Siempre hay algo que brilla en nosotros


Desde cualquier sombra, nos deleitamos con el conocimiento, el saber, con la luz que aporta esa parte frágil llamada intelecto, que suma haberes para que el alma se exprese y, de alguna manera, pueda expandir su propia consciencia y saber. A veces, en sueños, aparece esa división entre lo profundo-sagrado y lo profano, algo así como ese hermoso picacho del Almanzor, en Gredos, esa vértebra cervical del espinazo —rosario, dice el pueblo— de las dos Castillas, la leonesa y la manchega, la del Cid y la de Don Quijote, que tan bien describió alguna vez Unamuno. Me tranquiliza saber que, en una de sus dos vertientes, a la sombra del picacho, renace un nuevo laurel deseoso de engendrar luz y amor a raudales.

Como estamos a final de año, toca mirarnos al espejo. No para contar las canas, que haberlas haylas, sino para derrochar mirada en los acontecimientos, hacer balance y sembrar promesas de mejora para el nuevo año. La complejidad de cualquier sombra requiere luz, y ese es el significado profundo del nacimiento en la cueva, del solsticio de invierno y de todos los mitos que han intentado descubrir en la revolución de los astros explicaciones más o menos profundas. Del Belén al Calvario solo hay un paso iniciático, de consciencia, de plenitud.

En todo caso, el tiempo requiere esa mirada introspectiva y justiciera, para saber, a fin de cuentas, si hemos sido capaces de crear belleza, amor y concordia a nuestro alrededor, o nos hemos dejado llevar, a veces en exceso, por esa ira innata en nosotros. La vida tiene su propia eucología, ese estudio de la oración silenciosa y discreta en la que muchos se ven envueltos en sus horas secretas. No solo a la sombra del picacho del Almanzor, y hasta no hace mucho en las sombras de aquella pequeña ermita perdida en el septentrión. Cada ser tiene su propia oración, su propia manera de mirar a lo íntimo, a lo sagrado, a lo secreto, con tal de perfeccionar la vida en su cumbre nevada.

Pulir la piedra bruta que somos no es tarea fácil. En el fondo, no es que vivamos en la sombra, sino que nosotros mismos somos sombra, al menos esa parte que llamamos personalidad y que muchos creen como cosa única. Esa sombra muere y aún no sabemos si la luz proyectada desde lo más alto de nosotros permanece, perdura perenne, sempiterna. La liturgia de ese logos que somos es como un acto sagrado donde nos movemos, crecemos y tenemos nuestro ser. El arte sacro nos aproxima a la esperanza, al consumado esplendor que sentimos en momentos de auténtica expansión. Cuando las nieves blanquecinas asoman en las cumbres, es momento de penetrar en el misterioso bosque de nuestros recuerdos.

Hay algo dentro de nosotros que nos empuja a ser mejores. Casi no importa el éxito de nuestra empresa, siempre tan torpe y errante. Lo que verdaderamente importa es el intento. Coger el mazo jugando con su cincel, paseando sigilosamente por ese sancta sanctorum para acrecentar nuestra voluntad y discernimiento. Lo sagrado del Tabernáculo es saber dirigir nuestros pasos hacia la auténtica realización interior, esa que recogemos todas las noches en nuestro diario vespertino. No para nosotros, porque eso sería egoísta y alejado de toda santidad, sino para gozo del resto, y sobre todo, para gozo de la Vida que nos vio nacer. Por eso, desde cualquier sombra y oscuridad, siempre hay algo que brilla en nosotros. Y ese algo merece plena atención. Merece ser vivido y compartido.  Como diría aquel, la inteligencia es la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas. Y no hay nada más nuevo y renovador que reencontrarnos con nosotros mismos a cada instante.

Deja un comentario