nos acerca a la raíz de lo que somos. Cerrar los ojos es abrir la mente al Misterio.
Y el silencio, la meditación, no es algo pasivo que busque cierta vacuidad. Todo lo contrario. El silencio y la meditación te permiten captar la esencia del universo, que es como decir que te permite escuchar el quinto elemento, el sonido, la Voz del Silencio, la Palabra Perdida, el hueco que existe entre cada átomo de vida, el concierto universal, la música de las esferas. Por eso el que sabe escuchar guarda dentro de sí riquezas inapreciables para el mundanal ruido. Esas riquezas conectadas con la felicidad, la calma, la generosidad extrema y el asombro.
La santidad en verdad es eso. Estar en silencio mientras el otro comparte sus inquietudes. Saber escuchar y saber abrazar ese momento como si fuera algo único e irrepetible. En la soledad existe un reino inabarcable, y en el silencio, un cielo capaz de albergar todo aquello que requiere experiencia y quietud. Un templo nace cada vez que escuchamos, en silencio, al otro, a lo Otro.
