La fortuna de ser escritor


Hoy le escribía a un amigo algo así: “Hay una leyenda que dice que si no mueres antes de los 28 años, no te conviertes en mito. Les ha pasado a muchos actores, cantantes, y también a Jean-René-Huguenin… Su libro Diario, que alguien publicó tras su muerte, cuenta la vida de un escritor joven que quiere dedicarse a la escritura… Cuando estudiaba mi primera carrera, lo devoré, porque mi sueño en aquel entonces era ser escritor. Escribía pequeños artículos de opinión que me publicaban en diarios locales de Jaén, y me hacía mucha ilusión ir a los quioscos de la época los viernes y ver mi artículo, alguno en primera plana… Mi primer artículo se tituló La Náusea, y creo que fue por motivo de la muerte de Miguel Ángel Blanco… qué tiempos aquellos… Sigo soñando con ser escritor, por eso quiero ser rico, para delegar el rollo editorial y marcharme a una cabaña en los Alpes suizos para escribir (también me marcó mucho el libro de Hermann Hesse, El Balneario, narrado a modo de diario sobre su vida en un balneario en Suiza, de ahí también mi obsesión por escribir en alguna montaña alpina; no, no es por Heidi, lo juro… )”

Lo cierto es que escribir lo disfruto más que editar, aunque editar es también un consuelo, porque de alguna manera, estoy rodeado de libros, de escritores, de letras, de cultura, de activismo. Editar, si editas bien, tiene cierto poder, cierto glamour. Pero con el paso del tiempo, nadie recuerda a los editores, excepto algunos estudiosos u optimistas del gremio. Sin embargo, a los escritores, si escriben bien, de alguna manera permanecen como motas en la psique colectiva. Se inmortalizan, suman egregor cultural a una civilización, inspiran ideas que flotan por la atmósfera incluso siglos después de su muerte. Los padres griegos y romanos de nuestra civilización aún siguen vivos en nuestros días. Todo el mundo conoce a Platón o Aristóteles, pero nadie recuerda a Max Perkins, editor de Hemingway, o a Gaston Gallimard, editor de Proust, Camus y Sartre, tres grandes.

No deja de ser paradójico que durante diez años viví en un entorno bucólico, rodeado de montañas y bosques, en una pequeña cabaña de madera construida por mí mismo, a lo Thoreau (algunos me llamaban el Thoreau español, lo cual hacía enloquecer a mi pequeño ego), y sin embargo, aquel espacio tan aparentemente bucólico, rodeado de naturaleza y silencio, nunca me permitió escribir un solo libro. Ni siquiera me permitió leer a los clásicos que leía antaño, cuando menos tiempo disponía. Pasaban por mis manos la épica griega, la lírica antigua, el nacimiento de la tragedia o la revolución teatral, el pensamiento ético y retórico, algo de comedia latina, la poesía amorosa o sobre la naturaleza e incluso algo del saber enciclopédico, pero la construcción de una comuna, la rehabilitación de un edificio del siglo XVI, la editorial y la tesis doctoral, entre otras mil cosas, me alejaron totalmente de la escritura.

Mi única escapatoria era disfrutar del arte epistolar como si fuera Plinio el Joven, o de cierto estoicismo narrado en este blog, a modo de desahogo y práctica, para que no se oxidara el noble arte de la escritura. Un arte místico, un arte perenne, un arte que requiere de artistas tejedores de luz en tiempos de tanta oscuridad. No, no quiero esperar a escribir desde un Balneario en una lejana jubilación, pero ahora, como diría aquel, mientras la fortuna no llegue, tocan otras cosas. Y al amigo al que escribía estas primeras letras y al que le editaremos un libro próximamente, aunque no lo sepa, le llegó esa fortuna. La fortuna de ser escritor.

Deja un comentario